“Hay que prestar mucha atención cuando tecnología y mercado se unen para celebrar las heterodoxias” (Maria Negroni).
Me tomo de la advertencia de Negroni para prestar atención a la forma en que se presentan a los psicodélicos como la solución a los malestares de época, poniendo en tensión estas narrativas terapéuticas.
La ilusión de sanación
En todas las culturas y a lo largo de la historia, existen y existieron sanadores y saberes terapéuticos (Stengers). Pensar “terapéuticamente” es entrar en una fantasía arquetípica de cómo percibir y hacer-con el padecimiento. Un saber-hacer relacional, que involucra siempre a otrxs.
Etimológicamente, therapeia significa “cuidado”, “atención”, mientras psychés therapeia significa “cuidado del alma”. Aunque ninguna significa sanar, entrar en este modo de narrar el malestar incluye, evidentemente, una promesa de alivio.
En el campo de salud mental y en el psicoanálisis en particular, la noción de “cura” es problemática: por un lado, “cura” es un término biomédico que tiene demasiadas implicaciones adaptativas; por otro lado, el inconsciente, como sabemos, no puede ser agotado.
Por supuesto que las terapias con psicodélicos ayudan a muchas personas en el mundo, y una como terapeuta se alegra de que haya alternativas a los fármacos para ofrecer alivio u otras experiencias de contacto con unx mismx para lxs pacientes que están atravesando situaciones difíciles en tiempos difíciles. Sin embargo -y de eso se trata este artículo-, muchas ofertas de tratamientos con estas sustancias distorsionan esta narrativa generando una “ilusión de sanación”.
La ilusión de sanación la defino como una suerte de hipérbole de la narrativa terapéutica, una expresión de eso que Haraway conceptualizó como “la respuesta tecno-optimista ante los horrores del Antropoceno”: “la fe cómica en las soluciones tecnológicas, ya sean seculares o religiosas”. En algunos casos puede llegar a ser un engaño deliberado con cargas éticas graves, pero muchas veces se trata de algo más sutil y difícil de cambiar: la creencia en que el sufrimiento hay algo que está mal, eso que está mal está en mi interior y, con los métodos adecuados, se puede sanar totalmente.
Así, los psicodélicos se presentan como “la cura de enfermedades”, “la vía para la prolongación de la vida”, la “optimización” de potenciales, la mejora de la calidad de vida, hasta mejoras de la personalidad… y mucho más.
El psicólogo arquetipal James Hillman señalaba en una entrevista la alianza que existe en nuestra cultura entre terapia y economía: son dos aspectos que parecen “sagrados”, difícilmente cuestionables y que “comparten un énfasis común en el individuo”. El resultado de esta alianza es lo que Aronovich llama cultura de la sanación: una narrativa centrada en el carácter individual del malestar, un modo de pensamiento causal centrado en el trauma y orientado hacia el crecimiento personal.
Me preocupa que las terapias psicodélicas sean capturadas por esta narrativa ilusionista, lejos de la política y la economía, en favor de la magia o la evidencia. En este sentido, aquí sugiero que pensar críticamente sobre los procesos terapéuticos como procesos políticos, es urgente (1).

El mandato de sanación
Una de las distorsiones fundamentales de la ilusión de sanación es que ésta se convierte en un mandato moral individual, a menudo con tintes tiránicos. Sea una cuestión biológica o kármica, el problema está en el interior y debe ser resuelto, ya que no hacerlo tiene consecuencias negativas en la vida de las personas: pobreza, soledad, enfermedad… Si el dolor lo hacía sentir vulnerable y necesitado de otrxs, la ilusión de sanación le restituye el poder al sujeto diciéndole que está en él/ella la capacidad de sanar: con esta planta o este hongo “mágico”, se pueden alcanzar esos estados soñados del ser. Hablan de equilibrio, de amor, de sentir, de soltar, de integrar… Usan palabras profundas que, por algún motivo, suenan a hueco.
En estos discursos, se presenta a los psicodélicos como “la” solución, basada en la cualidad e intensidad de la experiencia que estos aportan. Sin embargo, sabemos que esto es problemático: darle tanto valor a la experiencia psicodélica (micro o macro) puede confundir intensidad con conocimiento o sanación, produciendo inflaciones yoicas de autovalidación y, más que “curar”, “se convierte fácilmente en una manera maníaca de negar la depresión. Más que una nueva forma de afrontar la psicopatología, es en sí misma un estado psicopatológico camuflado”. (Hillman)
¿Podría el mandato de sanación ser un rasgo maníaco de una cultura que no tiene espacio para tolerar el dolor, la diferencia o lo incognoscible de unx mismx?
Cultura traumatofílica
En la famosa metáfora de la vesícula descrita en 1920, Freud nos permitió imaginar a la psique como un órgano más, capaz de ser herido a causa de un acontecimiento demasiado intenso: un trauma. Como psicoanalista sé que es parte fundamental de cualquier terapia lo suficientemente buena trabajar con el o los traumas de la psique individual. Sin embargo, algo está pasando en torno al trauma que merece ser atendido para poder pensar los procesos terapéuticos (y políticos).
La cultura de la sanación en occidente parece estar obsesionada con el trauma, y esto no es casual. Como señala Catherine Liu, hay una “industria del trauma” que “no ha hecho más que acelerarse desde el surgimiento del COVID, y sobre todo a partir del auge y consolidación del neoliberalismo, donde el trauma se convierte definitivamente en contenido”. El célebre libro de Van der Kolk sigue siendo un best seller y recibiendo más reseñas positivas que Game of Thrones.
En las terapias con psicodélicos, Aronovich observa que el trauma se ha convertido en la “experiencia cumbre” de la narrativa terapéutica, y alcanzarla equivaldría a sanar. En lugar de ser una zona psíquica por donde penetrar en los misterios, las heridas empiezan también a ser cooptadas por el mito del héroe. Dos cuestiones al respecto:
Por un lado, que esta narrativa se monta sobre un tiempo causalista, lineal e individual que pone el origen del malestar en un momento particular de la biografía personal y que, de conocerse, produciría la cura casi de inmediato. Esta forma de entender el trauma es de por sí, errada, como ya ha mostrado el psicoanálisis. Además, está centrada en el arquetipo del niño que encarna la inocencia y está desprovisto de poder. Es, finalmente, una narrativa despolitizada y despolitizante.
Por otro lado, Aronovich señala otra cuestión central que él observó en su experiencia como antropólogo estudiando los usos terapéuticos de la ayahuasca: cuando se va a la experiencia con una narrativa demasiado prescrita (2), las personas van a buscar “el trauma enterrado en su inconsciente” y, de no encontrarlo, pueden sentirse muy decepcionadas por “no conseguir lo que fueron a buscar”, incluso si la experiencia fuera significativa y de profunda conexión con algo más importante que ellos mismos. Pero, también es complicado si la persona efectivamente se encuentra con recuerdos reprimidos.
¿Qué significarán estas imágenes y cómo serán decodificadas por el terapeuta o acompañante? ¿Serán tomadas literalmente? ¿Serán interpretadas? ¿Cómo?
Del proceso de individuación al individuo ultraprocesado
Quizás le debemos a Jung y su “proceso de individuación” una cuota de responsabilidad en esta fantasía de crecimiento y “desarrollo personal” ilimitado.
Podemos imaginarlo como un sujeto que “lo va encajando todo”, como en un tetris vital: primero integra la sombra, luego los pares de opuestos, en un movimiento continuo y circunvalante hacia la realización de esa personalidad ideal llamada Sí mismo. Esta noción da la falsa idea de que el ego podría desarrollarse de forma más o menos armoniosa desconectado de su entorno hacia un ideal total.
Sin embargo, Jung no planteó nunca una relación entre individuación y éxito, e incluso afirmó que no hay “plan” o final feliz en donde integramos “todo”:
“Pero está más allá de nuestras facultades imaginativas forjarnos una idea clara de lo que somos como sí-mismo, porque para efectuar esta operación la parte tendría que ser capaz de contemplar el todo”. Jung.
Dicho de otra manera: la individuación es llegar a ser quienes somos realmente y, a la vez, nunca llegar a serlo.
Como el “crecimiento personal” es una meta inalcanzable, el límite de lo que debemos “trabajar en nosotrxs mismxs” tiene que moverse hacia adelante cada vez, como la zanahoria. Lo cual predispone a sentimientos de fracaso y vuelve a alimentar la rueda. Todo malestar, toda emoción demasiado intensa, todo rasgo de carácter por fuera de lo esperado, puede y debe ser procesado, equilibrado, integrado.
Fran Castignani llama “la máquina felicista individualizadora” del “complejo industrial del bienestar” a este sistema que hace de todo una herramienta al servicio de las expectativas del ego, y que necesita que todo síntoma, toda molestia, toda arruga de la personalidad sea traducible a “significados ocultos” en una suerte de camino recto hacia la sanación. Como si “la integración” fuera cortar procusteanamente todas esas “cositas fuera de lugar” (como diría Fede Moura): ser todxs más buenxs, más suaves, menos intensxs.
En este camino recto, nuestra singularísima forma de ser se ve amenazada por una cultura heroica y productivista que está demasiado orientada por la luz a la vez que rechaza la oscuridad, la patología, la depresión. Terminamos siendo “queso fundido” dice Hillman y, en lugar de individuarnos, nos convertimos en un individuo ultra procesado.
Pero el alma no tiene vocación solar, como dice Silvia Tarragó, y no le interesa nada la completud.
A contramano de la tendencia sanadora, Castignani habla también acerca de “crear espacios donde [la] desilusión pueda tener lugar“. Y es que mientras algunas organizaciones dedicadas a la formación profesional en psicoterapias con psicodélicos celebran que Trump acelere la investigación de terapias con psicodélicos, atentxs a “separar política de ciencia“, creo que lo que necesitamos es desilusionarnos.

Terapias para seguir con el problema: sobre crear espacios para desilusionarnos juntxs
¿Qué tal si lo urgente no es sanar…
Hoy sabemos algo fundamental que cambia por completo el paradigma epistémico de los tratamientos psicodélicos y es que “el contexto no es accesorio sino que pasa a ser algo constitutivo del efecto“. ¿No son acaso parte del contexto la ilusión de sanación? ¿Qué (otras) narrativas ofrece el colectivo —a través del/la terapeuta— para contar y sostener la experiencia psicodélica? Me tomo de la provocación de Zeller cuando dice que “quizás los psicodélicos, en su sentido más profundo, no sean un tratamiento” para invocar, ahora, otros imaginarios.
…sino relacionarnos de otra forma con lxs demás / con el mundo?
Si la “ilusión de sanación” es la respuesta tecno-optimista ante los horrores del Antropoceno, la otra respuesta, el catastrofismo o pesimismo, sería “una posición en la que se da por terminado el juego, en la que es demasiado tarde y no tiene sentido intentar mejorar nada” (Haraway). Dada esta lógica binaria de blanco/negro, debo tener cuidado de no desilusionarnos demasiado, tanto que caigamos en el catastrofismo individual y/o colectivo, que es tan desmovilizante como la ilusión.
¿Qué tal si nuestras patologías fueran reales fuerzas opositoras, una suerte de resistencia psicológica ante un sistema terriblemente disociativo y qué tal si nuestros dolores son, entonces, formas de conectar con los dolores y la tristeza del mundo?
Me pregunto por la posibilidad de generar espacios terapéuticos para -siguiendo a Haraway- seguir con el problema. Gran parte del trabajo terapéutico hoy implica, para mi, hacer lugar a lo irreductible del inconsciente, a los aspectos borrosos y barrosos de nuestro ser que merecen respeto y no necesariamente traducción o mejoramiento. Sin embargo, esto no significa dejarnos estar en que “no se puede hacer nada”.
Reunir terapia y política no sólo es pensar en el contexto sino generar un espacio psicológico donde sea posible sentir y conectar el sufrimiento individual con el sufrimiento del mundo. Me apoyo para pensar esto en la noción de Hillman de Anima Mundi y la idea de que “la destrucción ecológica es el alma del mundo que clama ser atendida; la depresión, tristeza en mí, es el síntoma en el individuo del dolor del mundo“.
¿Qué tal si las plantas y hongos nos están orientando a que reimaginemos el mundo en estos términos?
Si estoy sufriendo, es lógico caer en la ilusión de sanación. Nos da una sensación de control que el malestar nunca tendrá. En mi experiencia clínica, trabajar en el fortalecimiento yoico en vistas de una mejor adaptación es una acción que puede ser necesaria en algunos casos y momentos, pero en general tiene poca profundidad y poco alcance.
En cambio, las terapias profundas acompañadas con hongos y plantas pueden ser una vía regia para abrir canales que revivifiquen nuestro mundo, no a pesar sino a través del padecimiento. Esto es difícil de tragar para una cultura que quiere evitar el dolor a toda costa, pero encuentro que los efectos más “sanadores” (¡los hay!) vienen a través de la reanimización del mundo y la poetización de las dolencias. No por su desaparición.
¿Qué tal si no somos lo más importante y no es nuestra alma individual la que tenemos que “arreglar”?
Coda
Con esta crítica busqué prestar atención y cuidado a las terapias psicodélicas mismas: si la ilusión de sanación se vuelve muy protagónica, inhabilita preguntas acerca del origen colectivo y político del malestar. En este sentido me preocupa el abandono de “la verdadera lucha por la política de drogas” o la lucha por los territorios y las “geografías espirituales” en favor de las “evidencias”. Me preocupa el olvido de nuestro ser comunitario y simbólico: no somos solo cerebros y moléculas, somos comunidades mitológicas viviendo en territorios reales. Desconocer estos aspectos no es científico, sino negligente.
Referencias
- Esta forma de enunciación la aprendí de/con Fran Castignani @cuscussilly en nuestras discusiones para el taller de imaginación-clínica-política llamado Zona Intersticial. Sugiero seguir su cuenta para más debates encendidos.
- Respecto a este punto, revisar el lugar real para la imaginación en las terapias psicodélicas.



