En el libro “Plantas de los dioses” (1979), una referencia en el tema, se registran solo dos especies “alucinógenas” para el territorio argentino, pero la flora psicoactiva de estas latitudes es bastante más frondosa.
Las sustancias psicoactivas acompañaron al animal humano desde tiempos anteriores a la consolidación de Argentina como Estado-Nación. Los pueblos indígenas pre-existentes estuvieron (y están) en vínculo con vegetales usados con fines medicinales, visionarios, adivinatorios y espirituales, entre otros.
La pregunta es: ¿qué plantas psicoactivas utilizaron los pueblos originarios de este territorio?
El vínculo de los pueblos-nación indígenas con los psicoactivos es un fenómeno complejo con variaciones históricas y geográficas; lingüísticas y botánicas que, como todo lo vivo, sigue transformándose. Sin embargo, aquí planteamos un acercamiento divulgativo, que pretende visibilizar el vínculo ancestral de los pueblos de este territorio con las que hoy llamamos drogas psicoactivas.
Para conocer más estas interdependencias, charlamos con la Dra. en Antropología Verónica Lema (probablemente la principal investigadora de este fenómeno), el Dr. en farmacia y bioquímica Leonardo Anconatani (vicepresidente del museo de farmacobotánica J.A Domínguez de la UBA), y el artista visionario salteño, practicante de medicina tradicional, Isbelio Godoy.
Plantas de los dioses
En la ya clásica y enciclopédica Plantas de los Dioses (1979), el etnobotánico R. E. Schultes y el químico A. Hofmann ilustraban un mapa del mundo con una distribución de plantas psicoactivas (“alucinógenas”) en cada región del globo. En lo que respecta a Argentina, sólo asomaban las brugmansias (floripondios) de norte a sur, por la cordillera, como se ve en el gráfico. Aparecen también, muy tímidamente, las semillas de cebil (como “A. Peregrina”) aunque es la variedad Colubrina la que crece en nuestro noroeste.
Esa corrección fue realizada para la re-edición del año 2000, no obstante, no agregaron otras plantas psicoactivas que sí han utilizado y siguen utilizando los pueblos de estas latitudes: la coca al noroeste, la yerba mate principalmente al noreste y el litoral, los tabacos a lo largo y ancho de todo el territorio. Incluso el chamico (daturas alucinógenas) tampoco fueron incluidas.
La antropóloga argentina Verónica Lema dice que “en Argentina tenemos (registro de) mucho consumo de vilca, de cebil, principalmente. Esa es nuestra gran planta en el pasado prehispánico. También el tabaco”.

Yerba Mate (Ilex paraguariensis)
Empecemos por la infusión que le da nombre a esta revista, y que es sin dudas la droga estimulante legal más consumida en todo el territorio argentino, desplazando al café del primer lugar. Proviene de la cultura guaraní, situada al noreste de nuestro territorio (provincias de Formosa, Misiones y Corrientes) y que se extiende más allá (al Paraguay y Brasil). Lo cierto es que poco se sabe acerca de su uso tradicional prehispánico. Hay consenso en ello. Se supone que pudo haber sido utilizado como vomitorio, mascando directamente sus hojas, cumpliendo una función similar a la de sus parientes Ilex guayusa e Ilex vomitoria.
Esta hipótesis es apoyada por Anconatani y sostenida por la antropóloga C. Folch, en su libro sobre la yerba mate, donde se lee: “Las tres variedades se secaban antes de ser preparadas como bebidas (el yaupon y el mate se tostaban); la guayusa y el yaupon eran parte de ritos fundamentalmente acompañados de otras plantas potentes (la ceremonia de la ayahuasca para la primera; la de la Bebida Negra para la segunda); las tres estaban asociadas con la emesis ritualizada y comunitaria, y todas eran consumidas en calabazas”.

Coca (Erythroxylum coca)
Este estimulante parece cobrar más protagonismo que el anterior cuando nos dirigimos a la otra punta de nuestro norte, a los pueblos indígenas del noroeste argentino. Tradición proveniente del pueblo Aimará de la actual Bolivia, y del imperio incaico, ha sido adoptada por Kollas, Diaguitas, Calchaquíes y Omaguacas, entre otros.
En Minga Koka, serie de encuentros sobre el uso de la hoja durante julio pasado, Verónica Lema explicaba que “la hoja de coca está siempre presente en los sacrificios y en comidas rituales” del noroeste argentino, más allá de su uso estimulante.
Anconatani apoya esta afirmación, diciéndonos que “de la coca, el uso es muy abarcativo: no sólo como mascada-estimulante, sino también para todo lo ceremonial-ritual”.
Hoy en Tucumán, Salta y Jujuy la presencia de la coca es excelsa. La comercializan kioscos, almacenes, mercados, vendedores ambulantes y locales especializados, todos con publicidad a la vista. Es cierto que no hay producción local, que la traen de Bolivia, pero ello no impide que estas hojas tiñan de verde la aridez de las quebradas norteñas.
Una planta de y para las alturas, estimulante, que hace menguar el hambre y ofrece propiedades nutritivas y digestivas. Utilizada también para la adivinación oracular, la “magia” y la oración.
Anconatani refiere que “no solo la usan los pueblos andinos, sino que cuando los pueblos del Chaco (wichi, chorote) fueron a trabajar a los ingenios azucareros, adquirieron el hábito del uso”.

Tabacos (Nicotiana spp)
Otro estimulante, pero también planta maestra, iniciadora en los ritos de paso, chamánica, comunicadora con los espíritus, y bastante ignorada por los investigadores, es el tabaco o las nicotianas. Se sabe que es una planta embriagante usada en todo el continente americano, y nuestro sur no ha sido la excepción.
Todos los pueblos las usan y las han utilizado, junto a las demás plantas. Su modo de empleo es diverso: fumada, infusionada, esnifada, mascada, y como enemas.
La variedad de nicotianas presentes en nuestro vasto territorio es notable: n. tabacum, n. longiflora, n. glauca, n. paa, n. alata entre otras, y con distintos niveles de toxicidad (n. glauca o “palan palan” es altamente tóxica, con riesgo de muerte).
Anconatani nos refiere que “en zona chaqueña, hay bastantes datos de uso de tabaco, más que nada cultivado, usado de distintas maneras, sobre todo fumado y mascado. Para diagnosticar y tratar enfermedades. Como propiciatorio para limpiezas y ceremonialmente. Hasta los años 70 inclusive era común el uso de pipa, a partir de los 80 se establece el uso del cigarrillo”.
Chichas (aqha, aloja, muday)
¿Cómo no mencionar estas bebidas alcohólicas ceremoniales y festivas? De origen preincaico, se extienden y varían por toda Sudamérica.
Fermentada principalmente a partir de frutos y semillas del maíz, pero no únicamente, pues cada geografía la adaptará según la disponibilidad de sus fuentes vegetales. Quinoa y Amaranto son también utilizadas. “Las preparaciones varían no sólo de comunidad en comunidad, sino también de quién la prepare” dice Anconatani, en su clase sobre “Drogas enteogénicas en el sur de América” del seminario Drogología.
Existen chichas mapuches (muday) hechas con semillas del pehuén, además de la tradicional de maíz, pero también con frutos de la familia myrtaceae (arrayán, murta, maqui), todas utilizadas ceremonialmente (ngillatún) por las machis.
En la zona del Chaco argentino, el guarapo es la fermentación hecha a partir de miel, en épocas donde escasean frutos. En cambio las alojas son las bebidas preparadas a partir de frutos y semillas. Centrados en los pueblos wichi y qom (“tobas”), aquí las especies utilizadas (algarrobo blanco y negro, chañar, mistol, yuca) vienen de las familias de las Fabaceas, Arecaceae, Euphorbiaceae, Rhamnaceae, Capparaceae, entre otras.
“Son especialmente importantes cuando hay ritos de pasaje de hombres y mujeres, entre los wichis”, señala Anconatani y detalla: “Se le agregan otras plantas para potenciar el efecto, por ejemplo Manolo Torres ubica la mixtura con semillas de cebil”.
De los comechingones se dice que posiblemente hayan usado molle y piquillín para sus bebidas fermentadas, de las cuales, sin embargo, hoy no se tiene registro.
Cebil (Anadenanthera colubrina)

Si hay una planta-maestra o enteógeno por excelencia de nuestras tierras, dice Verónica Lema, esta es la Anadenanthera colubrina: cebil o vilca.
Es un rapé enteogénico, aunque también hay evidencia de que se fuma, cuyo principio activo es la bufotenina (¡no confundir con la 5-MeO-DMT de los sapos Bufo!). Para los indígenas wichí del Chaco, el cebil (hataj para ellos) es su vehículo de comunicación con los espíritus. También se utiliza como ofrenda.
Aquí el registro arqueológico sí es contundente en la zona andina, y el trabajo de Verónica Lema es profuso en el análisis de pipas: “las pipas de Huachichocana e Incacueva, territorios marcados a nivel social-político-cosmológico por el consumo de este tipo de plantas, como el cebil. Pipas hay a granel en los sitios arqueológicos, muy diversas. Comienzan a ser abundantes en el primer milenio, empezando en el periodo formativo, en las primeras aldeas agro-pastoriles, hasta hace 4 mil años desde el presente” nos dijo la doctora Lema.
Isbelio Godoy agrega que es la planta “que nunca se perdió. El ‘Hataj’ wichi. Hasta las reducciones en el Chaco de 1955, todavía era una ritualidad sin intervención. Prohibieron el uso, se volvió clandestina, asociada a la brujería, y derivó más en el uso fumado, antes que soplado-esnifado. Se volvió una prohibición, incluso anterior a la ley de drogas”.
Rastrear su uso es un tema complejo, porque antes que la conquista española estuvo la expansión del imperio inca. “Y luego, tuvimos sucesivos ataques, el de hace 500 años, luego el virreinato, después Julio A. Roca y la conquista del desierto, y así hasta hoy”, concluye Godoy.
Solanáceas tropánicas (daturas, brugmansias, latua)
Hay menciones a estas solanáceas en la tradición oral, principalmente. Se dice que el pueblo mapuche las utiliza. Por otra parte, en un paso reciente por el NOA le he escuchado a varios lugareños (de Quilmes y Cachi) que allí también se usa datura para la “brujería”. Aquí el registro arqueológico tiene bastante menos evidencia que el etnográfico. Pero son plantas que crecen también en el norte y centro del país, así como en el noreste, por lo cual es probable que todos los pueblos originarios (wichi, qom, guaraní, chaná) de estas regiones las hayan usado al menos alguna vez.

Coro, Koro: ¿Nicotiana o Trichocline?
Hay en las crónicas coloniales tempranas (S. XVII) ciertas referencias a esta “planta”. Aparece también en escritos jesuíticos, tanto en zonas andinas como chaqueñas. En la más temprana, un pleito judicial de 1604, se la menciona junto al cebil, nos indica Lema, como parte de un tributo exigido, siendo también comercializada por pulperos “y de particular interés por parte de los curacas (líderes indígenas)” en la actual Santiago del Estero. Aparece como parte de los intercambios de bienes apreciados por los indígenas.
Siguiendo el trabajo de Lema al respecto “El koro aparece aquí ligado a otras plantas con fines aparentemente recreativos, o como sedante o medicinal”. Posteriormente, durante la resistencia indígena en los valles Calchaquíes, el jesuita Pedro Lozano referirá que “este pueblo teñía sus flechas con extracto de raíces de koro, para repeler al enemigo”.
La planta de Koro se vincula también al ritual de la guerra, escribe Lema, pero también: “para que la parturienta pueda expulsar al niño y la placenta cuando se encuentra en posición complicada”. Sirve para sacar fluidos retenidos, al igual que lombrices y gusanos intestinales.
Curiosamente, es utilizada también por los mineros de Oruro (Bolivia) en una especie de analogía con el ingreso/egreso a la Uku pacha (mundo de adentro) de las minas, que parece simbolizar un útero o cuerpo de madre-tierra donde se ingresa y se debe salir.
Es una planta que induce la bravura, y la fortaleza para las situaciones liminales. Guerra, chamanismo, parto-nacimiento, incursión en las profundidades.
Se lee en “Alucinógenos y sociedades indígenas del NOA”, de Pérez Gollan e Inés Gordillo que “Coro o Koro es el nombre quechua de una especie de Nicotiana o Trichocline, hierba tóxica llamada también “tabaquillo”, “tabaco de campo” (…) especie de tabaco silvestre, al cual llaman coro en lengua del Cuzco y aquí entre los indios guaraníes pete haeté”.
No se sabe si efectivamente se trata de una nicotiana o una trichocline: “Las opiniones contemporáneas difieren en cuanto a su identificación. Para Solá (1975) se trata de Nicotiana longiflora; Parodi, en cambio, la identifica como Nicotiana alata, y puntualiza que con ella se elabora el “tabaco persa” (Parodi, 1959). En opinión de Schulz (1976) se trata de dos especies herbáceas anuales, Nicotiana acutiflora y Nicotiana longiflora, plantas silvestres del Chaco empleadas por los aborígenes de esa región”.
Aunque propiamente no se sepa si se trata de un tipo de tabaco, de una mezcla de ellos, o de raíces de alguna de las especies mencionadas, incluidas las trichoclines (T. reptans, T. incana, etc) sí se tiene noción de que “los grupos étnicos del litoral ribereño, norte de Santa Fe y del Chaco hacían expediciones anuales a Campo del Cielo (Chaco) en su búsqueda. A esta zona la denominan ‘Campo del Coro’ (Schulz 1963)”. También se sabe de su cultivo por poblaciones indígenas.
Es mencionado su parentesco con la “contrayerba”, el “corayuyo” (Catamarca, Rioja, Sanjuan), “chosni-yuyo” (Catamarca, Tucumán) y “crespinel” (Córdoba).
Parece que existieron varios modos de consumo del koro: fumado, inhalado, mascado y bebido “como infusión mezclada con chicha”. El trabajo de Verónica Lema nos informa de registros de uso entre grupos qom, abipón, wichí, lule, moqoit y guaraníes.
“Los moqoit mencionan que el fumado de las raíces solas es muy fuerte, ocasionando mareos y somnolencia (…) por lo cual no se hace más de una o dos veces al mes (…) cuando se fuma la raíz con fines recreativos se lo hace junto al tabaco (…) cuando se fuman los rizomas molidos no se traga el humo, cuando se masca no se traga la saliva”.
Anconatani agrega que debe ser un sucedáneo del tabaco; que efectivamente su identidad es bastante discutida. En la zona andina, es atribuido más a Trichocline, y en la chaqueña entre los mocovíes del Chaco en 1964 (Crovetto, Martinez) se lo determinó como Nicotiana paa. “El tema es que Kora, del quechua, significa “yuyo”, entonces la identificación es difícil. Sí es sabido que no son tanto las hojas, como las raíces, lo que se consumía”, remata Anconatani.

Wachuma o San Pedro (Echinopsis Pachanoi)
Del consumo de wachuma hay evidencia prácticamente nula a la fecha, a diferencia de todas las demás. Pero ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia.
Para el artista salteño, y practicante de medicina tradicional, Isbelio Godoy: “es obvio y razonable que haya habido un uso originario del cardón. Lo que pasa es que si entramos en el terreno de la evidencia científica, de registro arqueológico, que indique explícitamente el uso… Recién ahora se está pudiendo estudiar y analizar tejido de cuerpos y cabellos. Estudios genéticos, del citocromo, de la expresión celular, que no tienen más de 10 años. Y de proteínas que se expresan por haber consumido ciertos alimentos, ciertas plantas”.
En la región andina hay muchos cactus en sitios arqueológicos, lo que, para Godoy: “evidencia la relación sagrada o especial con este vegetal”. Aunque para la ciencia eso no es suficiente “pues que esté ahí no significa que lo hayan bebido”.
Leonardo Anconatani, en sintonía, menciona que este es un tema en constante discusión, “no hay mucho dato histórico de comunidades usuarias. Sí de comunidades que contemporáneamente han empezado a emplear el cactus”.
En Argentina “la iconografía, cerámica, textil, no es tan clara, es más abstracta (que en Perú) para el cactus”, agrega Isbelio. Para el artista visual, es factible que se haya usado, “tanto como el cebil. Y que con la colonización e incluso antes, eso se haya interrumpido”.
Tratándose de tradiciones vivas, móviles y dinámicas, Isbelio refiere también que “hoy algunos pueblos están recuperando la relación con la planta. Porque se perdió. Hay un fenómeno de revitalización cultural, entre algunos diaguitas. En Catamarca, La Rioja. Pero se perdió la continuidad del conocimiento ancestral”.
Para concluir, Godoy reflexiona que “las plantas, como sujetos, tienen la potencia de ser un reservorio de memoria. Vuelven a utilizarse y así se recupera algo de la relación perdida”.
Territorio, plantas y memoria
La idea de que las plantas alojan la memoria de tiempos pasados se acerca bastante a lo que nos decía Verónica Lema en una entrevista publicada en MATE: “Todo territorio tiene un conocimiento, una memoria y un vínculo con este tipo de plantas. Sea el territorio corporal o geográfico. Hay saberes e intereses que desaparecen por un tiempo, pero que vuelven a reactivarse (…) estas técnicas son maquinarias del deseo. Producen algo porque uno desea que suceda algo. Más allá de poder controlarlo o no. Que algo aparezca, acontezca. Esas tecnologías del deseo pueden aparecer re-escritas de otra forma. Porque en cierto territorio son necesarias. No son sólo datos anecdóticos. Hay algo que se reactiva”.




Un comentario
Buenísimo este artículo, gran resumen, excelente trabajo!!