La psique está creando diariamente la realidad. Para esta actividad no tengo otro nombre que el de «fantasía». Jung, 1921
La habilidad para generar espontáneamente imágenes en la mente es lo que se entiende por imaginación. Anzaldúa, 2015
Las psicoterapias asistidas con psicodélicos hablan en un lenguaje científico y cuasi corporativo: buscan “optimizar los beneficios y reducir los riesgos de estas sustancias”. Quiero polemizar con estas tendencias hacia la claridad y el orden, la hiper especialización y la ultra profesionalización, ya que de seguir así, lxs terapeutas vamos camino a convertirnos en administradores de protocolos, discutiendo sobre el “set and setting” y sugiriendo cambios de “mindset” en algún congreso, hasta morir de aburrimiento.
Como psicóloga junguiana me interesa mucho la imaginación: cómo cultivarla, cómo implicar el diálogo directo con la psique, eso que Jung llamó (¡ya en 1916!) el método de la imaginación activa. Desde ahí es que me acerco a las propuestas de especialización en psicoterapias asistidas con psicodélicos (en adelante: PaP). Las encuentro cada vez más y mejor fundadas en valores y cálculos, protocolos y estrategias: están plagadas de evidencias. Cuánta “más evidencia tenga una psicología”, decía el psicólogo arquetipal James Hillman (1975), “menos capaces serán sus ideas de abrir los ojos del alma”.
En este artículo me propongo revisar críticamente el (no) lugar de la imaginación en las PaP, en relación con las disciplinas de la imaginación y el reduccionismo terapéutico y, aún más profundo, con el miedo a la imaginación que existe en nuestras sociedades. Me orientan algunas preguntas:
¿Qué es lo terapéutico en las psicoterapias con psicodélicos? ¿Qué lugar tiene la imaginación en esas terapias? ¿Podremos empezar a cuestionar los pactos establecidos entre terapia y adaptación? ¿Habrá marcos de comprensión que puedan convocar a vías no-útiles de contacto con lo real de la imaginación?
“No sabemos soñar”: Imaginación y reduccionismo terapéutico
Luis E. Luna, antropólogo experto en plantas enteógenas, decía en la clase que dio para el Seminario de Drogología: “no sabemos soñar”. Lo que es como decir que “no sabemos percibir diferencias entre las diversas clases de viajes imaginarios” (Hillman, 1975).
Hace décadas que existen psicoterapias que utilizan de alguna forma la imaginación. En general, lo hacen siempre de una forma dirigida por el ego consciente, racionalmente orientada por metas prefabricadas. Hillman ha sido muy crítico de estas “disciplinas de la imaginación” mediante las cuales se visita al pasado y a la infancia, se desciende a cavernas o se pasea por apacibles playas, siempre con la tranquila voz del terapeuta como guía de una excursión al mundo interior.
Los “estados no ordinarios de conciencia” sobre los que se apoyan las PaP, aquellos que, según las expertas, “sacuden la estantería mental” y son el “coadyuvante” necesario del proceso que se despliega en la psicoterapia, no son sino experiencias o vuelos de la imaginación (en términos de Anzaldúa, 2021). Trabajar abiertamente con esta “habilidad de la mente” —aunque rara vez la mencionen— y reconocer que somos seres complejos, compuestos por varias partes, no solo el ego consciente, es una virtud de estas psicoterapias.
Sin embargo, mientras por un lado se invita a las imágenes de la psique (o del alma) a “desplegarse”[1], nos encontramos que quien realiza el viaje es nuestro viejo amigo, el ego heroico en su búsqueda de desarrollo personal. Incluso en contextos de macrodosis, donde el control de lo que acontece en la imaginación es cercano a nulo o nulo, se busca conducir la experiencia a través de la preparación previa de objetivos terapéuticos. Se busca que el ego se “diluya”, para luego fortalecerlo a partir de las imágenes que volverán a pertenecerle: será “su mundo interior” lo que estaba “cartografiando (…) para una posterior colonización” (Hillman, 1975).
En el momento de integración, esencial en las PaP, se produce la traducción de las visiones —llamadas insights— y el ordenamiento de los contenidos para ser usados en “los cambios que la persona busca en su vida cotidiana”. Este momento varía (y mucho) dependiendo del marco teórico del terapeuta para leer y acompañar los sentidos que se puedan haber desplegado. Este es el momento que mayor daño le produce a esta psicóloga junguiana. Apoyándome en Hillman (1975) para expresar mi descontento, una vez más:
“No puedo alzar mi voz lo bastante alto contra estos métodos. En ellos reside el maltrato de la libertad primordial del alma: la libertad para imaginar”.
Todo reduccionismo lo que hace es aplicar una herramienta simple a problemas complejos y, de esta forma, se cercenan aspectos de la experiencia que se está intentando comprender. En este caso, la experiencia psicodélica se encoje al estar (solo en parte, felizmente) condicionada por las expectativas y narrativas del ojo cíclope que pone demasiado énfasis en la sanación o en el mejoramiento de la personalidad. Esta es una “narrativa moderna de gran pobreza imaginativa”, como bien dice Rosetti:
“todo lo que supo ser el potencial revolucionario de estos compuestos devino en potencial meramente “terapéutico”, es decir adaptativo, domesticado(r)”
Este filoso comentario del colega apunta a que el reduccionismo terapéutico es probablemente una forma de defensa (adaptativa, domesticadora) contra todo ese “potencial revolucionario” de estas sustancias. Es una forma de neutralización. Pasamos de tener vivencias potencialmente transformadoras a tener narrativas serializadas de motivaciones individuales y sentimentales.
¿Habrá relación entre “no saber soñar” con aquella dificultad, incluso inhibición, de la imaginación política por la cual es “más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”?
El miedo a la imaginación en psicoterapias con psicodélicos
“Porque la fantasía es verdadera, por supuesto. No es fáctica, pero es verdadera. Los niños lo saben. Los adultos también lo saben, y es precisamente por eso que muchos de ellos le temen… Les temen a los dragones porque le temen a la libertad.” (Le Guin, 1979).
En el reduccionismo terapéutico se esconde un prejuicio sobre la imaginación, mucho más antiguo que el uso de psicodélicos en psicoterapias. Es que, desde la epistemología dominante, heredera de un materialismo racionalista, lo que sucede en la imaginación es simplemente fabulación, falso, irreal y, desde el lenguaje de la medicina moderna: inútil, peligroso o patológico.
Úrsula K. Le Guin en su conferencia sobre el lugar de la fantasía en la cultura norteamericana, señalaba que, para el sistema de valores del empresario, aquello que no da beneficios inmediatos y tangibles, no tiene ninguna justificación de ser. Si miramos las propuestas de PaP encontramos un lenguaje similar al empresarial: hablan de costos, riesgos y beneficios, para el cual hay que definir un uso justificado, expresado en un lenguaje médico-psicológico, seleccionar a los sujetos y definir los objetivos que puedan ser evaluados o medidos luego de alguna manera.
La imaginación, para ser útil, debe estar orientada previamente hacia un fin. Para Le Guin (1979), en cambio, la imaginación es “el juego libre de la mente” (…) “por ‘libre’ quiero decir que la acción se realiza sin un objetivo inmediato —espontáneamente—. Eso no significa, sin embargo, que no haya un propósito”.
El primer prejuicio sobre la imaginación esconde entonces una “falacia pragmática” típica del “extraño misticismo de la mente capitalista” (Le Guin, 1979): la suposición de que las ideas (o las imágenes) valen solo por su utilidad. Esta falacia viene muchas veces en las PaP acompañada de un tufillo moralista que cae sobre el temido y nunca bien ponderado “uso recreativo”. Ese lenguaje se acerca (quizás demasiado) a la voz de nuestros padres, ya que es la voz de la cultura del trabajo, la voz de los valores que intentan disuadir del consumo de sustancias como de cualquier cosa que pudiera hacerse solo por placer. Si el uso no está justificado, entonces, no es recomendable, es una pérdida de tiempo, posiblemente peligroso y definitivamente no es motivo de investigación ni de análisis.
Respecto al segundo prejuicio, las PaP ponen énfasis en la necesidad de “crear un entorno (setting) donde la persona pueda sumergirse en su inconsciente de manera segura”. Seguridad e inconsciente nunca se llevaron bien, para empezar. Pero además, la insistencia en la seguridad del entorno da la sensación de que aquel mundo con el que vamos a contactar es una especie de selva salvaje y temible, como refiere Hillman (1975), que requiere una mano experta si queremos salir de allí transformadxs y evitar, por supuesto, el “malviaje”.
Es lógico, dentro de su lógica, que los discursos médicos quieran prevenir malos usos de las sustancias. No creo que sea justo ni conducente pedirle a la medicina —ni a la psicología que está demasiado próxima a ella— un cuidado especial por la imaginación. No está en sus marcos de posibilidad hacerlo. Mi intención es poner atención y abrir otras posibilidades ante la exagerada estandarización de la experiencia psicodélica que, en palabras de un filósofo: “mata la esencia misma de estas sustancias: su capacidad de generar experiencias únicas, impredecibles, transformadoras”.
Pienso, junto a la poeta lesbiana val flores (2025):
“en el riesgo frente a tanta higienización de la experiencia, la expurgación de cualquier malestar, la evitación del dolor, la protocolización del misterio, la erradicación de la incertidumbre.”
Claro que hay efectos terapéuticos positivos y favorables en las experiencias protocolizadas: sobran las evidencias. Pero eso no es la experiencia extática.
“La experiencia de la droga es una búsqueda desterritorializada del éxtasis. La palabra clave sería desritualizada o con rituales insuficientes. En la medida en que no hay más lugar para el éxtasis sagrado —o que su lugar se ha visto disminuido por el ridículo—, en la medida en que nuestra sociedad se profanizó, se enyoizó y se racionalizó, la única manera de salir, la más fácil, es para abajo”. (Perlongher, 1991)
Así llegamos al tercer prejuicio. ¿Qué pasa cuando una experiencia de PaP conduce a una experiencia extática, incluso mística, no de viaje al mundo “interior” sino a lo fuera de sí, al encuentro con lo numinoso (Otto), lo tremendo y lo fascinante? ¿Qué espacio tienen las PaP para esas experiencias?
En su artículo, Zeller señalaba con preocupación el silencio ante lo numinoso de las experiencias psicodélicas por parte del reduccionismo biomédico. En cambio, yo creo que el silencio es la respuesta adecuada ante algo que la medicina no puede responder por motivos no ya epistémicos sino ontológicos. Es más: prefiero el silencio, ya que cuando la medicina responde, lo que hace es neutralizar la experiencia con términos como “alucinosis”, “pseudoalucinaciones” o directamente “delirios”. Zeller señala aquí, con justo motivo, el riesgo de injusticia epistémica.
Entendiendo que hay cuestiones que impiden que desde el lenguaje higiénico y apolíneo de la medicina se aborden los fenómenos barrosos y dionisíacos de la experiencia extática, propongo una estética del descenso, ir para abajo hacia algunos marcos alternativos que le dan un lugar real a la imaginación.
Un lugar real para la imaginación
Algo es potencialmente subversivo cuando su lectura o su entendimiento se hacen imposibles. (val flores, 2025)
La epistemología dominante concibe sólo dos realidades: material una, mental la otra. Sin embargo, como muestran los conocimientos ancestrales y onto-epistemologías subalternas, existe una zona intermedia (V. Cirlot), un mundo imaginal (H. Corbin) o una res fantástica (L. E. Luna). Las experiencias de visión o de unión mística que despiertan en algunos sujetos (no en todxs) las sustancias que, con razón, se llaman enteogénicas, se dan en ese tercer reino, entre lo objetivo y lo subjetivo, cuyas imágenes, para diferenciarlas de la fantasía común, las llamamos imaginación creadora o verdadera, siguiendo la tradición de la alquimia.
Las relaciones entre experiencia mística, éxtasis y enteógenos merecen una revisión aparte, pero valga decir aquí que, según los expertos en la materia, este tipo de experiencia es la más transformadora y, por tanto, potencialmente sanadora. Y aquí está el meollo de la cuestión: nos encontramos en una situación al menos extraña cuando estas experiencias sanadoras son llevadas a cabo por “profesionales provenientes del ámbito de la salud, sin formación específica en estudios rituales, etnobotánicos o en epistemologías alternativas”.
Pregunto: Si no hay otra cosmovisión en el profesional que aplica esta terapia, si éste/a no contempla la posibilidad de otras realidades (ontologías), u otras formas de conocimiento (epistemologías)… ¿desde qué marco hará la traducción a la vida cotidiana de las visiones de la imaginación? Un terapeuta conduciendo una terapia con sustancias que abren el acceso a realidades que él mismo niega… ¿no es una contradicción de principios?
Doy un paso más cerca de mi lugar de enunciación: es muy distinto entender a la experiencia psicodélica como una “inmersión en el mundo interior”, sea ésta desde el frío lenguaje biomédico, el psicológico transcendental o el neochamánico sentimental, a comprender que la imaginación creadora sea la puerta a “una realidad más permanente y universal” (Le Guin, 1988), a un mundo arquetípico por el cual, aun cuando haya disolución del ego, eso nunca significa desorden, “ya que toda fantasía es guiada por un orden arquetípico más profundo” (Hillman, 1975).
Para cultivar este tipo de imaginación no hay programa, no hay metas preestablecidas, pero sí un propósito muy serio y una actitud rigurosa y respetuosa de ese mundo, que es preciso ejercitar: la de abandonarse a las imágenes. Entrenar la pasividad, desarrollar un gusto por la caída.
Lo que vengo rumiando hace tiempo es que quizás haya algo más importante para el alma que sanar, y que eso viene de un contacto real con aquello inapropiable por el lenguaje de la ciencia. Algo que, hasta ahora, solo puede nombrar la poesía.
Referencias:
- Anzaldúa, G. (2015 [2021]) Luz en lo oscuro. Ed. Hekht.
- Hillman, J. (1975 [1999]) Reimaginar la psicología. Ed. Siruela.
- Jung, C. (1921 [2012]) Tipos Psicológicos. Ed. Trotta.
- Le Guin, U. (1979). Por qué los estadounidenses le temen a los dragones. En línea.
- ————— (1988) Cosas que en realidad no están presentes. En: Contar es escuchar. Ed. Círculo de tiza.
- Perlongher, N. (1991). Las formas del éxtasis (entrevista de Diego Vecchio).
- val flores (2025). El riesgo en la lengua. Inédito. Texto escrito para el programa de Ver y Poder. En línea.



