En marzo, la reunión anual de la Comisión de Estupefacientes (CND) de las Naciones Unidas en Viena tuvo, como buena conversación en este año, la incorporación de la inteligencia artificial como protagonista. En este caso, para el diseño de drogas sintéticas. Ghada Waly, directora de la UNODC, la definió como “una amenaza en rápida evolución que desafía las fronteras y las capacidades de respuesta de los Estados”.
El documento que salió de esa reunión señala que el diseño en laboratorios clandestinos y redes de profesionales en química usa modelos de IA generativa y herramientas de aprendizaje automático para simular miles de variaciones moleculares en horas, y así pueden predecir qué modificaciones en una estructura química mantendrán los efectos psicoactivos en el cerebro sin figurar en las listas de fiscalización internacional. Mucho. Por momentos suena a una versión alternativa de Minority report, ese cruel relato sobre la tecnología siendo usada por los gobiernos para cubrir sus crímenes.
Finalmente, el informe de la ONU consignó que en 2024 se documentaron 755 nuevas sustancias psicoactivas (o NPS, por su sigla en inglés) en el mundo. Fue cinco veces más que antes del 2000.
En Suramérica la alarma encendida desde el Norte es sintetizada por Camilo Obregón, cofundador de la organización chilena Reduciendo Daño (RD Chile), quien dice a Revista Mate:
“No hay personas queriendo consumir 700 nuevas sustancias psicoactivas, ni una demanda masiva por moléculas diseñadas por inteligencia artificial. Las sustancias que la gente busca siguen siendo las mismas 10 o 15. Esta cifra de Viena es la evidencia de un sistema prohibicionista que falla: el Estado prohíbe una molécula y el químico altera la estructura para que sea legal un par de años. Se generan drogas de ciclos de vida tan cortos que ni siquiera nos permite estudiar sus efectos sobre la salud”.
Para el activista, mientras en el Norte Global laboratorios de alta complejidad usan algoritmos e instrumental avanzado para rastrear trazas mínimas en incautaciones e inflar las estadísticas internacionales, en el sur la realidad todavía no se sabe de inteligencia artificial sino de un mercado clandestino que engaña a las personas usuarias con mezclas locales.

Sustitución de psicodélicos y adulteración de estimulantes
Según explican desde RD Chile, la realidad del Cono Sur no está marcada por la irrupción masiva de moléculas exóticas o de síntesis novedosa, sino por la sustitución total, la adulteración y la mezcla no informada.
Desde la Asociación de Reducción de Daños de Argentina (ARDA) confirman esta tendencia con testeos hechos en sus dispositivos en nocturnidad. “En Argentina encontramos cartones que se comercializan como LSD, pero que en realidad presentan compuestos de las familias NBOH o NBOMe (detectado por el Sistema de Alerta Temprana del gobierno nacional). Ahí sí podemos hablar claramente de una sustitución: la persona cree que está comprando una sustancia y recibe otra, con una duración, una curva de efectos y un perfil de riesgos diferentes”, dice Serena Suárez, responsable de dispositivos de nocturnidad en ARDA, la organización pionera en reducción de daños que desde finales de la década de 1990 defiende los derechos de las personas usuarias.
En el mercado de los estimulantes, siempre según las organizaciones consultadas, el patrón suma además de sustitución la adulteración. Cuando analizan MDMA (éxtasis en cristal o comprimidos), la presencia de NPS o sustancias sintéticas —especialmente catinonas— hacen de adulterante para estirar la muestra. Pero también aparece una tendencia a la suplantación por MDA en 1 de cada 10 muestras analizadas de pastillas o cristales desde 2025 a la fecha, se trata de una molécula muy similar que comparte la ruta de síntesis con el MDMA pero ofrece efectos más prolongados, psicodélicos y estimulantes que la molécula original.
Para Obregón de RD Chile, esto responde a las expectativas culturales de la noche local. “Desde el Norte Global se impone la visión de la pureza y los miligramos, pero acá la evaluación es distinta: las personas no buscan una molécula pura como el MDMA, sino un estado, una marca o una sensación concreta. Se busca estirar la fiesta y la estimulación prolongada”, dice a Revista Mate.
El fenómeno del Tusi y el policonsumo no asumido
Uno de los ejemplos de nuevas sustancias es la mezcla popularizada como tusi (o “cocaína rosa”). Lejos de la molécula 2C-B descrita por Alexander Shulgin hace cuatro décadas, el preparado funciona como una marca bajo la cual se vende un cóctel impredecible de ketamina, MDMA, cafeína, benzodiacepinas y catinonas. Las concentraciones y proporciones son interrogantes.

El problema central que abordan los equipos de reducción de daños en Chile y Argentina es la falta de información sobre tusi.
“Muchas veces ese policonsumo no es realmente asumido. Hablamos regularmente con jóvenes que creen estar consumiendo una sustancia concreta y no saben que se trata de una mezcla de composición muy variable”, sostiene Suárez.
Según explican desde los equipos, frente a una sustancia que nace siendo una combinación de fármacos y estimulantes el discurso preventivo tradicional de “evitar mezclar” rebota o pasa de largo. Entonces, las intervenciones parten de reconocer que las personas usuarias ya decidieron consumir un producto combinado y es tiempo de volver sobre la base de la reducción de daños en sustancias: recomendar que no sumen más sustancias (en especial, bebidas alcohólicas o cannabis), empezar por dosis mínimas y esperar los tiempos de absorción, y evitar usar en soledad. “Si ya es una mezcla impredecible, no le sumes más leña a esa hoguera”, explica Obregón.
Testeos: límites técnicos y economía en territorio
La información que tienen las organizaciones de reducción de daños proviene de los testeos que hacen con las personas usuarias que entregan una mínima porción para analizar. Generalmente, en contextos de nocturnidad, pero muy lejos de las condiciones que lo hacen los países del Norte Global. En esta región, donde las leyes y la cultura aún castiga antes que acompañar, se recurre a pruebas de colorimetría mediante reactivos químicos como Marquis, Mecke o Ehrlich, métodos que, cuentan las organizaciones, tienen sus límites.
“Los resultados son presuntivos. Pueden darnos un indicio sobre la posible composición de la muestra, pero no permiten confirmar la pureza, descartar mezclas o adulterantes en bajas concentraciones, ni identificar con certeza todo lo que contiene”, señala Serena desde ARDA. De esa forma, al testear una pastilla en una fiesta saben y comunican que el resultado no será un “certificado de garantía” ni validar la sustancia como “segura”.
Se trata, siempre según explicaron, de quebrar la desinformación absoluta que tienen muchas personas sobre lo que usan o van a usar, y así, como cualquier otra droga regulada, elegir libre, pero informadamente, hacerlo o no. En Argentina, algo de esta batalla cultural está siendo dada de forma paralela por la aplicación de la ley de etiquetado frontal en alimentos, también con resistencias y un proyecto de ley que por estos días busca volver todo atrás.
Los testeos de sustancias en el sur de América no incluyen máquinas de espectrómetros FTIR, por mencionar un método que se usa en los países más ricos del mundo, ya que un solo equipo puede costar entre 40 y 50 mil dólares –más insumos y mantenimiento–, un recurso que, según cuentan desde las organizaciones de reducción de daños, podría financiar una red territorial de promotores de cuidado durante tres años. En la balanza, y si bien sería ideal tener una máquina de detección hipermoderna, pesa más tener personas preparadas para trabajar en territorio.
Redes comunitarias de alerta temprana
Uno de los puntos de mayor coincidencia entre activistas y profesionales del sector es la ineficacia de los canales oficiales de alerta. Los boletines emitidos por los sistemas de alerta temprana estatales en la región suelen llegar con meses de demora y están sesgados por la lógica policial.
“Las alertas oficiales tienen una utilidad casi nula para nuestro trabajo territorial. El sistema está atravesado por una lógica de seguridad: analizan muestras incautadas en procedimientos policiales o judiciales que no representan lo que efectivamente circula entre las personas usuarias en una fiesta“, explica Serena Suárez desde ARDA.
Esta ineficiencia impulsó a la organización a crear un sistema comunitario de reportes de testeos. En 2021 ToxiBot llegó a internet y a cada teléfono celular para que las personas puedan saber si lo que iban a usar tenía algún reporte negativo en Argentina. Y también para dialogar con un bot de WhatsApp que ofrece pautas de cuidado.
En estos años el sistema procesó y sistematizó cientos de análisis de campo realizados en CABA, provincia de Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos, Córdoba y Jujuy. Con el tiempo los datos revelaron qué sustancias circulaban y circulan por el país. Entre los datos más saliente de sus reportes encontraron que cerca de un 80% de los cartones vendidos como LSD contienen en verdad sustitutos como NBOH o NBOMe, mientras que más del 90% de las muestras ingresadas bajo el nombre de “tusi” responden a combinaciones variables de ketamina con estimulantes y adulterantes, confirmando la casi nula presencia del 2C-B original en Argentina.
Al igual que Arda, organizaciones de diferentes países como RD Chile o Imaginario 9 en Uruguay mantienen redes de comunicación entre personas usuarias para evitar pánico entre personas usuarias frente a rumores, por ejemplo, de presencia de fentanilo en el tusi como describimos en este artículo.

Entre la ley y el compromiso comunitario
El trabajo territorial de reducción de daños no es sencillo en el sur de América. En el caso de Argentina está tensionado no solo por la falta de apoyo del Estado, sino por la vigencia de la Ley de Drogas N.º 23.737 —sancionada en 1989— que sigue penalizando la tenencia para consumo personal y castiga la difusión pública. Sin embargo, puede seguir gracias a la Ley Nacional de Salud Mental –hoy también puesta en debate en el Congreso– y la Ley N.º 26.934 de Abordaje Integral de los Consumos Problemáticos, que contemplan explícitamente la reducción de daños como una estrategia de salud pública.
Este choque de leyes deja a activistas y promotores de salud en un gris de vulnerabilidad jurídica cada vez que manipulan micro-muestras para su análisis en un festival o en la vía pública. Sin una normativa que proteja de forma específica la tarea del testeo comunitario, la viabilidad de los dispositivos depende de acuerdos informales con organizadores de eventos y de protocolos propios de contención ante eventuales intervenciones de las fuerzas de seguridad.
“Lo que varía con el tiempo es la fenomenología del consumo. No las moléculas, sino cómo nos relacionamos con ellas. Algo tan local como el horario de las fiestas y la nocturnidad en una ciudad puede cambiar el hábito de una comunidad. Por eso la reducción de daños no es solo un tema de química. Es entender qué estamos buscando socialmente cuando salimos a consumir”, dice Obregón de RD Chile.
Para quienes trabajan en reducción de daños, el trabajo territorial, al menos por ahora, es lo que mejores respuestas genera. Porque además de disminuir problemas de salud, posibilita tener un contacto real con lo que las personas viven o desean vivir. Y es desde ese conocimiento, relación y trabajo en conjunto que las acciones políticas de cuidado pueden conectar y defenderse.
Una mano
Si vos o alguien de tu entorno está pasando por una situación de consumo problemático podés comunicarte de manera gratuita, confidencial y durante las 24 horas:
- Argentina: Línea 141 de SEDRONAR o acudir a la red de centros locales de atención en consumos de tu municipio.
- Chile: Línea 1412 de Fono Drogas y Alcohol (SENDA).
- Uruguay: Línea 1020 de la Junta Nacional de Drogas.



