No todas son rosas en el campo del rey.
No todas las rosas del campo son del rey.
No todos los reyes saben mucho sobre rosas.
No todas las rosas quieren saber de algún rey.
Miguel Abuelo (1946-1988).
La palabra psicodélico viene de psychḗ (mente/alma) y dēleín (mostrar/manifestar/revelar). Pero lo que se revela puede disgustarnos. Y como nos muestra el informe que aquí presentamos, en el alma del renacimiento psicodélico hay negocios oscuros que operan sin los controles que deberían tener cuando está en juego la salud de las personas.
Ya hace tiempo que existe un entusiasmo generalizado por las terapias con psicodélicos que se presentan como una revolución para la psiquiatría curando mágicamente muchos de los trastornos que parecían incurables. Pero poco a poco ese entusiasmo inicial empieza a ser contrastado con la realidad, donde al parecer no es tan sencillo darle una sustancia a alguien y que se cure automáticamente para cumplir así el sueño húmedo de la biopsiquiatría.
No sería la primera vez. La industria de la salud mental tiene un historial extenso de simplificaciones peligrosas, evidencia manipulada y mentiras al público disfrazadas de ciencia. Durante décadas nos vendieron la hipótesis del “desequilibrio químico de serotonina” para justificar antidepresivos, una teoría que nunca tuvo respaldo científico sólido pero que generó miles de millones en ganancias. El patrón se repite: exagerar beneficios, minimizar riesgos, falsear pruebas cuando sea necesario, todo con el objetivo de vender más. ¿Los psicodélicos serán diferentes o simplemente el próximo capítulo de la misma historia?
Un largo informe llamado “El sindicato psicodélico“, recientemente publicado por la organización de investigación Psymposia, aborda cómo un pequeño grupo de millonarios de Silicon Valley cooptó deliberadamente el movimiento psicodélico para convertirlo en un vehículo de lucro e influencia política. Como documenta el resumen del reporte: ”la narrativa mediática prevaleciente ha caracterizado al movimiento psicodélico como una coalición orgánica de activistas de base motivados por el potencial terapéutico de los psicodélicos. Nuestro análisis revela los esfuerzos coordinados del ‘Psychedelic Science Funders Collaborative’ (PSFC) para eludir las estructuras regulatorias federales y manipular el desarrollo de políticas a nivel estatal, transformando un movimiento liderado por la comunidad en un vehículo para la influencia corporativa centralizada.”
El reporte de 200 páginas se basa en el “análisis de cientos de documentos internos que incluyen correos electrónicos sin editar, transcripciones, presentaciones y otros materiales primarios que abarcan casi una década”. Cada afirmación, aclara el informe, “ha sido sometida a una rigurosa revisión legal previa a la publicación”, con apoyo legal del Comité de Reporteros por la Libertad de Prensa.

El tablero de ajedrez: ¿quién mueve las piezas?
La historia oficial es conocida: investigadores dedicados, activistas comprometidos, organizaciones como MAPS trabajando décadas para desestigmatizar estas sustancias. Un movimiento de personas comunes, psiconautas y científicos bien intencionados. Esa es la versión que vimos en medios y conferencias.
Pero desde 2017 opera el Psychedelic Science Funders Collaborative (PSFC), un conjunto de filantrocapitalistas que maneja el campo ”como un tablero de ajedrez” (literalmente sus palabras).
¿Quiénes son estos jugadores? En la página 27 se menciona explícitamente al círculo de Elon Musk (que incluye a su hermano Kimbal): Joe Green (compañero de cuarto de Mark Zuckerberg en Harvard), Tim Ferriss (podcaster), Antonio Gracias (inversionista temprano de Tesla y SpaceX, aliado de Musk), David Bronner (CEO de Dr. Bronner’s), la Fundación Steven & Alexandra Cohen (inversores en Lykos), entre otros. “Este campo ha sido llevado adelante por unas 20 familias, y el apalancamiento que han tenido con cientos de millones de dólares es realmente extraordinario.”, revela en su página 7 el informe.
Para entrar al círculo fundador: un millón de dólares mínimo. Eso compra posiciones de liderazgo y capacidad de definir hacia dónde va el campo. Gente sin experiencia en salud mental comprando poder en un campo que apenas conocen. Y la influencia no se limita a Estados Unidos: en Uruguay, la startup Eywa.bio acaba de cerrar una ronda de financiamiento de USD 2,5 millones liderada por Tim Draper, el mismo inversor detrás de Tesla y SpaceX, vinculado al círculo de Musk.
El punto de inflexión llegó en 2020, cuando MAPS, la organización más grande y avanzada en la investigación, se quedó sin dinero. Los ensayos clínicos costaban mucho más de lo previsto: les faltaban más de 20 millones de dólares. Sin esa inyección de capital, décadas de trabajo quedarían desperdiciadas.
“En junio de 2020, el PSFC se asoció con MAPS en un “Desafío Capstone“ de $30 millones ‘para financiar la investigación final requerida para buscar la aprobación de la FDA de la psicoterapia asistida con MDMA’ La campaña cumplió su objetivo mucho antes de la fecha límite de 90 días, después de que Ferriss impulsara el desafío en un episodio de podcast titulado “The Psychedelic Domino That Tips All Others’.”, cuenta el informe en su página 30.
Los rescates financieros siempre vienen con condiciones. El PSFC no solo puso la plata, rediseñó la organización completa. Contrataron ejecutivos farmacéuticos tradicionales, incluyendo a Michael Mullette, ex-vicepresidente de Moderna, como nuevo director de operaciones. Como escribió el entonces CEO de MAPS PBC Amy Emerson en un email interno revelado por el informe: “Mike jugará un rol de liderazgo vital a medida que MAPS PBC transiciona de una pequeña empresa a una organización más madura (recuerden que uno de los temas de este año es ‘de startup a empresa madura’)”.
El miembro del PSFC Joe Green comentó sobre esta contratación: “Mejorar la capacidad operativa de MAPS PBC ha sido un foco mayor del PSFC, y este es un paso enorme”, describen en la página 41. Rick Doblin, el carismático fundador que durante décadas había sido la cara del movimiento, fue perdiendo poder a medida que la organización se convertía en lo que siempre había dicho combatir: una farmacéutica más.
El control del PSFC no se limitó a MAPS. Crearon un documento estratégico llamado “Landscape Report” que funciona como manual de conquista. Ahí está todo explícitamente: cómo financiar centros en universidades prestigiosas, cómo influir en iniciativas estatales, cómo coordinar mensajes en medios, cómo crear organizaciones proxy para presión política. El reporte critica los esfuerzos “dispersos” del movimiento hecho por personas comunes (hechos “con pasión pero sin inteligencia”) y propone al PSFC como el coordinador necesario con “experiencia política”.

La estrategia de las tres puntas
El plan consiste en tres frentes simultáneos que se refuerzan entre sí:
Primero: el MDMA como “la ficha de dominó que tumba todas las demás”. La aprobación de la FDA era el objetivo fundacional. No porque el MDMA fuera necesariamente la mejor sustancia o porque los estudios fueran impecables, sino porque una aprobación (cualquier aprobación) legitimaría todo lo demás.
Juntaron 30 millones en 90 días, pero llegó tarde: los ensayos tenían problemas estructurales graves. Falta de doble ciego efectivo, datos de seguridad incompletos, protocolos ambiguos y casos de abuso no investigados.
Cuando el comité asesor de la FDA revisó la aplicación en junio de 2024, la votación fue contundente. El resultado fue 9 a 2, que la evidencia no demostraba eficacia y 10 a 1 que los beneficios no superan los riesgos. En agosto de 2024, la FDA rechazó formalmente la aplicación. Más de 100 millones de dólares en inversiones se pusieron en peligro.
Segundo: el nivel estatal como laboratorio de producción masiva. Mientras empujaban la aprobación federal, ejecutaban en paralelo su estrategia estatal. Oregon (que aprobó servicios de psilocibina en 2020), Colorado, California: iniciativas para legalizar terapia con psilocibina llevaban la firma del PSFC.
¿Por qué los estados? Porque permiten crear un modelo que evita las “costosas regulaciones” del sistema de salud tradicional. En vez de requerir años de formación y licencias profesionales, el modelo estatal permite que “facilitadores” con entrenamiento breve operen legalmente.

El reporte es ambicioso: entrenar 100.000 terapeutas psicodélicos para tratar 1 millón de pacientes al año para 2031. ¿Cómo? Aplicando la lógica aceleracionista de Silicon Valley: “escalar rápidamente” con “entrenamiento experiencial” que incluye tomar psicodélicos uno mismo, recibir supervisión de guías sin formación profesional y tomar clases online. Cualquier persona podría convertirse en “terapeuta de psicodélicos” con estas credenciales cuestionables. En culturas tradicionales, un aprendiz de chamán puede dedicar una década o más al aprendizaje uno a uno con su maestro, ¿se puede aprender lo mismo en un curso online express? No es cuestión de volver a ser chamanes sino de respetar la complejidad y profundidad de aquello con lo que estamos tratando.
Ahora se menciona un poco más que los psicodélicos no curan solos sino que habilitan al trabajo que hace la terapia. Pero poco se habla de qué se trata esa terapia exactamente. Cuando se revisan los detalles aparece que el protocolo de MAPS incluye cosas como “psicodrama” y “trabajo corporal enfocado” con contacto físico intenso o “sintonización empática” para determinar cuándo el paciente debe sufrir para sanar. Estas prácticas están lejos de tener evidencia empírica y no se informaron claramente a la FDA.
En 2015 una participante reportó abuso físico y sexual durante un ensayo con MDMA. Pese a haber documentación en video y denuncias al comité de ética y la FDA, la respuesta fue insuficiente. MAPS confirmó la conducta, compensó a la víctima y excluyó a los terapeutas, pero inicialmente incluyó esos datos en publicaciones que luego se retractaron. Este no fue el único caso: investigadores documentaron múltiples instancias de abuso en ensayos con psicodélicos.
Algunos sostienen que fueron casos aislados (riesgos inherentes a cualquier investigación de este tipo) y que lo importante es que la gran mayoría de participantes reportó experiencias positivas con límites respetados. Pero la crítica de Psymposia no cuestiona si algunos o la mayoría mejoraron (eso no está en duda), sino si los protocolos tienen resguardos suficientes para prevenir abusos. El problema no son los casos aislados, sino la ambigüedad estructural que los habilita.
Tercero: psilocibina federal como objetivo final. Una vez que el MDMA normalizara los psicodélicos federalmente y los estados crearan infraestructura, el plan era ir por el premio mayor: la aprobación federal de psilocibina. Pero cuando la primera ficha de dominó no cayó, todo el edificio empezó a tambalearse.
Intentos de desacreditación
El informe de Psymposia no fue recibido sin resistencia. Hamilton Morris, presentador de Hamilton’s Pharmacopeia y empleado de COMPASS Pathways (la startup de psilocibina financiada por Peter Thiel), acusó a los investigadores de usar “tácticas terroristas” y estar financiados específicamente para atacar a MAPS.
Pero las reacciones fueron más allá de la desacreditación profesional. Cuando la FDA rechazó el MDMA en junio de 2024, las organizaciones proxy de veteranos (financiadas con millones por el PSFC) publicaron una carta acusando falsamente a investigadores críticos de “destruir las esperanzas de los veteranos”. Esa desinformación fue amplificada por RFK Jr. (en ese momento candidato a presidente de los EE.UU). La estrategia fue “inundar la zona” con mensajes para presionar la aprobación. Incluso los investigadores de Psymposia que señalaron problemas de seguridad recibieron amenazas de muerte, acusados de estar matando a los veteranos.
Sin embargo, la reacción de Rick Doblin, siendo el más perjudicado por la investigación, fue sorprendentemente distinta. En marzo de 2024, Doblin se reunió durante cuatro horas con los investigadores de Psymposia en el festival South by Southwest. Doblin los trató como “actores de buena fe y personas con preocupaciones genuinas, no unos saboteadores”. El propio Doblin habló afectuosamente del encuentro: “Solo quieren proteger a las personas vulnerables. Todos nos abrazamos después de la reunión”.
Los veteranos de guerra como escudo
El informe es explícito: el PSFC usa organizaciones de veteranos como “elementos extremadamente poderosos” porque son muy estimados independientemente de a qué partido político se pertenezca, instrumentalizando así el sufrimiento como un escudo político.
Ya en 2019, durante un evento en Burning Man, el cofundador del PSFC Joe Green reveló esta estrategia cuando admitió que su foco en veteranos se basa en encuestas internas que indicaron que los veteranos son “uno de los grupos más queridos de nuestro país”. Las organizaciones proxy de veteranos estaban listas para la campaña de presión.
Los veteranos fueron usados como armas para proteger inversiones millonarias mientras los problemas reales de seguridad quedaban enterrados. La instrumentalización de los veteranos revela algo más profundo: el choque entre dos modelos de hacer negocio con la salud mental que muestra una gran ironía del sistema biomédico.

La ironía del sistema
Hay una paradoja que resulta reveladora en este conflicto. El modelo biomédico que dominó desde el DSM-III (1980) (el manual diagnóstico psiquiátrico) fue co-producido por las farmacéuticas moldeándolo para validar solo tratamientos que puedan estandarizarse, patentarse y venderse masivamente: medicamentos que prometan funcionar (lo logren o no) sin importar quién los administre.
Desarrollar un medicamento hasta su aprobación cuesta aproximadamente mil millones de dólares y toma años, por lo que solo las grandes farmacéuticas pueden costear semejantes inversiones y solo se producen aquellos que prometen recuperar esa inversión multiplicada. Pero ese mismo modelo, con sus requisitos de doble ciego estricto y homogeneización de pacientes bajo la misma etiqueta, ahora traba la aprobación de psicodélicos que no encajan en esos parámetros.
La FDA aplica esos estándares rigurosos cuando aparece una nueva élite tecnológica queriendo su parte de la torta. La miopía que permitió monopolizar tratamientos farmacológicos genera ahora el choque con quienes buscan aprobaciones express por lobby político. Dos grupos de ultra-ricos disputando el control del negocio inmenso (y creciente) de la salud mental que, según vemos en el informe, parecen estar empezando a zanjar sus diferencias. Cambiar el sistema de aprobación requeriría desmantelar estructuras de poder consolidadas durante medio siglo. Por eso el PSFC no intenta reformarlo sino que busca directamente el atajo del poder político. Más rápido que cambiar las reglas del juego es comprar a los árbitros.
El giro autoritario
Después del rechazo de la FDA a la terapia con MDMA en agosto de 2024, el PSFC no interpretó esto como señal de que debían hacer mejor ciencia. Lo vieron como un obstáculo burocrático a remover. Así que cambiaron de estrategia: si no podían ganar con la estrategia regulatoria, intentarían aplicar una estrategia política directa.
Las conexiones ya estaban. Un miembro del PSFC, director de SpaceX y aliado cercano de Elon Musk, tomó control de la empresa farmacéutica. Poco después, el círculo de donantes del PSFC comenzó a tender puentes con la nueva administración de Donald Trump, que había regresado al poder en 2025 con un discurso de “libertad médica” y desregulación. En ese contexto, varios de los principales inversores del PSFC participaron en reuniones y eventos donde se promovía la idea de que el gobierno podía “liberar” el acceso a los psicodélicos sin pasar por los filtros de la FDA. RFK Jr., quien había amplificado la campaña de veteranos, fue nombrado como el secretario de Salud y Servicios Humanos por Trump y prometió un acceso rápido a los psicodélicos.
El informe dedica un capítulo titulado “Make America Rave Again” a describir cómo el PSFC vio en el trumpismo una oportunidad: transformar el fracaso científico en una victoria política. El lema se convirtió en una consigna entre sus miembros, síntesis del nuevo espíritu de la alianza entre Silicon Valley y el populismo desregulador de MAGA.

Pero el proyecto del PSFC revela ambiciones que trascienden los psicodélicos. Los mismos actores están posicionándose en múltiples tecnologías de control, y la convergencia no es casual. Como documenta el epílogo del informe: “Steve Jurvetson imagina un futuro donde la IA maneja la terapia psicodélica mientras los humanos sirven como mano de obra de menor costo, representando la convergencia peligrosa de psicodélicos, IA y tecnologías de vigilancia bajo control de Silicon Valley.” (p. 191). Esto no es una exageración distópica sino que ya hay casos registrados de uso de la IA como guías de viaje con psicodélicos.
El informe plantea una pregunta que debería helarnos: ¿Por qué este proyecto, presentado como sanación y liberación, es tan atractivo para las mismas personas que construyeron plataformas de desinformación, vigilancia masiva y adicción digital?
No es coincidencia. Tanto la IA como los psicodélicos prometen poder. IA para vigilar, automatizar, crear propaganda. Psicodélicos para hacer personas más sugestionables durante estados de vulnerabilidad extrema. Estas tecnologías podrían beneficiar genuinamente a la humanidad. Pero la trayectoria actual está siendo determinada por actores que priorizan acumulación de capital y control. Frente a este panorama, ¿qué nos queda?
¿Hay alternativas?
En una de sus famosas frases, el filósofo italiano, Antonio Gramsci sostuvo: “el viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer, y en ese claroscuro surgen los monstruos”. Parece que estamos atravesando uno de esos claroscuros.
El modelo biomédico que dominó la psiquiatría durante medio siglo parece estar, en cierto sentido, muriendo: con sus promesas incumplidas, sus diagnósticos endebles y su reduccionismo insostenible hace que cada vez sean más las voces que indican la necesidad de un cambio. Pero el nuevo mundo que debería aparecer está siendo cooptado antes de nacer por la misma lógica que dio como resultado los problemas del modelo anterior.
Las terapias con psicodélicos podrían representar un ejemplo paradigmático de ese nuevo mundo como una oportunidad de repensar radicalmente cómo entendemos el sufrimiento mental y su tratamiento. Su potencial radica en obligarnos a mirar lo que la psiquiatría farmacéutica lleva décadas evitando: que los tratamientos ocurren entre personas dentro de un contexto determinado y que es eso lo que fundamentalmente determina un posible resultado terapéutico favorable. Cuando hablamos de contexto hablamos de las variables más importantes: quiénes desarrollan la terapia, con qué formación, qué protocolos, con qué fines y responsabilidades.
Esto no significa que en el renacimiento psicodélico todos sean deliberadamente maliciosos. Por el contrario, la mayoría son entusiastas e investigadores que creen genuinamente en el potencial terapéutico; Rick Doblin dedicó su vida a esta causa con convicción genuina.
Esas intenciones, que están siendo ahogadas por quienes manejan el capital, a veces favorecen la estrategia de cooptación sin quererlo al repetir discursos simplistas donde las sustancias por sí mismas vienen a salvarnos. O que no importa cómo se logra la aprobación ni en manos de quién queda el manejo.
El problema no son las intenciones individuales sino las estructuras: cuando el capital concentrado determina qué investigación se hace y qué voces se amplifican, las buenas intenciones no alcanzan. El modelo farmacéutico que prioriza el lucro sobre la salud termina ocupando lugares de poder por capital económico y no por conocimiento.
¿Qué nos queda entonces?
La lección: si queremos un renacimiento psicodélico más humano, hay que pensar menos en moléculas y más en personas y contextos. El camino debe venir desde otro lado: tratamientos comunitarios, conscientes del contexto social del sufrimiento. Cooptados por el modelo actual, solo reproducirán reduccionismo e individualización del sufrimiento.
El “renacimiento psicodélico” prometía liberación. Lo que muestra el informe es una operación de cooptación hecha por las personas más ricas del mundo. La historia se repite: es el manual de la industria tabacalera, azucarera, de las farmacéuticas que fabricaron la crisis de los opioides. Exagerar beneficios, minimizar riesgos, presionar sobre las regulaciones. Y cuando falla, apelar directamente al poder político.
Pero no está todo perdido. Hay un camino alternativo si elegimos transitarlo: políticas psicodélicas basadas en derechos, no en ganancias. Esto significa tener estándares de seguridad obligatorios con un consentimiento informado exhaustivo que incluya riesgos reales (no solo beneficios potenciales), protocolos claros sobre contacto físico, acompañamiento profesional supervisado, y canales externos e independientes de denuncia. Transparencia radical sobre financiamiento, conflictos de interés, resultados negativos de estudios, y acceso público a protocolos completos antes de aprobaciones regulatorias.
La autonomía real no se mide por la libertad de elegir a cualquier facilitador en internet según cuántos likes o seguidores tenga. Se mide por las protecciones institucionales que sostienen esa elección cuando transitamos por un momento más que vulnerable.
La pregunta más relevante hoy no es si los psicodélicos “funcionan”. Es prestar atención a quién los controla, cómo se usan y para qué. Ver si vamos a permitir que otro campo de posibilidad sea colonizado por la misma lógica extractivista que ha fallado espectacularmente en todo lo demás.
El fetichismo psicodélico del que hablé antes no es algo abstracto y filosófico. Es material, concreto y documentado. Oculta relaciones de poder reales detrás de moléculas “mágicas”. Y mientras sigamos creyendo que el problema es encontrar la sustancia o dosis correcta, seguiremos sin ver que el problema es quiénes deciden qué cuenta como “correcto.”
Los psicodélicos con su etimología prometen “revelar el alma”, mostrarnos nuestras verdades más íntimas. Pero funcionan como amplificadores no específicos: no solo de la conciencia (como sostenía Grof) sino del contexto mismo. Si se toman dentro de un contexto tradicional indígena reforzará las creencias que unen a esa cultura. Tomados dentro del contexto contracultural hippie de los 60, potenciarán su carácter rebelde y antisistema. Pero al ser cooptados por los empresarios de Silicon Valley, el alma que nos revela es una muy diferente: la del capitalismo tecnológico, despiadada y supuestamente eficiente, que quiere convertir hasta nuestra capacidad de experimentar lo sagrado en una mercancía y tecnología de dominancia más.
Ya me quedo sin espacio, pero antes de terminar creo que vale la pena preguntarse: ¿por qué la conversación sobre psicodélicos parece girar siempre y únicamente alrededor de si pueden ser terapéuticos? Si nos mantenemos en el monotema del uso terapeútico estamos implícitamente avalando la lógica que sostiene al prohibicionismo. Esta lógica parte de una premisa falsa al imponer, contra toda evidencia, que el uso de las sustancias ilegalizadas hace necesariamente mal a la salud, por lo cual, sólo si demostramos un uso “bueno” para la salud podemos permitirnos hablar de ellas.
Es como si sólo pudiéramos justificar la existencia de la música porque existe la musicoterapia, ignorando que la música es valiosa en sí misma: para celebrar, crear, conectar o expresar lo inexpresable. Por eso la restricción legal no sólo nos priva de posibles tratamientos para la salud. Nos quita también la posibilidad de explorar nuestra consciencia, lograr un desarrollo existencial y filosófico, generar asombro, crear lazos comunitarios, desarrollar exploraciones artísticas y creativas, hacernos preguntas profundas y tener experiencias significativas que no necesitan justificarse por su “utilidad”. La prohibición nos despoja de un campo entero de posibilidades humanas que durante milenios formaron parte de culturas y comunidades. Que solo podamos hablar de ellos como fármacos potenciales ya muestra cuánto hemos internalizado la lógica que necesitamos cuestionar.
No podemos dejar entonces que las regulaciones y las metodologías sobre las experiencias más significativas disponibles para nuestra especie estén dictadas por estos nuevos reyes tecnológicos. Porque no todos los reyes saben mucho sobre rosas. Pero tampoco todas las rosas quieren saber de algún rey.
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*Maximiliano Zeller es Doctor en Filosofía, docente e investigador de la Universidad de Buenos Aires. Produjo la primera tesis doctoral en Argentina sobre tratamientos con psicodélicos desde la filosofía de la psiquiatría. Junto a un equipo de académicos y profesionales está desarrollando el Centro Thaumazein para llevar estas conversaciones más allá del ámbito académico.



