El fetichismo psicodélico: cambiar la pastilla para que nada cambie

FETICHISMO PSICODÉLICO
Imagen de Adriel Radovitzky
Una controversia recorre las múltiples dimensiones de los psicodélicos. Diversos actores, intereses y valores pugnan por consolidar un paradigma. Este artículo abre un diálogo crítico con las ideas expresadas en la entrevista que MATE le hizo en mayo a la fundadora de Panambí Ventures. Su autor cuestiona el modelo psiquiátrico biomédico, que —sostiene— ahora intenta cambiar el Prozac por psilocibina y servir vino nuevo en copas viejas.

¿Puede haber una alianza efectiva entre las farmacéuticas y los psicodélicos? Esto parece revelar una paradoja inquietante: Hay quienes afirman que estas nuevas sustancias, al mismo tiempo que prometen revolucionar la salud mental, deberían poder abrazar precisamente a quienes perpetúan y lucran con su crisis.

Durante más de medio siglo, el modelo psiquiátrico biomédico —ese que reduce el sufrimiento humano a desequilibrios químicos corregibles con pastillas— ha fracasado sistemáticamente. Las tasas de depresión y ansiedad no paran de crecer, el policonsumo de psicofármacos es epidémico, y millones de personas transitan un carrusel de medicamentos que prometen mucho y entregan poco. La psiquiatría, aliada histórica de las farmacéuticas, ha construido un edificio teórico con pies de barro: la fantasía de que cada trastorno mental es una enfermedad cerebral específica con una solución química precisa.

Ahora, ante las claras señales de agotamiento de este paradigma —reflejado con más de dos décadas de falta de inversión en desarrollo de nuevos medicamentos—, aparecen los psicodélicos como la nueva esperanza. Ante este panorama surge la pregunta inevitable, ¿una alianza farmacéutica puede transformar la manera de pensar en la salud mental o solo cambiamos el Prozac por psilocibina? ¿Es esta la revolución prometida?

Vino nuevo en copas viejas

El discurso ha mutado pero la estructura permanece intacta. Donde antes la psiquiatría hablaba de “desequilibrios de serotonina” —hipótesis jamás comprobada pero repetida hasta el cansancio—, ahora habla de “neuroplasticidad” y “reseteo del cerebro”. El lenguaje se actualiza, pero el reduccionismo persiste: seguimos creyendo que la complejidad del sufrimiento humano reside en una disfunción cerebral.

Así, se crea un relato que involucra “análogos biosintéticos” de psicodélicos, “psiquiatría de precisión” que combina diversos fármacos en una sola cápsula, “nanobots” que liberan sustancias específicas. Es el mismo sueño tecnocrático de siempre: la pastilla mágica, ahora 2.0. Donde antes prometían curar la depresión con un inhibidor selectivo de la recaptación de serotonina, ahora prometen hacerlo con un análogo sintético de psilocibina. El hongo sagrado convertido en producto farmacéutico.

Lo más revelador es cómo este modelo sigue homogeneizando experiencias radicalmente diversas bajo etiquetas diagnósticas uniformes. La “depresión refractaria” de quien perdió su trabajo no es igual a la de quien sufrió abuso infantil, pero el modelo biomédico las trata como si fueran idénticas: un problema de neurotransmisores que se soluciona con la molécula correcta. 

Los psicodélicos, que muestran su potencial precisamente por generar una singularidad en cada experiencia, son reducidos a herramientas estandarizadas. Se habla de acompañamiento terapéutico como si fuera un detalle menor: un par de sesiones de preparación, algunas de integración, y de vuelta a casa con el “cerebro reseteado”. Pero estas preguntas cruciales —¿qué tipo de terapia?, ¿con qué marco teórico?, ¿todos los terapeutas son iguales?— no entran en el relato.

Si el fetichismo de la mercancía oculta las relaciones sociales de producción para presentarlas como relaciones entre cosas, el fetichismo de los psicodélicos hace algo similar: oculta que los procesos terapéuticos ocurren entre personas, no entre un cerebro disfuncional y una molécula mágica. La mejoría, cuando ocurre, emerge del encuentro, del vínculo, de las relaciones sociales que se puedan desarrollar, del sentido construido en conjunto. Pero reconocer esto no atrae inversores ángeles, que prefieren apostar a un paraíso rentable hecho de moléculas milagrosas antes que a la compleja realidad terrenal del encuentro humano.

El problema de decir “voy a curar la depresión refractaria con estos hongos que hice a la vuelta de mi casa” no es la procedencia artesanal y no farmacéutica de los hongos sino lo que se asume implícitamente: que existe algo llamado “depresión refractaria” como entidad homogénea que puede “curarse” con una sustancia. Es el mismo error categorial de siempre, ahora con moléculas más exóticas. Quienes insisten en la complejidad del fenómeno —los pocos investigadores con formación académica en el tema— rara vez son invitados a los medios, como podcasts y conferencias, donde se cocina el relato. El fetichismo necesita creyentes, no académicos que incomoden.

FETICHISMO PSICODÉLICO

Lo importante es ser superhot, no real

La lógica de los fondos de inversión de riesgo suele asemejarse más a la de un casino, donde prima la emoción y las corazonadas, que a la de un fondo de inversión a largo plazo basados en analizar los proyectos por sus fundamentos y evidencia. Se propone juntar 10 millones de dólares —la cifra que se repite y atrae como un mantra sagrado— para el primer fondo psicodélico latinoamericano. No se menciona que más del 90% de los proyectos de este tipo de inversiones terminan fracasando con la esperanza de que unos pocos terminen teniendo un gran retorno de inversión. 

Este esquema se refleja muy claramente en el mundo cripto y lo que esta lógica incentiva no es a la producción de investigación científica que puede llevar años, sino a la generación de un relato grandilocuente —y corto, capaz de ser reproducido subiendo un ascensor— que haga de fachada mostrando como si fuera un proyecto serio algo que no son más que ideas que “suenan bien” para quien no sabe nada al respecto. 

El negocio es vender, no adecuarse a la realidad. Se necesita entonces de un discurso revolucionario que afirme que tienen una solución inmediata para “mejorar el bienestar de toda la humanidad” y “traer prosperidad a la región” pero sin ningún plan concreto más que asegurar el rédito económico para quienes la desarrollen e inviertan en ella. Este es el manual de la ideología californiana —que como país del sur nos llega 30 años más tarde— y que produjo al emprendedor arquetípico de Silicon Valley: lo importante es vender la solución antes de entender el problema.

Lo más preocupante es cómo se presentan hipótesis preliminares como verdades establecidas. La investigación psicodélica está en desarrollo, con estudios pequeños, problemas metodológicos severos y resultados mixtos, producto en gran parte de no poder romper con las exigencias establecidas por el modelo biomédico para la aprobación de los tratamientos

En el pitch de inversión, todo es certeza: “resolver problemas de comportamiento”, “curar la depresión refractaria”, “identificar adicciones”. El modelo especulativo de las startups —donde no se permiten matices o ambigüedades que ahuyentan al capital y a los consumidores— coloniza la salud mental.

Este es el solucionismo tecnológico en su máxima expresión: la creencia de que cada problema humano tiene una solución técnica esperando ser descubierta (y patentada). Lo mismo da que sea una app o un análogo psicodélico. 

El denominador común es la incapacidad de ver que el sufrimiento mental no es meramente un problema técnico que se arregla con una única solución eficiente, sino un fenómeno complejo que puede involucrar cuestiones técnicas pero también aquello que atañe a la razón práctica que tiene valoraciones normativas y está entrelazado con la vida social, económica y política.

Pero hay un daño más profundo en esta carrera por monetizar lo que apenas comprendemos. Los mismos profesionales y psiquiatras que hace diez años prometían milagros con cannabis (o aceite de) hoy evangelizan sobre hongos, en un reciclaje infinito de esperanzas empaquetadas. 

Al vender certezas donde hay hipótesis, no solo se engaña a pacientes vulnerables con la última moda de salvación natural, sino que se sabotea la investigación y práctica seria. ¿Para qué investigar si ya tenemos la cura milagrosa? Y cuando la burbuja estalle, como siempre estalla, las sustancias serán descartadas junto con el hype, repitiendo la historia de los 60. El negocio estará hecho y ya habrán saltado hacia otra moda generando un ciclo perfecto: del bombo especulativo a la prohibición, sin pasar nunca por un desarrollo riguroso.

Lo que se pierde en la alianza farmacéutica

Los psicodélicos pueden llegar a representar una oportunidad única para repensar radicalmente este modelo psiquiátrico. Pero no por sus propiedades químicas milagrosas, sino porque su uso terapéutico efectivo invita a que repensemos los presupuestos del paradigma biomédico: requieren contexto ritual, acompañamiento prolongado, integración de la experiencia, atención a los significados personales y existenciales involucrando niveles que van más allá de la fachada conceptual o retórica vacía del modelo “biopsicosocial” al que se suele apelar muchas veces de manera cínica.

Se produce un fenómeno extraño: hasta quienes critican el modelo de ‘bala mágica’ terminan reproduciéndolo. Se habla de tratamientos ‘integrales’ y ‘personalizados’ porque es lo políticamente correcto, pero luego se investiga obsesivamente el ‘sweet spot‘ de la dosis, como si la única diferencia entre personas fuera cuántos miligramos necesitan sus cerebros para seguir funcionando. Cierto es que proponen tratamientos acotados en el tiempo —uno o dos meses, no de por vida— y que al menos reconocen el daño del policonsumo antidepresivo promoviendo su des-prescripción. Pero el riesgo de fetichización persiste y aumenta en la medida en que las microdosis encajan de manera mucho más efectiva en el modelo farmacéutico: tomar hongos como aspirinas, sin ritual, sin terapia, sin transformación. Mismo modelo, distinta molécula: natural esta vez, pero igualmente reduccionista.

En manos de una posible alianza farmacéutica, es difícil ver cómo se puede lograr esta potencia transformadora. El relato no parece encajar con experiencias profundas que cuestionan narrativas vitales, pero sí con “nanobots” y pastillas combinadas. El viaje interior que puede durar ocho horas se busca comprimir a dos para hacerlo “más eficiente”.

Lo que se pierde en esta traducción es precisamente lo más valioso: el contexto ceremonial que da sentido a la experiencia, el acompañamiento humano que sostiene en los momentos difíciles, el tiempo necesario para procesar e integrar lo vivido. La estandarización que exige la industria farmacéutica —dosis precisas, efectos predecibles, resultados medibles— mata la esencia misma de estas sustancias: su capacidad de generar experiencias únicas, impredecibles, transformadoras.

Hay una diferencia fundamental entre cambiar estados de conciencia y cambiar las estructuras que generan sufrimiento. Los psicodélicos en contextos comunitarios y terapéuticos cuidados pueden facilitar lo primero y, a veces, inspirar lo segundo. Pero convertidos en productos farmacéuticos para consumo individual, pierden su potencial más radical: la capacidad de hacernos cuestionar no solo nuestros problemas personales, sino las locuras colectivas que los producen.

No quiero dejar de mencionar un tema del que pocas veces se habla en voz alta y que el modelo farmacéutico directamente omite: las experiencias extáticas. Esa conexión con lo sagrado que reportan tantos pacientes y que parece ser crucial no solo para los resultados terapéuticos sino para reconfiguraciones existenciales profundas

¿Cómo procesa el reduccionismo biomédico estos encuentros con lo numinoso? ¿Qué lugar tiene lo trascendente en un mundo de nanobots y análogos biosintéticos? El silencio sobre estas preguntas —que merecerían un análisis aparte— revela los límites de cualquier alianza con quienes solo pueden ver neuroplasticidad y moléculas donde hay desarrollo de sentido pero también misterio.

¿Hay otros modelos posibles?

Como sostengo a lo largo de mi tesis doctoral, los psicodélicos podrían catalizar modelos de una psiquiatría diferente: modelos más complejos, abarcativos y comunitarios que entiendan el sufrimiento en su contexto social, enfoques que respeten la singularidad de cada historia, terapias que no reduzcan la complejidad humana a disfunciones cerebrales. Modelos que ya existen y que estas sustancias podrían potenciar.

Pero esto es algo mucho más difícil de transformar en un relato superhot que cumpla con las reglas del juego farmacéutico. La crisis de salud mental que vemos actualmente parte de aceptar la táctica y estrategia que proponen los dueños del juego, pero de lo que se trata no es de conseguir mejores piezas o estrategias sino de cuestionar el juego mismo.

La pregunta final no es si los psicodélicos pueden curar la depresión —pregunta mal formulada desde el inicio—, sino si queremos verdaderamente transformar nuestra comprensión de la salud mental o solo cambiar de proveedor. Si la respuesta es lo segundo, entonces sí, las farmacéuticas son aliadas perfectas. Seguirán vendiendo promesas incumplibles mientras el sufrimiento real, esa infelicidad que nace de una vida solitaria y sin sentido que el sistema nos propone, de la precarización y la injusticia, permanece intocado.

Así el fetichismo de los psicodélicos cumple la misma función que el de cualquier mercancía: ocultar que detrás de cada promesa de salvación química hay relaciones de poder, extracción y lucro. El sistema siempre gana mostrándonos magia donde hay mercado, moléculas donde hay personas, y soluciones individuales donde hay crisis colectivas. He aquí la ironía final del fetichismo psicodélico: prometiendo liberarnos de nuestra prisión mental, nos encierra más profundamente en ella. Porque mientras busquemos moléculas mágicas para la cura de males sistémicos, el sistema seguirá produciendo los males y vendiendo las curas. El fetiche perfecto: un círculo que se cierra sobre sí mismo, donde el veneno y el antídoto vienen del mismo frasco.

FARMACÉUTICAS MODELO BIOMÉDICO PSIQUIATRÍA

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