Aunque aún no están aprobados en nuestro país, los tratamientos con hongos, plantas y otros psicodélicos se están popularizando cada vez más. Por eso es importante tener acceso a información segura que tenga en cuenta no sólo la reducción de riesgos de las sustancias en sí, sino del contexto y preparación de quienes brindan el acompañamiento en el que se usan. Hoy nos centraremos particularmente en contextos de macrodosis, que generan vulnerabilidades específicas que suelen invisibilizarse frente a una oferta creciente que no siempre cuenta con el conocimiento o la formación suficiente para prevenirlas.
De ahí la importancia del “set & setting” o del “triángulo de Zinberg”, que es una imagen simplificada para hablar de las variables que influyen en el efecto de una sustancia: el objeto (la sustancia) / el sujeto (el que la experimenta) / el contexto (dónde, cómo, con quién, etc. la experimenta). En Occidente se suele nombrar a esto como algo relevante, pero lo cierto es que el uso de estas sustancias, plantas y hongos suelen abordarse desde un modelo individualista centrado en la molécula. A diferencia de los contextos tradicionales donde están integradas en sistemas de conocimiento con componentes rituales y comunitarios.
La comunicación sobre las terapias con psicodélicos actual promete cosas como “resetear tu cerebro” en pocas sesiones intensas. Se muestran estudios de universidades prestigiosas y testimonios en redes sociales que generan mucho entusiasmo. Lo cierto es que los resultados de estos tratamientos, aunque exitosos para algunas personas, son muy heterogéneos y menos espectaculares de lo que se difunde ya que su eficacia es muy similar a la de toda terapia novedosa, y no muy distinta a la de los tratamientos actuales en condiciones óptimas. Esto no es un fracaso de los psicodélicos en particular, sino un límite de cualquier tratamiento que pretenda ser universal ignorando la singularidad de cada persona y su situación.
A pesar de esto, la mayoría de los profesionales y divulgadores no aclaran que en todo tratamiento sobre la salud mental son fundamentales una gran cantidad de variables de cada persona (historia biográfica, historial médico y psicopatológico, intenciones y creencias, estado de ánimo, momento vital) y situacionales (vinculares, familiares, culturales, económicas, del entorno social), entre muchas otras. En el caso de los psicodélicos, esto parece agudizarse ya que estos son vistos desde la antropología como “amplificadores del contexto”. O, tal como sostenía Lévi-Strauss, como “desencadenantes y amplificadores de un discurso latente que cada cultura mantiene en reserva y para el cual las sustancias pueden permitir o facilitar la elaboración”.
Eso quiere decir que no es tan relevante la sustancia en sí sino su uso y su contexto: el para qué, el cómo, el dónde, el cuándo, el por qué. Y sobre todo: quién te acompaña en ese proceso. Esta simplificación en la divulgación, sumada a la falta de regulación, trajo una proliferación de ofertas que pueden causar, y causan, un daño real. Es por eso que desde el Centro Thaumazein desarrollamos la“Guía para evaluar terapias y acompañamientos con psicodélicos: Información clara, criterios de cuidado y herramientas de consentimiento informado”, un recurso gratuito con preguntas auditables, modelos de consentimiento por etapas y criterios básicos de seguridad.
Porque para que estos procesos sean seguros, necesitás poder responder ciertas preguntas: ¿Quién va a estar ahí cuando estés en ese momento tan vulnerable? ¿Qué pasa si algo sale mal? ¿Existe un plan de integración real? ¿Esta persona tiene la formación necesaria? ¿Alguien te explicó realmente los riesgos?
Confusiones que aumentan el riesgo
Primera: experiencia transformadora vs. tratamiento clínico. Un retiro ceremonial o una experiencia facilitada pueden ser profundamente valiosos sin ser una “terapia clínica”. El problema surge cuando se ofrece algo como “terapia” sin cumplir los estándares correspondientes (evaluación diagnóstica, historia clínica, seguimiento), o cuando se ofrece una experiencia ceremonial sin los resguardos propios de ese contexto. No se trata de que un modelo sea mejor, sino de que cada uno debe ser coherente con lo que promete.
Segunda: terapia asistida vs. acompañamiento. La terapia asistida pretende operar como práctica sanitaria con estándares de evaluación y responsabilidades profesionales, incluyendo facilitación de sustancias. El acompañamiento se enfoca en preparación y reducción de riesgos, sin provisión de sustancias. Pero existe una zona gris: ofertas que se nombran como “acompañamiento” por razones legales pero funcionan como terapia asistida sin controles equivalentes. Gran parte de esta ambigüedad es un problema estructural generado por la prohibición absurda, colonialista e injustificable que hay sobre estas sustancias, no necesariamente mala fe de quienes ofrecen servicios. Pero esto no elimina la necesidad de estándares de seguridad verificables.
Tercera: creer que la sustancia es el tratamiento. Esta es la confusión más profunda. La divulgación presenta a los psicodélicos como si “curaran” por su impacto neurobiológico. Pero, en el mejor de los casos, la sustancia opera como catalizador: abre una ventana que puede volverse terapéutica sólo si existe un encuadre clínico-ético adecuado. La evidencia sugiere que la alianza terapéutica y el vínculo previo definen la calidad de la sesión. Ya abordamos esta problemática cuando hablamos del “fetichismo psicodélico”. Por eso es importante poner foco en lo que suele omitirse: quién acompaña, con qué formación, con qué límites y con qué plan.
Los derechos que la ley estipula
La Ley de Derechos del Paciente en Argentina establece que el consentimiento informado debe incluir información sobre diagnóstico, tratamiento propuesto, riesgos materiales, alternativas disponibles y consecuencias previsibles. En tratamientos con psicodélicos, donde la vulnerabilidad es extrema y los riesgos están sistemáticamente subinformados, este requisito se vuelve crítico.
Si te dicen “terapia” pero ofrecen un retiro sin seguimiento, hay un problema. Si te hablan de “acompañamiento” pero facilitan sustancias sin evaluación previa ni protocolo de crisis, falta algo clave. El consentimiento informado debe ser un proceso que incluye tiempo para reflexionar, posibilidad real de preguntar sin ser descalificado y verificación de que realmente entendiste lo que aceptás.
Las preguntas que te protegen
- ¿Qué estás aceptando exactamente? Cuántas sesiones (preparatorias, tomas, integración), de qué manera (individual o grupal), con quiénes, con qué sustancias y sus riesgos específicos.
- ¿Cuál es la formación y experiencia de quien acompaña? No basta con “soy terapeuta” o “tengo experiencia personal con psicodélicos”. Necesitás saber si tienen título habilitante, trayectoria clínica verificable, experiencia con crisis, trauma y disociación. La experiencia personal no sustituye formación clínica. Deberían tener capacitación en manejo de emergencias y situaciones críticas que puedan surgir durante la sesión, ser explícitos sobre sus límites, pedir tu consentimiento de manera continua y respetar tus creencias sin imponer las suyas.
- ¿Cómo evalúan si sos candidato adecuado? Deben existir una entrevista previa y formulario de salud, con criterios claros de exclusión. Deben revisar historia personal y familiar de episodios psicóticos, esquizofrenia, trastorno bipolar, intentos suicidas recientes. La vulnerabilidad puede ser heredada: los antecedentes familiares importan tanto como los personales. También deben ser cautelosos con trastorno límite, trastorno de identidad disociativo o trastornos antisociales. Deben revisar medicación actual y advertir sobre interacciones. Frases como “no hace falta evaluar” o “esto le sirve a todo el mundo” son señales de un dispositivo riesgoso.
Se han documentado muertes en retiros con ayahuasca e ibogaína vinculadas a condiciones médicas no detectadas o interacciones medicamentosas no advertidas. Estos casos extremos evidencian qué pasa cuando faltan protocolos básicos de seguridad.
- ¿Qué incluye la preparación? No alcanza con “definir una intención” en una videollamada. Debe incluir psicoeducación realista sobre efectos y riesgos, acuerdos claros sobre roles y límites, plan de seguridad para crisis y expectativas realistas sobre resultados.
- ¿Qué sucede durante la sesión? Quiénes estarán presentes y con qué roles. Qué protocolo siguen si aparece ansiedad o pánico. Y muy importante: qué política tienen sobre contacto físico. Durante estados psicodélicos, la vulnerabilidad aumenta dramáticamente. El contacto físico debe ser restrictivo por defecto, con consentimiento explícito previo. Si alguien dice “abrazamos a todos” no es malo en sí, sino que debe ser aclarado anteriormente y opcional para que no haya un problema grave de límites.
Una pregunta crítica adicional: ¿el facilitador consume sustancias durante la sesión? En contextos que se presentan como terapéuticos o clínicos, esto no es apropiado. Necesitás a alguien con capacidad plena de juicio para manejar emergencias. (La excepción son algunos contextos ceremoniales tradicionales específicos donde hay otras personas sobrias presentes).
- ¿Existe un plan ante crisis? No alcanza con “acá nunca pasa nada”. Debe haber protocolo escrito, contactos claros, criterios de suspensión y red de derivación a guardia o urgencias si hiciera falta.
- ¿Cómo es la integración? Cuántas sesiones incluye, con qué frecuencia. Una integración seria debería incluir un mínimo de sesiones después de la experiencia, con la primera a los pocos días y seguimientos semanales o quincenales durante al menos 1 a 3 meses. Qué pasa si aparecen dificultades prolongadas: insomnio persistente, desregulación emocional, confusión existencial. Debe haber criterios claros de derivación si el malestar persiste. Si la integración es inexistente o responsabilizan a la persona (“no integraste bien”) sin ofrecer soporte real, el dispositivo está incompleto.
No existe un estándar único: algunos ofrecen dos o tres sesiones de integración, otros todas las necesarias según evolucione el proceso y algunos mantienen su contacto disponible para cuando lo necesites más adelante. Lo importante es que esto esté claro desde el principio y que el facilitador te ayude a mantenerte enraizado en la realidad, recordándote que la razón de ser de la terapia es para aplicar lo aprendido en la vida cotidiana.
Modelos clínicos o ceremoniales
En la oferta actual hay una diversidad muy grande de ofertas de macrodosis. Los procesos clínicos son más formales y ofrecen evaluación diagnóstica rigurosa, protocolos probados, integración con el sistema de salud y derivación rápida ante complicaciones. Pero pueden ser reduccionistas, costosos y menos sensibles a dimensiones espirituales.
Las experiencias ceremoniales son muy diversas: incluyen desde terapéuticas tradicionales indígenas con linajes verificables, hasta neo-chamanismos urbanos y ofertas con estética ritual pero, a veces, sin formación clara, adecuada o suficiente. Suelen ofrecer abordajes más holísticos, contención comunitaria y apertura a cosmologías no occidentales. Pero al tener mayor variabilidad en la formación del facilitador, existe menor claridad ante complicaciones médicas y el riesgo de dinámicas sectarias aumenta. Esta variabilidad hace aún más importante verificar trayectoria y contexto.
En ambos casos aplican los mismos principios básicos: evaluación de contraindicaciones, consentimiento informado genuino, preparación adecuada, protocolos ante crisis, integración planificada y límites éticos claros.
Límites de estos criterios: la medicina tradicional indígena
Es necesario hacer una aclaración importante. Los criterios mencionados hasta acá están alineados con lógicas de nuestra tradición de conocimiento occidental. Preguntarnos por derechos, títulos habilitantes, legalidad institucional y criterios farmacológicos nos devuelve una mirada occidentalizada del asunto. Y está bien que así sea, pues son las herramientas con las que contamos para tomar una decisión informada en nuestros contextos culturales.
Pero cabe preguntarse qué sucede con las terapéuticas tradicionales indígenas auténticas (y también con las que dicen serlo), donde puede ser difícil o imposible aplicar los mismos criterios. Algo que caracteriza a la terapéutica indígena verdadera es su estrechísima relación con el contacto físico y los procesos corporales: purgas, limpias con humo de tabaco, masajes, aspersiones. Prácticas que desde criterios occidentales podrían parecer problemáticas, pero que en sus contextos de origen tienen sentidos y regulaciones propias.
Como señala el médico Jacques Mabit, en las comunidades tradicionales los curanderos “se regulan solos, porque todo el mundo los conoce”: saben de dónde vienen, con quién se formaron, qué curaciones lograron y cuáles fueron sus fracasos. La comunidad los identifica, los selecciona y fiscaliza su poder a través de los resultados de sus actos. En una comunidad reducida, el prestigio que se construye como reputación sostenida en el tiempo funciona como título.
Esta lógica responde a una forma distinta de entender el conocimiento y la cura. El antropólogo Viveiros de Castro ha señalado que mientras el conocimiento occidental busca la mayor objetividad posible (neutralizando la subjetividad del observador), el chamanismo amerindio opera a la inversa: conocer es involucrarse, “personificar”, tomar el punto de vista de aquello que se busca conocer. No se trata de medir con criterios racionales y cuantitativos, sino de apreciar las manifestaciones en los procesos curativos.
¿Cómo identificar entonces un verdadero curandero de uno que no lo es? Apelando a sus contextos comunitarios, su reconocimiento, su historia, su genealogía. Referencias que escapan a las lógicas publicitarias de las redes sociales y del mercado. Cuando ese tejido comunitario no existe (como ocurre en contextos urbanos) la verificación recae en quien busca el tratamiento. Pero el principio sigue siendo el mismo: conocer el historial completo y verificable, no conformarse con narrativas vagas.
Los riesgos que se mencionan poco de las terapias con psicodélicos
Uno de los problemas más graves es la subinformación sistemática de riesgos.
Reactivación de trauma. Las experiencias psicodélicas pueden reactivar memorias y afectos traumáticos que no siempre se integran de forma terapéutica. Sin preparación adecuada e integración informada en trauma, esto puede producir desregulación persistente.
Shock ontológico: Investigaciones recientes documentan una profunda desorientación respecto de la realidad, identidad o existencia que puede manifestarse semanas o meses después. No es un “mal viaje” que pasa rápido: hablamos de personas que experimentan una confusión existencial prolongada que requiere acompañamiento especializado.
Esto puede ir de la mano con cambios en creencias y sentido de identidad, que no siempre son bienvenidos. Puede generar conflictos con comunidades religiosas, tensiones familiares, crisis vocacionales.
Riesgos interpersonales, los más invisibilizados. Los estados psicodélicos aumentan dramáticamente la sugestionabilidad y reducen temporalmente la autonomía. Esto incrementa la vulnerabilidad a distintas formas de abuso:
- Sexual (aprovechamiento de estados vulnerables, contacto no consensuado, justificación de conductas inapropiadas como “parte del proceso de sanación”),
- Financiero (presión para pagos adicionales, solicitud de “donaciones” durante estados vulnerables, venta de cursos o servicios aprovechando la sugestionabilidad).
- Ideológico y espiritual (manipulación de creencias, presentar interpretaciones del facilitador como “verdades reveladas por la medicina”, descalificar marcos de creencias previos).
- Construcción deliberada de dependencia: “solo conmigo funciona”.
No son casos aislados: son vulnerabilidades estructurales que requieren medidas explícitas de prevención.
Trampas durante la integración
La inflación del ego es especialmente peligrosa porque puede disfrazarse de iluminación: la persona cree haber trascendido su humanidad o “entendido el juego”, cayendo en una forma sofisticada de autoengaño. Puede surgir una necesidad compulsiva de enseñar o guiar a otros sin haber completado su propio proceso o descalificar formas de conocimiento que antes valoraba (“la ciencia no entiende”, “la terapia convencional es superficial”) derivando en un narcisismo psicodélico.
El bypass espiritual es el uso de ideas o experiencias espirituales para evadir conflictos emocionales no resueltos. Después de experiencias intensas, algunas personas usan lenguaje espiritual (“todo es perfecto como es”, “ya trascendí eso”) para evitar enfrentar dolor emocional real, justificar conductas irresponsables como “siguiendo el flujo”, o minimizar traumas con explicaciones metafísicas. La verdadera sabiduría espiritual no evita lo humano sino que lo integra.
Las decisiones precipitadas: abandonar una relación o trabajo tras una sesión, impulsado por la euforia de “seguir la verdad recién descubierta”. Las comprensiones psicodélicas necesitan tiempo para madurar. Se recomienda esperar antes de tomar decisiones importantes.
Por último, un riesgo físico de las sustancias (que aumenta en contextos no controlados o de uso recreativo) es el HPPD o trastorno perceptivo persistente por alucinógenos. Son alteraciones visuales persistentes (halos, estelas de luz) que pueden durar semanas, meses o quedar de forma permanente. No son frecuentes pero suceden.

Señales que no podés ignorar
Hay señales que deberían hacerte detener inmediatamente. Promesas de “cura garantizada”, “reset cerebral asegurado” son incompatibles con el estado real del campo y contribuyen a una narrativa de “disneyficación”, en la que se higienizan los riesgos y se presenta la experiencia como omnibenevolente. Si alguien te vende certezas donde hay hipótesis y oculta los riesgos, no está respetando tu derecho a información honesta. Lo mismo si no hay evaluación previa o criterios de exclusión, si te presionan con el tiempo (“decidí hoy”, “si dudás es resistencia”), o si hay opacidad sobre formación y protocolos.
Actualmente, si un facilitador consume un psicodélicode forma simultánea en contextos occidentales que se presentan como terapéuticos es una señal de alerta (esto podría cambiar con investigación futura, pero hoy no hay evidencia que lo justifique). Las insinuaciones sexuales o el contacto físico que genera incomodidad son violaciones absolutas, no importa cómo se justifiquen. Y las dinámicas sectarias (culto al facilitador, aislamiento, “solo conmigo funciona”) indican que el dispositivo no busca tu autonomía sino tu dependencia.
Señales de alerta del facilitador durante la integración: Si ante dificultades responde con culpabilización (“no confiaste en la medicina”, “tu ego se resiste”), está generando daño. Las dificultades post-psicodélicas son reales y pueden ocurrirle a cualquiera; culpabilizar genera vergüenza, aislamiento y retrasa la búsqueda de ayuda adecuada.
En el otro extremo, hay señales que indican mayor seriedad: información objetiva sobre riesgos y límites (no solo beneficios), evaluación previa exhaustiva, consentimiento como proceso iterativo y no como papel burocrático, integración planificada desde el inicio. También el rechazo explícito del rol de “gurú” o “salvador”, políticas claras sobre contacto físico y confidencialidad, capacidad de coordinar con tu psiquiatra o médico tratante si hay medicación, y sobre todo humildad intelectual: reconocimiento genuino de las incertidumbres y limitaciones de un campo que sigue en desarrollo.
Lo que está en juego
Los psicodélicos están en un momento bisagra. Como vimos en la investigación sobre el sindicato psicodélico, hay actores poderosos disputando el control de este campo, y quién gana determina qué modelo prevalece: ¿medicamentos patentados en clínicas privadas, sacramentos en ceremonias tradicionales o herramientas en procesos terapéuticos diversos? Mientras esa batalla se define, las decisiones concretas sobre salud mental no pueden esperar. Y sin regulaciones claras, la responsabilidad de evaluar recae desproporcionadamente en quien busca ayuda.
Esta nota intentó equiparte con breves criterios mínimos. No para desanimar, ya que los psicodélicos, en contextos adecuados, pueden ser herramientas valiosas. Sino para que puedas exigir seguridad donde corresponde.
Por último, el objetivo de este texto no es desalentar ni promover el uso de psicodélicos, sino ofrecer pautas y lineamientos para pensar su posible utilización con mayor responsabilidad. Los puntos planteados se desarrollan con mayor profundidad en la “Guía para evaluar terapias y acompañamientos con psicodélicos: Información clara, criterios de cuidado y herramientas de consentimiento informado” (de acceso libre) del Centro Thaumazein que incluye preguntas auditables, modelos detallados de consentimiento y recursos orientados a pacientes, personas interesadas y profesionales.
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