Históricamente, las asociaciones de reducción de daños crecieron a la par de las y los trabajadores sexuales. Así sucedió a partir de los años ’80, cuando organizaciones europeas –principalmente en Países Bajos, Reino Unido y España- empezaron a atender la epidemia del HIV-SIDA con dispositivos alternativos al sistema de salud tradicional que tan solo intervenía cuando el problema ya estaba desarrollado. La estrategia principal consistió en repartir jeringas descartables y nuevas entre las chicas que trabajaban en la calle, ya que era uno de los colectivos más afectados por la enfermedad debido a sus propias condiciones materiales, mas no por su oficio.
La premisa fue simple: asumir que el consumo de drogas existe y las personas tienen derecho al cuidado incluso si no pueden o no quieren dejar de utilizar las sustancias. Cuarenta años más tarde de un planteo disruptivo para la época, el paradigma sigue siendo eficaz. Por eso, el pasado miércoles 23 de septiembre se replicó en nuestro país, más precisamente en el barrio porteño de Constitución, y adaptado no solo a la cultura nacional, sino también a las propias dificultades causadas por la crisis económica local.
Hacia la tarde, la Asociación de Reducción de Daños de Argentina (ARDA) y la Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina (AMMAR) convocaron a una olla popular en la Plaza Garay de Constitución. Durante la jornada se repartieron unas 56 viandas de comida y 39 kits para disminuir los riesgos del consumo de cocaína fumable, ya sea crack, pasta base o paco, como se conocen popularmente las distintas presentaciones.
Cada bolsa contenía una pipa de vidrio, boquillas, elementos para manipular el material, preservativos y un manual para incrementar los cuidados dirigido a quienes que ya son consumidores. Además, se realizó una encuesta a las personas que retiraron los kits con el objetivo de elaborar una investigación para atender con mayor efectividad a esta población y medir el impacto de la intervención.
“El kit es una excusa para acercar mejores prácticas de uso y generar un puente con el sistema de salud en caso que exista un consumo problemático. Por la propia evidencia científica, sabemos que la entrega de pipas es fundamental cuando viene acompañado de un dispositivo de salud sobre los efectos positivos de la reducción de daños, como no exponerse a quemaduras, intoxicaciones y cortes”, cuenta Patricio Liddle, Secretario General de ARDA y uno de los organizadores de la jornada comunitaria junto con AMMAR.
Otro punto clave para este tipo de actividades es la sensibilidad. “Las personas que asistieron tenían una sorpresa absoluta de que fuimos a hablar de drogas sin un discurso abstencionista ni a imponerles la necesidad de un tratamiento”, cuenta Liddle, en diálogo con Mate. “Estaban alucinados por hablar sobre consumo con los promotores de salud, quienes también se asumían usuarios de drogas. Se acercaron a la olla popular, que es algo que ya conocían, y también se podía hablar de consumo. Había muchas sonrisas y se tejió una confianza muy rápido que permitió la apertura a que nos cuenten cosas muy difíciles de su realidad”, agrega.

Por la combinación de la entrega de pipas y la participación de AMMAR, una organización que se ganó la confianza por trabajar en el territorio, “las charlas fueron muy provechosas y nos dieron muchos datos de su cotidianeidad que hacen entender que el problema de estas personas no está en el uso de drogas, sino de sus condiciones habitacionales”, destaca Liddle.
“El 90% declaró que, en el último mes, no tuvo un lugar fijo donde vivir y que no comía más de dos veces al día. Muchos tenían hepatitis, tuberculosis o están curándose de otras enfermedades”, explica y, luego, remata: “Se notó que es una población olvidada por el sistema de salud”.
“Es muy duro, porque a esas personas les cae el estigma de ser chorros, violentos y una amenaza para la sociedad. Nosotros solo vimos gente que se busca el mango para sobrevivir. Muchos habían tenido trabajos, pero la crisis los llevó a la marginalidad”, asegura el Secretario General de ARDA.
Liddle sostiene que se observó la necesidad de un espacio de escucha y una de las historias que más le impactó fue la de un hombre de unas 60 primaveras, quien había sido albañil y soldador, pero que hacía un buen tiempo no conseguía trabajo. “Se declaraba usuario de crack y varias cosas más hacía muchos años. Me dijo que se estaba recuperando de hepatitis y que también había tenido tuberculosis. Me sorprendió porque me pidió dos pipas. Explicó que uno de los pocos momentos de goce que tiene con su esposa es cuando fuman juntos. Viven adentro de un auto abandonado y, a veces, cuando tienen un manguito, se dan ese gusto”, cuenta, como un canto al poema de Gata Cattana: “Los pobres aman con las manos / Los pobres aman en la carne y con gula / en las peores estampas / en condiciones famélicas / y con todo en su contra”.
Cocaína fumable: diferencias entre crack, pasta base y paco
Desde ARDA alertan que se observa un aumento del consumo de cocaína fumable entre las personas con más vulnerabilidades socioeconómicas. “Sabemos que los usuarios no tienen acceso a ningún tipo de dispositivo de salud. Hay muchos dealers que, además de ofrecer la presentación esnifable (clorhidrato de cocaína), directamente venden la piedra de crack. Hay un incentivo a partir de la oferta y es preocupante porque la cocaína fumable tiene más riesgos en comparación al clorhidrato de cocaína, en términos del potencial de reincidencia de uso y más ganas de consumir dosis más altas”, explica Liddle.
En cuanto a las diferencias de los tipos de la cocaína fumable podemos distinguir el crack, la pasta base o el paco. “Si al clorhidrato de cocaína se lo procesa con bicarbonato de sodio y agua, se hace una mezcla que se cocina y se pasa a su estado neutro. Esto es el crack y su principal uso es el fumado porque llega de una manera más rápida al sistema nervioso. Hay mucho mito porque se dice que el crack es la manera de consumir cocaína sin aditivos”, cuenta Liddle. Luego, “si el clorhidrato es el punto medio y hacia adelante está el crack, para atrás está la pasta base de cocaína que es el paso previo para generar el clorhidrato de cocaína”.
Por último, “para decir algo medio bestia y que se entienda: el paco es como el tusi. Es una versión de la cocaína fumable con un mezcladito de drogas y que tiene otros aditivos, como el fondo de las ollas de las cocinas y otras cosas que nunca se saben qué son. Es más nocivo para la salud y cuya composición cambia constantemente”, explica.

“A partir de la crisis del 2001, se popularizó el consumo de paco porque el clorhidrato de cocaína era muy caro. En cambio, el paco se vendía más barato y producía un efecto más intenso a corto plazo”, dice Liddle sobre la versión más nociva de la cocaína fumable. En relación a las otras presentaciones, “no hay datos de análisis de calidad de lo que se fuma en la calle. Lo que sí sabemos por evidencia científica es que la entrega de pipas es fundamental para reducir los riesgos de quemaduras, intoxicaciones y cortes que produzcan infecciones graves. También significa un ahorro para el sistema de salud público porque se genera que las personas tengan elementos de consumo más seguros y basados en información”, sostiene.
Según una investigación científica realizada por las universidades canadienses de la Columbia Británica y Simon Fraser, en conjunto con otras entidades sanitarias del país, en la que se siguió a 1.718 personas que usaban crack en la ciudad de Vancouver entre los años 2004 y 2015, se determinó que la entrega de pipas seguras disminuyó en un 20% sus problemas de salud.
En cuanto a la entrega de los elementos de seguridad que entregaron ARDA y AMMAR en Plaza Garay, uno de los más destacados fue la pipa de vidrio. Estos fueron donados por la organización de reducción de daños Smoke Works. “Nos hicieron un envío de 200 pipas, por lo que vamos a hacer más intervenciones de este tipo”, adelanta Liddle sobre la actividad que espera replicarse en las provincias de Santa Fe, Córdoba y Entre Ríos.
La Asociación contra la Violencia institucional (ACVI) fue otra de las organizaciones que acompañó la jornada comunitaria en Constitución, donde también estuvo presente una abogada independiente para brindar apoyo legal. “Teníamos una hipótesis de conflicto porque las compañeras de AMMAR nos contaron que hay un grupo de vecinos del barrio que desplaza a la gente en coordinación con la Policía de la Ciudad. Entonces, pedimos una guardia”, cuenta Liddle.
“No tuvimos que lamentar ningún hecho, pero después recibimos amenazas. Principalmente a Georgina (Orellano), Secretaria General del sindicato”, agrega sobre un intento de amedrentamiento que no tuvo ningún efecto. “Intentan asustar, pero ahora tenemos más ganas de volver”, remata el referente de ARDA.
“No podemos mirar para otro lado mientras se mueren las compañeras”
Después de la realización de la actividad, varios detractores de las políticas de reducción de daños criticaron la entrega de los kits y la catalogaron como una apología del consumo. Uno de ellos fue el medio Tucumán Liberal. “Siempre es la primera objeción que aparece”, responde Liddle. Luego, asegura que “este proyecto lo hicimos con personas mayores que ya consumían. Lejos de fomentar, significa asumir la realidad que está atravesada por un montón de factores económicos y habitacionales. Es hacerse cargo de algo que ya existe y que las personas que usan la sustancia reduzcan sus daños, incluso la muerte”.
Orellano también respondió a las acusaciones y aprovechó para contar cuál es la realidad de las personas que utilizan cocaína fumable, ya que ella mantiene un trabajo territorial en el barrio porteño de Constitución. “El crack es la droga de los pobres y produce un gran deterioro. La mayoría reconoce que antes consumían marihuana, pero ahora no tienen dinero para el porro y darse un pipazo es más económico. Su consumo se agravó cuando se quedaron sin laburo y luego en situación de calle. No le temen a la muerte porque todos coinciden que se sienten ‘muertos en vida’”, sostiene la referente de AMMAR.
“En el caso de las compañeras que ejercen el trabajo sexual, la situación se agravó cuando desde el Consejo Tutelar de la Niñez las desvinculó de sus hijos: ‘cuando me sacaron a los pibes me rompieron y me rompí’”, dicen, según cuenta Orellano. “Otros intentaron inventarse un trabajo vendiendo paltas, pañuelitos descartables o medias, y todos dicen que es imposible ganarse la vida porque la Policía no les permite trabajar y se quedan con la mercadería”, asegura.

“Todas nosotras preferiríamos estar entregando llaves de casas propias a las compañeras, a través de lazos con el Estado, o festejar que una nueva compañera se jubiló con sus aportes. Pero la realidad nos dice que se están cagando de hambre, que no tienen dónde dormir, que la situación empeoró con el paso de los años y que se mueren por enfermedades e infecciones que se contagian cuando comparten la pipa. No podemos mirar para otro lado”, sostiene Orellano.
“Una persona no tendría que dejar de consumir drogas para empezar a tener derechos al cuidado. El sistema de salud aparece cuando el problema ya está desarrollado y eso es tarde. Demostramos que se puede empezar por algo más básico, como acercarse y generar un vínculo”, cierra Liddle.
Por último, ARDA realizará una investigación científica porque “no hay evidencia de calidad que pueda hablar de los métodos de consumo de esta población de cocaína fumable”, cuenta Liddle. “Más precisamente en población marginada, características sociodemográficas, métodos de consumo, combinación de sustancias, problemas de salud”, agrega sobre una encuesta voluntaria y anónima que se realizó a las personas que recibieron los kits de reducción de daños.
En total, respondieron unas 33 personas. Se espera que el estudio se expanda a las provincias de Córdoba, Santa Fe y Entre Ríos “para agrandar la muestra a nivel federal y entender mejor a esta población, con el objetivo de llegarles de mejor manera y medir el impacto de lo que hicimos”, concluye.



