Las microdosis de hongos ya no circulan solo en foros, grupos de cultivo y recomendaciones de boca en boca. Llegaron al consultorio antes que la evidencia, la regulación y la formación profesional. Hay personas que las suman buscando aliviar algún problema de salud, a veces junto con la medicación que les recetaron. Y hay profesionales que se enteran cuando el proceso ya empezó.
Mariana Zarankin es psiquiatra e investigadora. Dirige El arte de la microdosis, una formación para profesionales de la salud, y conduce el podcast Psicodélicamente. Con colegas de distintos países de América Latina escribió Psicoterapia asistida con microdosis de hongos psilocibios. Una guía para profesionales de la salud, una obra colectiva e interdisciplinaria. El libro se presentó en agosto en las II Jornadas «De venenos a remedios», que se hicieron en la Universidad Nacional de Córdoba.
El libro parte de una asimetría que atraviesa la investigación psicodélica. Los ensayos con dosis plenas de psilocibina incluyen instancias de preparación, acompañamiento e integración, y acumulan resultados alentadores para algunas indicaciones en salud mental. Los estudios sobre microdosis, en cambio, miden sobre todo el efecto de la sustancia, sin un dispositivo psicoterapéutico, y sus resultados son dispares. Para Zarankin, esa ausencia condiciona lo que sabemos y también lo que se hace en la práctica: esquemas de dosificación que se copian como si fueran tratamientos.
Parte de ese diagnóstico se apoya en EPSILON, una encuesta que respondieron 1145 personas adultas residentes en Argentina. Los resultados muestran un uso extendido con fines de salud y un acompañamiento profesional escaso.
El marco legal agranda esa distancia. En Argentina, la psilocibina y la psilocina son sustancias controladas. La prohibición no frena el uso, pero aleja a las personas de la consulta. A eso se suma un mercado de cursos, protocolos y promesas que crece más rápido que el conocimiento, en la línea de lo que en esta revista venimos discutiendo sobre la ilusión de sanación con psicodélicos.
En esta entrevista, Zarankin habla del vacío entre evidencia y ley, de lo que arriesga hoy un profesional que acompaña estos procesos y de cómo profesionalizar un campo sin convertirlo en otra mercancía.
¿De dónde surge el libro?
Vivimos en un momento en el que la existencia parece volverse cada vez más desafiante. La incertidumbre, las exigencias cotidianas y la sensación de amenaza permanente ponen en funcionamiento nuestros mecanismos de defensa, muchas veces al punto de automatizarnos, de desconectarnos de nosotros mismos, de los otros y de lo que nos sucede.
En este contexto, creo que no es casual el renovado interés por los psicodélicos. Algo de esta búsqueda parece estar relacionado con la necesidad de recuperar otras formas de sentir, de percibir y de vincularnos.
Pero este auge también trae consigo nuevos desafíos. La demanda crece, las prácticas se multiplican y la investigación científica, la formación profesional y los marcos regulatorios avanzan a otros ritmos.
Y es justamente ahí donde creo que tenemos una discusión que vale la pena tener.
De esa inquietud, y de la necesidad de aportar herramientas para pensar una práctica que ya está ocurriendo, surge Psicoterapia asistida con microdosis de hongos psilocibios. Una guía para profesionales de la salud.
Una obra colectiva e interdisciplinaria, desarrollada desde Latinoamérica, que busca contribuir a esta conversación con una mirada científica, clínica, ética y, fundamentalmente, humana.
Mientras el uso de hongos crece, el marco legal sigue siendo ambiguo o directamente prohibitivo. ¿Qué está pasando en ese vacío?
Hace muchos años que vengo investigando sobre microdosis, leyendo estudios, escuchando testimonios, conversando con profesionales y observando lo que sucede tanto en contextos clínicos como fuera de ellos.
Algo que me impacta es la enorme distancia entre la cantidad de personas que utilizan estas sustancias y la escasez de información clínica organizada que tenemos disponible. A esto se suma otra cuestión aún mayor, la falta de acompañamiento profesional, sobre todo cuando las personas recurren a los hongos buscando aliviar algún problema de salud.
Junto con un grupo de profesionales realizamos la encuesta EPSILON, que contó con la colaboración de distintas organizaciones, entre ellas Revista Mate, y en la que participaron 1145 personas adultas residentes en Argentina. Encontramos que, entre quienes utilizaban hongos con motivaciones vinculadas a la salud, solamente el 31,6 % contó con acompañamiento profesional médico o psicológico.
Otro dato que me preocupa es que muchas personas combinan estas sustancias con psicofármacos sin supervisión médica. Por ejemplo, entre quienes reportaron utilizarlas junto con antidepresivos, el 76,9 % lo hizo sin acompañamiento médico.
Acá aparece una contradicción importante, mientras cada vez más personas recurren a estas sustancias buscando mejorar su salud, todavía tenemos enormes dificultades para ofrecerles información, evaluación y espacios de cuidado adecuados.
¿El problema es solo de información?
Pero además hay otra cuestión que para mí es central. Creo que estas sustancias pueden, en determinadas condiciones, favorecer procesos de apertura, de conexión emocional, de flexibilización de estructuras que muchas veces tenemos muy arraigadas. Pero que algo se movilice no significa necesariamente que podamos elaborarlo, integrarlo o transformarlo.
Aquí es donde considero que la psicoterapia tiene un lugar fundamental. Porque no se trata solamente de lo que una sustancia puede generar, sino de qué hacemos con eso que aparece. Sin un trabajo que permita comprender, elaborar e integrar esas experiencias, creo que muchas de las posibilidades que podrían abrirse terminan desaprovechándose.
Por otro lado, también me preocupa la proliferación de protocolos y recomendaciones que circulan como si fueran adecuados para cualquier persona, sin considerar sus antecedentes, las medicaciones que utiliza, su estado de salud o el momento vital que está atravesando. Y esto no ocurre solamente entre personas sin formación clínica. También encontramos profesionales que se acercan a estas prácticas sin contar con conocimientos suficientes sobre los psicodélicos o sobre los procesos psicoterapéuticos que pueden movilizar.
De alguna manera, estas preocupaciones fueron las que nos llevaron a realizar el libro. Nos propusimos reunir y organizar la evidencia disponible, abordar los mecanismos de acción, las contraindicaciones, las interacciones y los riesgos, pero también profundizar en algo que considero esencial: el lugar de la psicoterapia, la dimensión vincular y la importancia de comprender a cada persona en su singularidad.
Y creo que el marco legal actual también forma parte del problema, porque dificulta la investigación, la formación y la posibilidad de desarrollar dispositivos de atención adecuados. Mientras tanto, las personas siguen utilizando estas sustancias y los profesionales nos encontramos con situaciones que requieren respuestas.
La mayoría de los estudios sobre microdosis no incorpora dispositivos psicoterapéuticos estructurados. ¿Qué consecuencias tiene esa ausencia en la práctica real?
Cuando hablamos de tratamientos con dosis plenas de psicodélicos, contamos con evidencia científica cada vez más sólida sobre su eficacia clínica para determinadas indicaciones, especialmente en el campo de la salud mental. Y algo importante es que gran parte de estas investigaciones contempla distintas instancias de preparación, acompañamiento durante la experiencia e integración posterior. Es decir, que implican la interacción con una persona, hablar sobre lo que se espera, sobre los riesgos, sobre lo que sucede durante la experiencia y lo que se hace después con eso. Todo esto podría considerarse parte de un trabajo psicoterapéutico.
Sin embargo, cuando nos adentramos en el campo de las microdosis, el panorama cambia bastante. Todavía no contamos con evidencia concluyente sobre su eficacia clínica y los estudios se concentran principalmente en evaluar los efectos de la sustancia, sin incorporar un dispositivo psicoterapéutico estructurado. Hasta donde conozco, tampoco se han estudiado las microdosis incluyendo de manera sistemática esas instancias de preparación, acompañamiento e integración. A esto se suma una idea que circula bastante: que las microdosis son solamente placebo. Entonces, es entendible que se termine pensando que no hay mucho más que hacer.
Pero creo que acá hay una cuestión que estamos dejando de lado. Si las expectativas, el contexto y el vínculo con otra persona pueden influir en lo que experimentamos, ¿por qué no estudiar también qué sucede cuando estos elementos forman parte de un proceso terapéutico?
Desde mi experiencia clínica, considero que las microdosis pueden facilitar ciertos movimientos, cambios en la percepción, en la relación con las emociones, en la posibilidad de observarnos desde otros lugares. Pero que algo se movilice no significa que podamos comprenderlo, elaborarlo o transformarlo. Y tampoco que esos cambios necesariamente se sostengan en el tiempo.
Por eso creo que el trabajo psicoterapéutico tiene un lugar fundamental. No solamente para acompañar lo que aparece, sino para ayudar a que esas experiencias puedan integrarse y traducirse en cambios concretos en la vida de una persona.
Me parece que uno de los desafíos de la investigación es comenzar a estudiar no solamente qué sucede cuando una persona recibe una microdosis, sino también qué sucede cuando esa microdosis forma parte de un proceso psicoterapéutico.
Y respecto de los protocolos, también creo que hay una confusión frecuente entre un esquema de dosificación y un tratamiento. Que una investigación utilice determinada cantidad o frecuencia no significa que ese protocolo sea adecuado para todas las personas, ni que reproducirlo alcance para obtener un beneficio terapéutico. Todo esto está debidamente desarrollado y analizado en el libro.
En definitiva, todavía tenemos muchas preguntas abiertas. Pero justamente por eso me parece importante ampliar la mirada y dejar de pensar que investigar las microdosis implica estudiar solamente los efectos de una sustancia. Que, por cierto, sí hay evidencia de efectos neurobiológicos. Lo que todavía no sabemos es en qué medida esos efectos pueden ayudar a las personas, es decir, si se traducen en una eficacia clínica.

El libro incluye un capítulo sobre marco legal y bioética. En términos concretos, ¿qué riesgo legal y ético corre hoy en Argentina un profesional de la salud que acompaña procesos de microdosis? ¿Qué regulación haría falta y qué tan lejos estamos de eso?
Esta es una de las grandes contradicciones que estamos atravesando. En Argentina, la psilocibina y la psilocina son sustancias controladas y no contamos con un marco legal que permita utilizarlas como tratamiento en la práctica clínica habitual. Esto implica riesgos legales para los profesionales, especialmente cuando se trata de indicar, suministrar o facilitar estas sustancias.
Pero las personas ya están utilizando hongos, independientemente de lo que diga la legislación. Y muchas lo hacen buscando mejorar su salud.
Entonces, ¿qué hacemos los profesionales cuando alguien nos cuenta que está utilizando hongos o que piensa hacerlo? ¿Nos negamos a hablar del tema? ¿Dejamos de atenderlo? ¿Qué pasa si sabemos que esa persona puede estar exponiéndose a riesgos importantes?
La reducción de riesgos y daños reconoce que las personas pueden decidir utilizar sustancias, incluso cuando no cuentan con nuestra aprobación o cuando les recomendamos no hacerlo. Y que nuestra tarea es intentar disminuir los riesgos y las posibles consecuencias negativas de esas decisiones.
Esto no significa que tengamos que estar de acuerdo con cualquier práctica. Si considero que utilizar hongos puede perjudicar a un paciente, tengo la responsabilidad de explicarle por qué, hablar sobre los riesgos y desaconsejarlo. Pero si esa persona decide continuar, ¿qué hacemos? ¿La dejamos sola?
Creo que justamente ahí es donde más necesitamos poder intervenir. Escuchar, brindar información confiable, evaluar su situación particular, trabajar sobre sus expectativas y, cuando corresponda, ofrecer otras alternativas terapéuticas. Sin juzgar, pero tampoco minimizando los riesgos.
Ahora bien, una cosa es trabajar desde la reducción de riesgos y daños y otra es indicar o facilitar una sustancia controlada. Es importante comprender estas diferencias, porque el consentimiento de una persona no significa que cualquier intervención profesional esté legal o éticamente justificada.
En el libro abordamos estas cuestiones desde el marco legal y la bioética, porque hay dilemas que no se resuelven simplemente diciendo que una práctica está prohibida. También tenemos que preguntarnos qué sucede con las personas que necesitan atención y qué responsabilidad tenemos frente a ellas.
Acá aparece otra contradicción. La prohibición no necesariamente impide que las personas utilicen estas sustancias, pero puede dificultar que consulten, que hablen abiertamente con sus profesionales o que accedan a información y atención adecuadas.
¿Qué regulación haría falta y qué tan lejos estamos de eso?
Creo que necesitamos revisar los marcos regulatorios, permitir que se investigue, que los profesionales puedan formarse y que existan dispositivos de atención seguros. También diferenciar los distintos contextos de uso, porque no es lo mismo una experiencia recreativa o espiritual que una práctica destinada a tratar un problema de salud.
Y respecto de qué tan lejos estamos, creo que vale la pena mirar lo que está sucediendo en otros países. La FDA, por ejemplo, ya otorgó la designación de terapia innovadora a tratamientos con psilocibina para la depresión resistente y el trastorno depresivo mayor, reconociendo su potencial terapéutico y facilitando que avancen las investigaciones. Esto no significa que estén aprobados, pero sí que algo está cambiando. Entonces, me pregunto cuánto tiempo más vamos a tardar en generar las condiciones para investigar y discutir seriamente estas prácticas en nuestro país. Porque mientras tanto, las personas siguen utilizando hongos y los profesionales seguimos necesitando respuestas.
Dirigís una formación y un podcast sobre microdosis en pleno auge de las terapias psicodélicas como mercado. ¿Cómo pensás la diferencia entre profesionalizar el campo con seriedad clínica y convertirlo en otro producto del «capitalismo psicodélico»? ¿Dónde traza el libro esa línea?
Es un tema que me preocupa bastante.
Porque, por un lado, me entusiasma que estemos recuperando la posibilidad de investigar estas sustancias, de comprender mejor sus mecanismos de acción y de ampliar las herramientas que tenemos para abordar el sufrimiento humano.
Pero, por otro lado, veo cómo alrededor de ese interés comienza a construirse un mercado que, en ocasiones, avanza mucho más rápido que el conocimiento.
Aparecen formaciones, protocolos, productos, promesas de transformación y tratamientos que se ofrecen como soluciones para problemas muy diferentes. Y a veces pareciera que todo puede resolverse con una sustancia.
Creo que ahí corremos el riesgo de repetir una lógica que conocemos bastante bien: la promesa de la pastilla mágica. Esa idea de que existe algo que podemos tomar y que, casi por sí solo, va a resolver nuestro sufrimiento. Me resulta bastante contradictorio que justamente los psicodélicos, que podrían ayudarnos a revisar nuestros modos de pensar y funcionar, terminen convirtiéndose en otro producto que promete soluciones rápidas.
No digo esto para desvalorizar los psicofármacos ni los avances de la medicina. Soy psiquiatra y sé lo importantes que pueden ser determinados tratamientos. Pero también sé que el sufrimiento humano es bastante más complejo que una alteración neuroquímica.
Tiene que ver con nuestra historia, nuestros vínculos, nuestras condiciones de vida, las experiencias que atravesamos y las formas que fuimos encontrando para defendernos de aquello que nos duele.
Si algo me interesa de los psicodélicos es justamente su potencial para facilitar procesos de cambio, para ayudarnos a revisar ciertas formas de percibir, sentir y relacionarnos. Pero esos cambios no necesariamente suceden por tomar una sustancia. Lo fundamental es qué hacemos con esa nueva información, qué hacemos con aquello que se moviliza y cómo lo llevamos a nuestra vida cotidiana. Ahí el trabajo psicoterapéutico se vuelve primordial.
Pero tampoco creo que profesionalizar este campo signifique que los profesionales de la salud debamos apropiarnos de todas las formas de uso. Los psicodélicos tienen una historia cultural, ancestral, comunitaria y espiritual que excede ampliamente a la medicina occidental. Y esa historia también merece ser respetada.
Lo que sí considero indispensable es que, cuando hablamos de tratamientos de salud, exista formación seria, evaluación clínica, conocimiento de los riesgos, responsabilidad y capacidad para reconocer los límites de nuestras intervenciones.
¿Y cómo se traduce esa preocupación en tu trabajo?
Y justamente desde esa inquietud fui desarrollando distintos espacios. Por un lado, la formación El arte de la microdosis, dirigida a profesionales que buscan profundizar en el conocimiento de estas prácticas, comprender sus fundamentos científicos y pensar cómo abordarlas desde una mirada clínica y psicoterapéutica. Y, por otro, el podcast Psicodélicamente, donde intento acercar estas conversaciones a un público más amplio, compartir investigaciones, experiencias y distintas perspectivas sobre el mundo de los psicodélicos.
También el libro Psicoterapia asistida con microdosis de hongos psilocibios. Una guía para profesionales de la salud surge de esa necesidad de reunir conocimientos, compartir experiencias y aportar herramientas que nos permitan seguir pensando. Es una obra colectiva e interdisciplinaria, en la que además de revisar la evidencia científica, compartimos experiencias clínicas y desarrollamos distintas propuestas de abordaje tanto médico como psicoterapéutico, incluyendo la dimensión vincular, familiar y grupal. No buscamos presentar las microdosis como una solución para todo, sino comprender mejor sus posibilidades, sus riesgos y, especialmente, todo lo que todavía desconocemos.
Algo que me preocupa es que, en medio de tanto entusiasmo, terminemos prometiendo mucho más de lo que realmente sabemos. Porque cuando hablamos de salud, me parece que tenemos que ser especialmente cuidadosos con las expectativas que generamos.
Quizás el desafío sea justamente ese, poder escuchar y comprender las distintas búsquedas de las personas. Algunas quieren explorar, otras disfrutar, otras conocerse mejor y muchas buscan aliviar su sufrimiento. Sin idealizar las sustancias, sin demonizarlas y sin convertirlas en una nueva mercancía que promete resolverlo todo.



