Si tan solo alguien pasara a doscientos metros de distancia lo vería con facilidad. El cielo está totalmente despejado y la luna se encuentra tan completa como brillante, por lo que su luz rebota en el camioncito de Bimbo que está en el medio de la nada misma. Pero la idea es esa, que nadie sepa que está ahí.
En un punto profundo del monte hay un un motorhome y adentro un hombre está trimmeando cientos de plantas de marihuana. En esta época del año, en Zárate, provincia de Buenos Aires, la temperatura puede cruzar el bajo cero por las noches. Esta es una de esas noches y el Walter White de las pampas tiene las manos entumecidas por el frío y el interminable uso de las tijeras. Pero él sabe que tiene que terminar su trabajo antes de que amanezca y volver con su familia que no sabe lo que está haciendo; debe terminar la cosecha y preparar los aceites medicinales. Hay decenas de personas que dependen de él para tratar sus enfermedades. Lo que él todavía no sabe es que, desde la clandestina resistencia, veinte años más tarde se convertiría en una de las personas más importantes de la industria del cannabis en Argentina.
Martiniano Stanisio tiene 51 años, pero su historia con la planta inició en los años ’90, en Brasil. Se encontraba en Praia do Rosa, en Santa Catarina, y después de fumar el primer cogollo de su vida, la luna se tiñó de rojo. Para él significó un mensaje divino. Continuó su viaje con una mochila en la espalda por Paraguay y la provincia de Misiones.
De cada lugar que visitaba, Stanisio se llevó semillas. La gran mayoría provenientes del prensado. Cuando volvió a su Zárate natal, se puso a plantarlas y realizó múltiples cultivos de guerrilla en los campos silvestres. Recién a sus 26 años entendió que la planta tenía un potencial terapéutico. Corría el año 2000, la información sobre la marihuana era prácticamente nula y el país estaba a punto de sumirse en una de las crisis más importantes de la historia nacional.

“En ese entonces trabajaba en la cooperativa eléctrica de Zárate. Vivía laburando y mi familia quedaba en un segundo plano porque ellos no sabían en lo que estaba metido. Yo tenía dos vidas: era el Dr. Jekyll y señor Hyde. De día en la cooperativa, a la noche me ponía las bermudas y salía al campo a trabajar las plantas”, nos dice Stanisio, quien cuenta que en sus pagos hay muchos cascos de estancia abandonados hace décadas y que él los aprovechó para hacer sus cultivos de guerrilla.
“Primero exploraba la zona, verificaba que fuera segura y ahí empezaba con la limpieza del terreno a mano. A algunos lugares tenía que ir en bicicleta o hasta en caballo cargado de bidones parar regarlas”, recuerda el Walter White de las pampas.
“En un momento tenía más de 500 plantas tiradas por todo Zárate”, dice sobre los cultivos que estaban separados por un mínimo de 50 kilómetros. “Si me agarraban, no solo iba a perder la cosecha. También mi libertad, que es lo más sagrado que existe” agrega. Pero mientras no levantaba la perdiz, él continuó perfeccionando el desarrollo del cannabis.
Hacia el 2010, Stanisio le contó a la cooperativa eléctrica lo que hacía por las noches y sus compañeros decidieron apoyarlo en su tarea. Por lo que, desde ese entonces, se dedicó a tiempo completo a las plantas.
“A todo el mundo que tiene una enfermedad intento que le llegue un aceite. Así pasó con cientos de personas. Hay un hombre mayor que no conoce la vida sin dolor por una brucelosis que tiene desde los veinte años. Pero cuando tomó dos gotitas del aceite que preparaba me dijo que por primera vez en su vida no sentía dolor”, recuerda Stanisio.

Para Stanisio, el gran potencial terapéutico del cannabis está en el THC por sus capacidades analgésicas. Entonces se dispuso a crear una genética que tuviese un alto valor de este cannabinoide, a partir del mejoramiento de las sativas paraguayas, brasileñas y de la selva misionera que había recolectado durante sus viajes de joven.
“Era muy difícil desarrollar las pruebas porque no tenía un laboratorio y todo lo hice en la clandestinidad. Había que ponerse creativo. Entonces, por ejemplo, para hacer estrés hídrico ponía 100 plantas, las cuales estaban en macetas con sustrato, adentro de un tanque australiano y las inundaba. Una sola vivía, pero esa era la que me quedaba para clonar. También seleccionaba semillas, después de infectarlas con hongos. Me quedaba con la que sobrevivía”, explica.
De esta manera, Stanisio creó una genética: EVA. Su nombre es un homenaje a la María Eva Duarte de Perón y porque Eva fue la primera mujer. En cuanto a sus características, tiene un 30,6% de THC y 6% de CBD, además de una organoléptica terrosa y salvaje. Pero su dato más relevante es otro: fue una de las primeras variedades de cannabis inscriptas en el Instituto Nacional de Semillas (INASE), en 2022, después de que una resolución conjunta con el Ministerio de Salud habilitara en 2021 el registro de germoplasma nacional de uso medicinal. En esa primera camada estuvo la CAT 3, una de las Cepas Argentinas Terapéuticas, originada por el cultivador platense Daniel Loza, conocido como El Profe Lozax, y desarrollada por la asociación Cultivo en Familia.
Uno de los requisitos más importantes que Stanisio tuvo que cumplir para registrar su variedad ante el Estado fue encuadrar su actividad como un proyecto de investigación científica de cannabis para uso terapéutico. Para eso creó la empresa León Verde y se puso a acumular la documentación necesaria para llegar a un convenio con el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA). “Fue la carrera más difícil que hice en toda mi vida”, dice por los incontables obstáculos burocráticos con los que se iba topando de manera constante.
Pero la barrera más contundente provenía desde el mismo gobierno que había aprobado la ley de cannabis medicinal. “En ese momento, la política del macrismo era que no se aprobara otra cosa que no fuera lo que ya estaba funcionando. El proyecto de Jujuy era el que más trabas ponía para que otros cultivadores pudieran producir sin estar escondidos como unas ratas”, dice sobre Cannava, la compañía estatal que había fundado el entonces gobernador Gerardo Morales.
En 2019, volvió al poder el peronismo y en medio de la pandemia el Ministerio de Salud, a cargo de Carla Vizzotti, reglamentó la normativa promulgada dos años antes. Luego, llegó el REPROCANN y el resto de los avances legislativos.

“A partir de la ley de cannabis medicinal, hubo un cambio en mi cabeza. Yo lo único que quería era estar legal”, dice Stanisio y se rompe en llanto. Cuando se seca las lágrimas y recupera la voz, intenta explicar por qué se emociona. Por más que cuente que durante años pasó escondido de su familia, amigos y hasta la propia policía, no puede llegar al real entendimiento de lo que significó la clandestinidad para él. Solo puede saberlo alguien que cargó el peso del secreto por un largo período de tiempo y las mentiras que se necesitan para sostenerlo. El motorhome o caravana, como él le dice, es un ejemplo de ello.
“Un día, yo me compré un viejo camión de Bimbo. A todo el mundo le dije que iba a armar un foodtruck. Era mentira. Yo lo compré para esto”, dice y señala el campo en el que ahora tiene centenares de plantas que llegan a los dos o tres metros de altura.
La caravana se convirtió en un laboratorio en el que allí no solo hacía la cosecha fina del cannabis, sino que también preparó los extractos para elaborar los aceites medicinales. “Está forrado con acero inoxidable y mesada con el mismo material. También tiene luces led. En el camión me pasaba la noche entera haciendo la manicura, en el medio del campo. No te puedo explicar el frío que pasé”, recuerda.

Si bien sigue utilizando el camión y los caballos para cuidar su cultivo, Stanisio hoy se encuentra en la absoluta legalidad gracias a los diferentes convenios de investigación que fue logrando con el tiempo. Incluso, colaboró con el proyecto de la provincia de Chaco. “Cuando la gente se enteró no lo podían creer porque nadie sabía nada. Pero los pocos que sí se pusieron muy contentos porque saben que esto es mi vida.
La única que estaba al tanto era mi compañera, un sostén imprescindible para mí. Fue un logro importante registrar una variedad y armar una empresa. Pero lo más lindo es haberme sacado la mochila del miedo. Siempre pensé que la policía me iba a patear la puerta por la noche. Mi mayor satisfacción es poder dormir tranquilo”, dice Stanisio.
En la actualidad, Stanisio está al frente de la empresa León Verde y colaboran con él algunas personas que emplea. Allí, en su campo de cinco hectáreas de Zárate continúa mejorando genéticas, produce semillas y también tiene un proyecto de investigación con el cultivo de cáñamo. Además, está en búsqueda del desarrollo cooperativo “porque yo sé lo que es la cooperativa del que no tiene nada”. La industria se tiene que generar en conjunto, para el cannabis y para lo que el cannabis necesita para desarrollarse. Todos tienen que entrar. En su momento, el cultivo de guerrilla fue la resistencia a ignorancia de la gente. Ahora, tenemos que hacer la resistencia en la industria”, cierra el Walter White de las pampas.




