En las últimas décadas existieron varias personas que se convirtieron en leyendas del cannabis porque generaron las bases fundamentales para los avances legislativos que hoy rigen a nivel mundial. Los psiconautas fueron una generación de jóvenes que tuvieron su esplendor a partir de los años ’60 y ’70 y que no solo experimentaron con el uso de todo tipo de drogas. Además, perfeccionaron sus métodos de producción, mejoraron genéticas y crearon dispositivos para el consumo, a medida que divulgaban sus investigaciones a cada rincón del mundo desde la absoluta clandestinidad.
Algunos de ellos fueron Jack Herer, Jorge Cervantes, Mila Jansen, Ben Dronkers y Ed Rosenthal, entre otros que, en su gran mayoría, habían nacido en el norte global. Pero en el sur también tenemos nuestra propia leyenda y es una que prefiere mantener un bajo perfil. Cuando se le pregunta cómo se define, responde lo que dice su familia de él: “Soy un viejo hippie”. Se trata de Mike Bifari, uno de los mayores investigadores de la planta del mundo y, más específicamente, del cáñamo.
Miguel Ángel Bifari cultiva cannabis hace más de 40 años, fue el responsable de traer los primeros vaporizadores a la Argentina y estuvo involucrado en varios proyectos alrededor de la planta en varios países del mundo. Durante lo que él considera “su exilio” en Chile, investigó la industria del cáñamo en la nación trasandina, la que supo ser la más importante de Sudamérica, gracias al apoyo del Hash Marihuana & Hemp Museum, propiedad de Ben Dronkers, el fundador del banco Sensi Seeds, con sedes en Barcelona y Amsterdam.
De este trabajo surgió la expedición turística que realizará en diciembre próximo por el Valle del Aconcagua. También es guía del Cannabis Museum de Ohio, en Estados Unidos, y asesoró compañías en Uruguay y Colombia. Pero antes de volverse una leyenda del cannabis, tuvo que hacer sus estudios y divulgaciones desde la absoluta clandestinidad hasta volverse una figura clave del under durante las fiestas y experimentaciones psicodélicas que organizaba durante los años ’80.
Hoy, Bifari se encuentra recuperándose de un doble ACV en su casa ubicada en el Faldeo del Uritorco, el barrio más hippie de Capilla del Monte, en la provincia de Córdoba. Pero es una persona con una energía admirable. Por eso le abrió las puertas a la Mate para repasar una vida fabulosa y llena de historias siempre envueltas por el humo de la marihuana.
Bifari tiene 64 años, nació en la localidad bonaerense de Lomas del Mirador y se lo conoce como Mike porque tan solo vivió en territorio conurbano hasta sus seis abriles, cuando su familia decidió mudarse a Estados Unidos. “Mi viejo era chapista y pintor de autos. En los años ’60 pedían gente para la Costa Oeste, así que nos fuimos enganchando con otros autos como inmigrantes pobres que éramos. Tuve una infancia en la que no me faltó nada porque mis padres empezaron a ganar buena plata. Vivimos en Los Ángeles, mucho tiempo en Hollywood”, cuenta sobre una infancia que hoy sería irreproducible. “Con mis amigos andábamos en skate todo el día, desde la mañana hasta la tarde. Nos íbamos kilómetros y kilómetros. Es muy difícil pensar que ahora a un niño lo dejen a la deriva”, dice.

Mientras Mike se pasaba las tardes en su skate, Estados Unidos era una de las mecas globales de la agitación social que atravesaba el mundo entero, entre los excombatientes de la Guerra de Vietnam, una juventud que pretendía construir una nueva sociedad y la experimentación de las drogas. También fue la época de las sectas más famosas, como la de Charles Manson que asesinó a la mega estrella del cine Sharon Tate, en 1969, y que significó una de las piedras fundacionales del New Hollywood.
Particularmente, en la ciudad de los grandes estudios audiovisuales y el perpetuo desierto se respiraba en iguales proporciones arena y los aires de una nueva era. “Tengo el recuerdo de los hippies y el olor a la marihuana. Mi madre contaba que, cuando fue a dar a luz a mi hermana, tenía al lado a una hippie que también estaba embarazada y había entrado descalza al hospital. Después de que naciera el hijo de esta mujer, vinieron varios hippies más y le tocaron música con quenas, flautas y armónicas. Mi madre no entendía nada”, cuenta Bifari, quien al tiempo tendría su primer encuentro con el cannabis. “Los papás de unos amigos les cuidaban la casa a unos hippies y encontramos un cofre gigante lleno de porro. Eran cogollos deshechos y con hojas. En general, era malo lo que había. Tenía poco menos de quince años y ya la había conocido a la marihuana. Pero no fumé de verdad hasta que volví a Argentina”.
“En el año ’81, nos fuimos a Brasil y trajimos un kilo de marihuana. Lo crucé yo porque nadie quería hacerlo. Me lo puse en las bolas y me embadurné de perfume”.
“Para mí, la vuelta fue dura”, recuerda Bifari sobre su retorno en plena dictadura militar argentina. “Mis viejos me mandaron de vuelta a lo de mi abuela, en Liniers, porque me habían cambiado de escuela y no les gustaba. Casi que no hablaba español y todo me costaba muchísimo. Tuve que volver a hacerme amigos, que fueron los del barrio y todavía los tengo”, dice. Junto con este nuevo grupo, Mike tuvo a sus secuaces para atreverse a conseguir marihuana. Se trataba de una misión sumamente peligrosa por el régimen que gobernaba el país en aquel entonces y que por un simple porro una persona podría pasar a formar parte de la lista de los desaparecidos
“En el año ’81, nos fuimos a Brasil y trajimos un kilo de marihuana. Lo crucé yo porque nadie quería hacerlo. Me lo puse en las bolas y me embadurné de perfume, pero había muchísimo olor. Son cosas que uno hace de chico, ahora lo pienso y no lo haría. Para volver nos tomamos un micro, un tren, después otro micro y el padre de uno de mis amigos nos buscó por Gualeguaychú en auto. Por esos años era muy difícil conseguir, pero con la llegada de la Primavera Alfonsinista se liberó todo. Fue la época del prensado paraguayo. Si tenías suerte también se conseguía la ‘cerita’, que era como hachís. A mí me gustaba mucho”, cuenta y luego aclara que había una élite que siempre tuvo flores.
La primavera experimental
Si bien en la actualidad está disponible una vasta información sobre los psicodélicos, hacia los ’80 la realidad era muy diferente. Por aquel entonces, tan solo existían los libros de Carlos Castaneda, los relatos de María Sabina y algunas pocas publicaciones como la revista High Times. Pero toda esta información circulaba en capas subterráneas de la sociedad y con una difusión escasa, a partir del boca en boca. En Argentina eran aún menos los que tenían acceso a estas sustancias y Mike fue uno de esos pocos que organizaba la elevación de la consciencia.
“Como típico drogón experimental y psiconauta, me gustaba probar con todo. Zafé de todas las drogas duras y de las cagadas que uno se manda con ciertas drogas. Me gustaba mucho el ácido y los hongos. En las sierras he probado algunas plantas también”, cuenta Bifari. En gran medida, las sustancias se conseguían porque aquel conocido que viajaba al exterior y estuviese interesado en el asunto, las traía consigo. Luego, Mike y sus amigos armaban encuentros para compartir los souvenirs. “Teníamos un grupo que se llamaba Los Terrestres Anónimos y organizábamos fiestas. Había gente que venía de Goa, en la India, y pasaban su música. Yo era más tradicional y me gustaban Los Ramones. A los Redondos los vi cuando arrancaron en el Parakultural. A Luca (Prodan) también lo vi en Cemento. Pero estas fiestas que armábamos fue lo más under que hicimos”, recuerda.

Ya para la década del ’90, Bifari estaba instalado en el barrio más hippie de la provincia de Córdoba: Faldeo, ubicado al pie del cerro Uritorco, en Capilla del Monte. Previamente, en su casa del barrio porteño de Colegiales ya cultivaba cannabis para su propio consumo. Cuando se mudó a las sierras con su esposa e hijas pequeñas, la plantación pasó a estar en el jardín y le sirvió para comercializar algunos gramos entre otros habituales fumadores de la zona. Mientras, vivía de la venta de pan y daba clases de inglés. Hasta que llegó la crisis económica del 2001 y un amigo holandés le recomendó que probara suerte en Ámsterdam.
En la ciudad holandesa conoció a Elmo Sholtën, quien había diseñado un vaporizador de cannabis de alta calidad. Este hombre lo empleó a Bifari y juntos empezaron a trabajar en las mejoras del dispositivo. “Por esa época era uno de los primeros y se vendía muy bien. Me volví a Argentina y me traje la parte eléctrica para fabricarlos de una manera casi artesanal”, recuerda. Sin embargo, el producto no funcionó en el país que atravesaba la debacle social y en el que prácticamente no se conocía otra cosa que el prensado paraguayo. Además, Bifari sufrió una detención policial cuando trasladaba los vaporizadores. “Nos pararon en un control. Encontraron una tuca y el vapo cargado”, recuerda en relación a una de sus anécdotas que están plasmadas en su libro Historias vaporizadas, publicado en 2014. Así que una vez que consiguió la libertad, a los pocos días, armó una valija con los que le quedaban y voló hasta California, en Estados Unidos, el lugar donde se había criado. Allí empezó a vincularse con las leyendas del cannabis y forjó un vínculo de amistad con Jack Herer, Jorge Cervantes y Ben Dronkers, entre otros.
El vínculo con las leyendas del cannabis
Bifari obtuvo una notable reputación internacional a partir de su asesoramiento en cultivos de cáñamo legales en Washington y Oregon, en Estados Unidos. Por este motivo, también colaboró posteriormente a los primeros proyectos industriales de Uruguay, en los albores de su regulación desde 2013, y Colombia. Pero el gran interés de Mike se basó en estudiar esta variedad de la planta. “Siempre seguí a Jack Herer, quien hablaba de la planta en general. Me gustaba mucho esta idea de que podíamos salvar el mundo con la planta y que no era solo marihuana. El cáñamo tiene múltiples usos; se puede hacer plástico, materiales para la construcción y combustible”, explica. De esta manera, se volvió en un experto en la materia y en la actualidad es uno de los encargados de las guías del Cannabis Museum, ubicado en el estado norteamericano de Ohio.
“Siempre seguí a Jack Herer, quien hablaba de la planta en general. Me gustaba mucho esta idea de que podíamos salvar el mundo con la planta y que no era solo marihuana.”
Entre algunos de sus hitos dentro del activismo, Bifari fue co-fundador de la mítica revista Haze, una publicación que creó en 2010 junto a Alberto Huergo, dueño del banco de semillas Silver River Seeds. Además, Mike recuerda con nostalgia aquellos años donde la prohibición y el tabú alrededor de la planta eran la constante. “Recuerdo que una vez hicieron una Copa del Plata en un predio municipal. Adentro estábamos todos haciendo lo nuestro y afuera cuidaba la policía. Fue alucinante”, cuenta y después dice que “había una mística por la clandestinidad. Creo que lo heredamos por nuestra relación con los milicos”.
Bifari pasó varias detenciones y momentos desagradables. Uno de los que más destaca sucedió en 2014, cuando “unos sicarios entraron armados a robarme plantas, frascos y dinero. Encima le pegaron a una persona que trabajaba en mi casa”, cuenta. Luego, una docena de policías hicieron un operativo en el mismo domicilio de Bifari mientras una de sus hijas estaba presente. Tras este episodio, él se fue a vivir a Chile donde se sentía “totalmente exiliado”. Pero gracias al apoyo económico del Hash Marihuana & Hemp Museum pudo hacer una investigación del cáñamo en el país trasandino y que ahora se plasmará en una travesía turística por el Valle del Aconcagua. “Durante 350 años, Chile fue el tercer productor mundial de cáñamo. Tiene mucha historia”, asegura.
El momento de mayor angustia lo vivió en Colombia, después de un proyecto que venía siendo un éxito. Bifari administraba allí un hotel en el pueblo de Toribio, ubicado en la región del Cauca, una zona montañosa y selvática al sur de Cali. “Había armado un museo cannábico y vino Jorge Cervantes, quien se quedó más de una semana. Lo acompañé varias veces a hacer notas con los campesinos que cultivaban cannabis. Es un personaje bárbaro y con una calidad humana interesante. Hablábamos mucho por las noches”, cuenta. Sin embargo, tiempo después llegó la tragedia por el asesinato de una guía turística en manos de disidentes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). “Ella iba con turistas a granjas de cannabis y café que algunas eran controladas por la guerrilla. Los tipos tienen una mentalidad de que algunos pueden ser espías. No conozco los detalles, pero sé que la tuvieron secuestrada y después apareció el cuerpo sin vida. Todo el pueblito tenía varios proyectos turísticos, pero después de eso todos nos echamos para atrás. Fue muy feo. Estuve como siete meses sin volver”, dice. Tiempo después, trasladó la iniciativa a Campo Alegre, a más de 300 kilómetros al este.
En la actualidad, Bifari está ultimando los preparativos de la excursión turística al Valle del Aconcagua donde recorrerán los principales enclaves cañameros de Chile. Además, está trabajando en un documental sobre una farmacia de la provincia de Santa Fe de hace 140 años que tenía frascos de cannabis de la variedad índica y proyecta escribir un segundo libro. A pesar de su enorme contribución al estudio de la planta, él no se considera parte de las leyendas del cannabis.
“Siempre me quedo corto conmigo mismo, pero porque no le doy valor. Es poco lo que sabemos, aunque uno intente saber lo más que pueda. A mí los años se me pasaron rápido. Estoy orgulloso de haber trabajado para los museos más importantes y con mis viejos que me dieron la posibilidad de estudiar. Siempre trabajé de intérprete y sentí que tuve una ventaja en el movimiento cannábico por estar con los verdaderos maestros y no creo que yo sea uno de ellos. Pero sí fui parte de ese grupo. El cannabis les hace bien a muchas personas alrededor del mundo y conocí a mucha gente ayudando a otros. El día de mañana se va a querer saber más de estas personas que hicieron mucho bien y de forma silenciosa. Tuve el privilegio de haberlos visto”, cierra Bifari.



