Un megaoperativo de la policía militar de Río de Janeiro, que tenía como objetivo detener integrantes de la organización criminal Comando Vermelho, se convirtió en la masacre más grande de su historia. Justificado en el avance del “narcoterrorismo”, el despliegue ordenado por el gobernador Cláudio Castro terminó con más de 130 muertos en las favelas de Alemão y Penha.
Castro calificó de “éxito” la matanza y afirmó que “las únicas víctimas fueron policías”, aunque solo 4 del total eran uniformados. El gobernador, que intenta posicionarse para las elecciones del año próximo, es ahora el gobernador con más muertes en operativos policiales desde la redemocratización. Este fue el caso en Jacarezinho en 2021 (28 fallecidos) y en Vila Cruzeiro en 2022 (23). Sumando las víctimas de Alemão, el total supera las 170.
El saldo de fallecidos superó el centenar, aunque las cifras varían según las fuentes. La Defensoría Pública regional reportó 132 muertes, mientras que fuentes policiales y el gobierno estatal hablaron de 119 y 121, respectivamente.
“El ‘narcoterrorismo’ es una política que vende. La guerra vende”, dice Ruan Nascimento, vecino del Complejo de Alemão. “Narcoterrorismo” es un significante vacío que aviva la narrativa de la guerra contra las drogas, se usa para justificar la eliminación de enemigos internos y entroncar con la agenda de Trump para militarizar latinoamérica.
Lo que pasó en Alemão y Penha es el clímax trágico de una política fracasada. La prueba más brutal de que lo que la narrativa hegemónica de la guerra contra las drogas se descarga contra la población más pobre y vulnerable.
Leo Ferron de Abra a Gaveta, nos contactó con Ruan, padre de Elis, artista, creador de Green Go y parte de la Marcha das Favelas, “Un movimiento social antiprohibicionista enfocado en poner la voz de la favela en el debate sobre política de drogas”.

David Rojkin: “La Operación Contención” dejó un saldo de muertos altísimo. Más allá de las cifras, ¿cómo sintieron los vecinos de Alemão y Penha esta acción?
Ruan Nascimento: Primero, hablemos de lo que sentimos. Estuve en la calle, en la Penha, en algunos lugares de trabajo, preguntando a la gente qué sentía. Sinceramente, muchos grupos de personas dentro de una comunidad. Pero el 100% es laburante. A veces, incluso cuando es un familiar tuyo, no tenés ni tiempo de sentir el dolor de la pérdida, porque tenés que trabajar. Te enterás de lo que pasó mientras estás en el trabajo. Una operación así, cara, es algo súper normal. Aunque haya más de cien muertos, sigue siendo “normal”. Lo que pasa en la tele no condice con la realidad: quedan muchos cuerpos en el morro que ni siquiera contabilizan. La vida sigue, el trabajo sigue, a veces ni siquiera podés tener tu duelo. Solo los familiares más cercanos se derrumban, pero para la comunidad en general, es algo cotidiano. Ya sabés dónde esconderte, en qué cuarto quedarte más protegido. Uno nace preparado para este mundo de guerra. Uno se acostumbra, está obligado a acostumbrarse, a respirar, dormir y despertar con eso.
DR: El gobernador Castro habla de “narcoterrorismo”. ¿Cómo afecta esa retórica de guerra la vida cotidiana en la comunidad? ¿Qué derechos básicos se pierden cuando la policía invade así?
RN: El “narcoterrorismo” es una política que vende. La guerra vende. Es rentable para los dos lados. El Comando Vermelho usó un dron artesanal para tirar una bomba, pero si fuera la policía, haría mucho más daño. La guerra deja ganancias, alguien siempre gana con ella. Y nosotros, los que vivimos en la comunidad, ya estamos acostumbrados. La guerra no es nueva, siempre existió. ¿Y qué perdemos con ella? Todo. El único que pierde es el pueblo. Perdemos el derecho a la vida. Es una guerra sanguinaria que forma policías que se autodenominan “cosechadores”, verdaderos sanguinarios. Degollar a alguien y dejar la cabeza en una estaca, y aun así ser considerados “buenos policías”. Pierdes el derecho de ir y venir, de ser quien sos sin que te confundan y te metan una bala en el pecho. Todos los derechos son violados cuando la policía entra a la comunidad. No entran para llevar deporte o ayuda, entran con balas. Y quien tira bala, recibe bala. Si realmente quisieran resolver las cosas, habría otra historia: diálogo, acuerdos, políticas de comunicación.
DR: El STF supuestamente restringe estas operaciones. ¿La Justicia llega realmente a la favela? ¿Ustedes sienten que las fuerzas policiales cumplen con alguna de las reglas o protocolos que la corte impuso para ‘protegerlos’?
RN: Cuando hay foco, mucha atención generada por ese hecho, como pasó ahora. Debe llegar para algunas familias… Y para quien tiene plata, irmão. Para el que tiene plata, la justicia va a llegar a cualquier lado. La justicia que hay acá no es tan justa. Acá tenés que aprender a convivir con eso. Acá solo tenés que saber respetar, saber comportarte. Es mucho peor afuera, donde tenés que dar buena impresión en la sociedad para que no te juzguen. Acá adentro, sos lo que sos y punto final. Eso creo que es la justicia, ¿no? Está la justicia de acá adentro y la justicia de afuera, a la que a veces tenemos acceso.

DR: Sobre el Comando Vermelho (CV). ¿Crees que estas masacres realmente debilitan a la facción criminal, o solo sirven para aumentar la confrontación? ¿Quién es el gran ganador en esta “Guerra contra las Drogas”?
RN: Cara, esta pregunta está buenísima. Primero, me gustaría decir que yo no soy parte de una facción, vivo en una comunidad manejada por el Comando Vermelho, complejo do Alemão, zona de Nova Brasília. ¿Estas operaciones debilitan al crimen? Obvio que no. Son la mecha que prende todo. Estas operaciones son el estallido de un problema mayor. Porque en 2009, 2010 hubo operaciones, los que perdieron a los padres, perdieron a los tíos, quizá murieron ahora o tienen más odio acumulado ahora por haber perdido al compañero. Cada vez que hay una operación así, se genera un odio dentro de un vecino. A veces el vecino común pierde a alguien que no tenía nada que ver y se transforma, cara. El odio de muerte es un odio muy jodido. Te cambia, la persona se transforma por ese odio, se vuelve otra persona. Así que ningún debilitamiento, ¿Vos pensás que una operación que va a confiscar 70 fusiles, no sé cuántas toneladas de marihuana, va a debilitar algo que la gente lleva en el pecho? La gente lleva el odio en el pecho. Es odio contra el gobierno. Es odio contra el sistema represivo. La policía no es un ciudadano de bien, la policía es un exterminador. Es muy fácil tenerle odio a la policía. Y yo le tengo odio a la policía. No confío en la policía. No podés confiar, tenés que sospechar de ellos. No creo que pueda haber un debilitamiento del delito, mientras siga el exterminio. Debilitar el narcotráfico es muy simple: legalizás lo que venden. Si hacen plata con un producto, yo legalizo ese producto y va a haber un gran debilitamiento. Por lo menos el 50% de su facturación cae. Entonces ves que no es un combate al tráfico, no es un combate para debilitar ese delito, ese grupo. No es eso. Es un exterminio. Conozco quiénes son los malhechores, voy por ellos y los mato. No quiero atraparlos, los voy a matar. La bala va al medio y los mato. Y del otro lado pasa lo mismo. Los pibes saben cómo son las policías, saben que si la policía entra no va a perdonar: va a degollar, te va a clavar la cabeza en una madera. Y nadie quiere morir así. Para no morir así, van a intercambiar tiros hasta la última bala. Es muy fácil de entender si vivís en una comunidad y ves a la policía matando a los otros. La verdad, ya presencié la crueldad acá. El policía en mi portón de la esquina de acá, dijo: “En esta casa que vamos a invadir, lo agarramos por detrás”. Y lo hicieron, dieron la vuelta, lo agarraron por detrás y bum, bum, bum. Y de repente la madre del chico salió llorando a la calle. Eso es la policía dentro de la comunidad.
DR: Si el modelo de ‘guerra contra las drogas’ ha fracasado rotundamente, ¿cuál es la alternativa? ¿Qué medidas, desde la perspectiva de la Marcha das Favelas, deberían reemplazar la violencia policial para garantizar la seguridad y los derechos?
RN: Sí, fracasó totalmente. Hace más de 80 años que existe esta guerra, la guerra contra las drogas. ¿Qué medidas? Sin duda, la legalización. Tenemos que empezar por la legalización, ¿sabes? Y creo que tenemos que dejar ese rollo de “legalización medicinal”, “legalización del cáñamo”, “ah, esto es industrial”. Hay que legalizar la marihuana. ¿Cómo va a ser dentro de la comunidad? No lo sé. ¿Cómo va a ser afuera? La justicia lo dirá. Creo que habrá dos mundos: El mundo dentro de la comunidad y el mundo fuera de la comunidad, y en algún momento esos dos mundos se van a encontrar. Tenemos que empezar a hacerlo para descubrir los próximos pasos. Pero está muy claro que la guerra contra las drogas solo deja negros, pobres y favelados muertos, Y cada vez mueren más policías también. Van a morir policías, van a morir bandidos, y hay millones para reemplazarlos. Eso nunca fue un problema: mueren cien, mueren doscientos, mueren mil, mañana hay diez mil, cien mil más. Y el odio solo crece. Para cerrar, quiero dejar un mensaje, un llamado, una súplica incluso. Yo creo en la marihuana, no solo como una planta para fumar, sino como una planta sagrada de la que nos desconectamos. Tal vez suene un poco viajado, pero estamos en guerra también por esa desconexión con la planta. Es una planta muy importante para nuestro universo, para nuestra sociedad, para todo ser humano. Y la forma en que la gente trata esta guerra hecha sobre ella sigue siendo una guerra de apartheid, una guerra de segregación del pueblo negro. Hago un llamado a mirar la planta con otros ojos, acabar con esta represión racista. Toda esta guerra contra las drogas es racista. Solo apunta a un pueblo, a un color. Y hay gente que sangra, cada vez más. Mientras del otro lado la gente festeja, sonríe y celebra. Parece que ese lado que disfruta reprimir se alimenta de esa sed de sangre.

Superar la barbarie prohibicionista
El testimonio desde el terreno es lapidario: el megaoperativo de Castro es un acto de guerra contra población civil. Incluso si estas personas fueran criminales o narcotraficantes, existe el principio de inocencia, y toda condena debe probarse en un juicio. Aun condenadas, estas personas estarían privadas de su libertad, no muertas. Los cuerpos hallados con signos de tortura y ejecución son la evidencia de que se quebrantó el principio fundamental del derecho a la vida y del debido proceso legal.
La respuesta es que se pierden los cimientos de la ciudadanía: escuelas y centros de salud cierran, y la dignidad se destruye cuando los vecinos, incluyendo niños, son forzados a trasladar los cuerpos de las víctimas para visibilizar el horror.
El Comando Vermelho (CV) y su líder buscado, “Doca da Penha”, son un síntoma. El CV, nacido en las cárceles en los años 70, y el rival PCC de Marcola (el “empresario criminal” de São Paulo), son productos del sistema prohibicionista.
La masacre de Río es un ultimátum. La política de Estado de Río de Janeiro, impulsada por Castro, no es sólo ineficaz, sino moralmente insostenible. Esta “guerra” es, en esencia, una herramienta de control social que castiga la pobreza.
La salida pasa por un cambio de paradigma: desmilitarización, regulación de drogas y políticas de inclusión social. Solo abordando las causas estructurales y respetando los principios innegociables del debido proceso y el derecho a la vida, se podrá desmantelar el poder de las facciones y cesar la matanza.
Hasta entonces, las favelas de Río seguirán siendo el campo de batalla donde los más débiles, la justicia y los derechos son las primeras víctimas.



