La prescripción de psicofármacos es un recurso en salud mental. Y puede serlo en la medida que forme parte de una estrategia integral. Pero si la respuesta ante los variados sufrimientos se reduce a un esquema de medicación, el recurso ya no alcanza y hasta se puede convertir en una trampa.
El diseño de estrategias en salud mental que se precien de integrales requiere tomar en serio las condiciones de vida, la historia, las redes afectivas de las personas. Hablamos, entonces, de una clínica ampliada, que pone a las personas en el centro y trabaja con los diagnósticos como mapas, no como pronósticos-destinos.
La adopción exclusiva del modelo biomédico en el sufrimiento mental es ya un paradigma tan lineal como obsoleto: hablar de “causas psicológicas o biológicas” como planos separables de la existencia, cual piezas desmontables de una máquina, es arcaico y artificial.
Sin embargo, es justamente esto lo que denuncian quienes integran hoy los sistemas de residencias interdisciplinarias en todo el país, poniendo en evidencia que los proyectos y políticas del gobierno nacional en materia de salud pública y salud mental pretenden “desarmar el paradigma de derechos humanos y base comunitaria con abordaje interdisciplinario e intersectorial, para volver a lógicas de encierro y medicalización“.
Para decirlo sin rodeos: en cada decisión que toman hoy los ministerios de salud y desarrollo humano de la nación -y varios de sus cómplices provinciales-, se ocupan de desmentir la crisis y negar el estallido silencioso que implosiona por todos lados.
¿Es la medicación un problema, o el problema es pensarla como recurso exclusivo?
¿Qué tiempo y qué lugar existen, hoy, para el diseño de abordajes oportunos e integrales?
Intentaremos desandar estos interrogantes desde una lectura que pone en diálogo escenas cotidianas, notas personales, escuchas varias y relatos de médicas especialistas en salud mental y psiquiatría de nuestra región.
De acompañamientos y esperas
El psiquiatra norteamericano Leon Eisenberg se preguntó una vez si la enfermedad mental es un trastorno del sistema nervioso central o un problema del vivir. No pretendemos aquí entrar en la lógica de los diagnósticos diferenciales, sino más bien desarticular y rearticular una operación bien distinta: generar un enfoque global de la enfermedad y de la salud, en el que los modelos teóricos y las prácticas pueden proyectarse de forma articulada, interdisciplinaria e innovadora. Y así evitar sumar disciplinas como quien suma remedios a un pastillero.
“Pensar la medicación en el marco de un abordaje interdisciplinario es una cosa; otra es pensar la medicación como lo que va a organizar el desequilibrio químico que tenés en el cerebro y eso te va a solucionar la vida”, arranca distinguiendo la Dra. Belén Betti, médica especialista en salud mental y psiquiatría formada en la Residencia Interdisciplinaria en Salud Mental (RISaM) de Paraná. Y agrega: “Cuando lo pensamos en el marco de un abordaje psicoterapéutico, la medicación es un soporte más, que a veces es necesario”.
A lo largo de uno de los capítulos del podcast Salir de la cama: episodios para desarmar la inercia, la especialista desarrolla la complejidad que implican los abordajes de la salud mental. Y aclara, “Depende cómo nos hemos formado. Yo me formé en el uso racional del psicofármaco, lo voy a utilizar a dosis bajas, ajustando la dosis en función de sus efectos”. Es en el caso por caso que se evalúa la estrategia, explica. Y aclara que los fármacos tienen latencia, hay que esperar y todo eso lleva tiempo. Sitúa la importancia de acompañar el proceso.
Usos, aciertos y riesgos de la medicación
El desarrollo de la industria farmacéutica supuso avances innegables. La píldora anticonceptiva, en la década de 1960, distinguió procreación de ejercicio de la sexualidad y es parte de la revolución sexual, especialmente para la libertad de las mujeres.
La investigación en psicofármacos, para cuadros complejos de salud mental o para sintomatología aguda, actualizó esta industria y mejoró su eficacia. Ya no se percibe la medicación como el viejo “chaleco químico”: se ha ampliado su reconocimiento y aceptación por parte de las personas y sus entornos.
También se perfeccionaron los tratamientos de hormonización para personas del colectivo travesti-trans, que —cuando el Estado y las obras sociales lo garantizan— pueden acompañar sus procesos de subjetivación acorde a sus deseos y autopercepción.
Ahora bien, cualquiera que lea el prospecto de los anticonceptivos, las hormonas o los psicofármacos puede advertir rápido que no es inocua su administración.
También es cierto que la calidad y el acceso a fármacos seguros no es equitativa. Maximiliano Zeller analizó para MATE la prescripción cada vez más extendida de antidepresivos en Argentina, algo “que la mayoría de psiquiatras no aplicaría a sí mismos”.
Entre los efectos adversos aparece también la expectativa desmedida puesta en una pastilla que resuelva el malestar: una trampa del marketing farmacéutico, que convierte potenciales clientes en pacientes, y el riesgo de la medicamentalización de la vida al servicio de la eficiencia y el rendimiento.
Pero, sobre todo, se corre el riesgo de medicalizar la pobreza. En diálogo con MATE, una médica psiquiatra que trabaja en salud pública y que prefiere no dar su nombre —la llamaremos Clara— lo pone en estos términos: “me interpela esta crisis, tiene que ver con la pregunta de ¿qué es lo que medico cuando estoy medicando? Cuando tengo que colocar el diagnóstico, aparecen las categorías reacción al estrés grave o trastorno adaptativo. Pero los detonantes de estos síntomas son fantasías de muerte, de acabar con todo, de no existir más porque: me quedé sin trabajo, no llego a fin de mes, no pude comprarle el disfraz a mi hijo, no puedo comprar la garrafa de gas y hace frío, no puedo comer todos los días, estoy viendo qué medicamentos me compro, no me alcanza”.
El propio Observatorio de Psicología Social de la UBA ubica la crisis económica como primera o segunda causa de malestar emocional en sus estudios. Y entre los principales obstáculos para acceder a un tratamiento, más del 40% mencionó dificultades económicas, falta de cobertura y listas de espera justo cuando las urgencias apremian.
La sobrecarga de los equipos en el subsector público para alojar y sostener estas y tantas otras situaciones, llevan a trabajadorxs cansados, sin márgenes para pensar. Y sin ámbitos o programas con los cuales articular.
“No hay tiempo para pensar. Al no haber tiempo, nos encontramos haciendo esquemas de medicación más rápidos, para que el paciente se estabilice más rápido o responda más rápido y que en función de eso podamos darle el alta más rápido. Y para que pueda estar tranquilo más rápido. Esa medicalización queda a la orden del día del control: mantener la calma social, del paciente, que no se estalle el servicio, el hospital”, comparte la Dra. Clara con preocupación.
La especialista, en cambio, entiende a “la medicación como un andamio, planteando una temporalidad como si fuera un mientras tanto, un paréntesis. Porque los andamios son móviles, temporales, son estructuras que sostienen, que permiten armar(se), construir(se). La pienso entonces como una herramienta más en el abanico de estrategias y recursos terapéuticos que desplegamos”.
Lo que ocurre, continúa, es que “el andamio por sí solo no construye”. Y es la realidad con la que se están encontrando muchos equipos en los efectores de salud, en los CAPS, en las guardias o las admisiones: “el sujeto queda a merced de lo que pueda con los recursos que tenga, sin ninguna otra red que sostenga, que abrace, que construya, que amortigüe esa caída”, advierte.
La fragilización del Estado y sus instituciones así como el agotamiento del tejido comunitario, van a contramano de la creciente demanda de sectores cada vez más empobrecidos. Pero no solamente empobrecidos, sino también cada vez más informados.
La emergencia y el fortalecimiento de los movimientos de usuarixs, familiares, trabajadorxs y organizaciones de derechos humanos en salud no fueron en vano. Hoy conocemos, más que antes, que tenemos derecho a ser atendidxs con respeto y con amabilidad. Que las demoras en la atención oportuna o los malos tratos son formas de la violencia institucional. Hoy reconocemos más fácilmente cuáles son las instituciones —o las prácticas y políticas— que expulsan más que acompañar. Que una crisis por salud mental jamás justifica una internación prolongada. Y que los abusos físicos, emocionales y sexuales de operadores de la salud pueden ser denunciados.
Escenas (pos)modernas: de anestesias y formas de acallar el dolor
Hacia fines de los años ‘90, Páez y Sabina traían algunas escenas de la vida moderna: un cadáver conectado a internet / la soledad es la ecuación / cementerio de besos / al final nunca sé cómo empezar / escapar del purgatorio del sobrevivir / pasado mañana es ayer / necesito más que respirar.
“Del hospital te vas con una pastilla, y justamente es el problema que tenemos acá, los pibes se empastillan con lo que encuentran para tapar el dolor”.
Traigo aquí otras escenas que ocurren un día cualquiera en el sistema de salud argentino.
1
Cata llega a la guardia de salud mental de un hospital público. La recibe un equipo interdisciplinario. Cata despliega problemas vinculados a violencias que sufre en el vínculo con su pareja, expresa preocupación por no tener con qué sostenerse económicamente y que no vislumbra muchas opciones para irse de allí. Es educadora en dos escuelas, tiene tres hijos de los cuales uno vive con ellos y otro tuvo que regresar a su casa natal porque perdió el trabajo y ya no pudo pagar el alquiler. Expresa sentirse muy cansada y, sin embargo, no puede dormir bien porque se despierta varias veces en la noche pensando cómo resolver los mil y un asuntos que la desvelan. Por momentos, emergen en ella pensamientos recurrentes de hacerse daño, ideas de muerte, desesperanza. Luego de una evaluación de riesgos y de contener inicialmente a Cata, el equipo le indica una medicación para atender a su descanso. La anotan en lista de espera para dar continuidad de forma ambulatoria con turnos para psicología y psiquiatría. Y la citan en una semana a “control por guardia” ya que la espera está siendo de, al menos, tres meses.

2
Un grupo de mujeres de un barrio alejado del centro urbano se reúne desde hace unas semanas a partir de una propuesta del centro de salud: promover un espacio de encuentro con las vecinas, muchas de quienes sostienen el comedor y otras tareas de acompañamiento a infancias y juventudes. Ellas ya se conocen, sin embargo este espacio brinda una ocasión para conversar acerca de preocupaciones y necesidades comunes: casi no tienen con qué sostener los almuerzos y meriendas porque se cortaron las partidas que paliaban el hambre, expresan una crisis anímica profunda, también la preocupación por consumos problemáticos en pibes cada vez más chicos. Al hablar de las ofertas del sistema de salud para acompañar estas trayectorias, las mujeres señalan rechazo en llegar al hospital porque “de ahí te vas con una pastilla, y justamente es el problema que tenemos acá, los pibes se empastillan con lo que encuentran para tapar el dolor”.
3
Jorge es un muchacho que cuenta con atención en salud mental desde hace algunos años. Hace un tiempo le planteó a su psiquiatra que no se siente cómodo con las indicaciones psicofarmacológicas actuales. Expresa que si bien ya no tiene esos bajones que lo tiraban a la cama, ahora siente que “ve todo en tonos de grises, sin matices”, y que se aplacó la ansiedad pero también su deseo sexual. Tiene dudas respecto de dejar la medicación, sustituirla por otras medicinas o reducir la dosis, pero tiene miedo de hacerlo de golpe y que el efecto boomerang sea insoportable, más aún ahora: la psicóloga que lo atendía en el centro de salud está con licencia por salud mental.
4
Aníbal llega a la admisión del hospital para llevar adelante un tratamiento de desintoxicación por dependencia a las benzodiacepinas. Expresa que desde hace más de diez años toma dosis variables de este tipo de fármaco, que su médico clínico de cabecera le indicó una vez y que consigue recetas desde aquel tiempo. Nunca consultó con profesionales de salud mental porque pensaba que “eso era cosa de locos”. Hace poco intentó interrumpir el consumo por su cuenta, y “los efectos en el cuerpo fueron espantosos”, dice.
5
Un médico anestesiólogo fallece a causa de una sobredosis de propofol y fentanilo, fármacos de uso estrictamente hospitalario que se combinan habitualmente en quirófano para lograr una anestesia segura. Este episodio, tan real como los anteriores, visibilizó el robo de drogas de hospitales públicos, así como la existencia de las “Propofest”, fiestas privadas en las que circulan estas sustancias con alto poder para generar dependencia y que provocan letalidad en condiciones no controladas.
Estas escenas nos permiten abrir preguntas acerca de qué está pasando hoy entre la salud mental, la prescripción y los consumos de fármacos en el límite entre la vida, la supervivencia, la salud, los derechos y el necro-capitalismo.
En conversación con Ana Panozzo, médica, residente de salud mental e integrante del comité de farmacia de uno de los hospitales públicos de referencia en Entre Ríos, explica: “medicar funciona como respuesta que alivia y que contiene síntomas, pero al mismo tiempo invisibiliza las condiciones sociales que producen ese malestar. La pobreza y la exclusión no pueden ser leídas como trastornos a tratar”.
La profesional se pregunta acerca de qué calidad de tratamientos podemos ofrecer cuando las prácticas en salud se ven tensionadas por la sobrecarga asistencial y la falta de presupuesto. “No podemos olvidar las condiciones institucionales en las que trabajan los equipos. Porque la atención integral requiere un cierto tiempo para poder escuchar, construir un vínculo terapéutico, trabajar con otros, hacer equipo interdisciplinario, articular y apostar por la intersectorialidad, acompañar procesos que pueden ser complejos y prolongados”, refuerza Ana.
Y señala cómo los contextos de crisis —y agrego yo: con gobiernos que desmienten y niegan este derrumbe—“empujan a una respuesta rápida, fragmentada, que solo se centra en la urgencia. No porque lxs trabajadorxs desconozcan otras formas de abordaje, sino porque las condiciones actuales limitan las posibilidades de llevarlas adelante”. Entonces “un sistema saturado tiende a privilegiar intervenciones más rápidas, estandarizadas, protocolizadas. Porque una prescripción de un psicofármaco lleva unos minutos nomás pero construir una red comunitaria, trabajar con la familia, buscar o crear redes afectivas, sostener espacios grupales, requiere otros recursos”. Entre ellos, el tiempo, que es también tiempo para pensar.
“Medicalizamos porque hay algo que tiene que seguir funcionando, todo tiene que marchar, no hay un lugar para frenar”, reflexiona Panozzo.
Y quizás por eso, cuando casi cierra el Hospital Nacional en Red Laura Bonaparte, entre el primer grupo de trabajadorxs que echaron estaba el equipo interdisciplinario de supervisión que acompañaba a pensar a quienes cotidianamente ponen el cuerpo, el afecto y la escucha al servicio de prácticas que cuidan. Este año, el Ministerio de Salud de la Nación no otorga más becas RISaM allí y en todo el país, solo becas para residencias lineales de psiquiatría, psicología y enfermería. Quizá trabajo social, ni hablemos de terapia ocupacional, musicoterapia o tantas otras disciplinas valiosas. Y entre despidos y renuncias, el Bonaparte perdió más de 200 laburantes y lleva adelante un fondo de lucha para no claudicar.
La imagen oficial del Hospital Nacional: hacer como si todo sigue marchando y ocultar el conflicto. Porque así queda velada la crueldad.
Políticas de la crueldad, desafectación e inmunidad
En un conversatorio organizado por la Universidad de General Sarmiento, la psicoanalista Lila Feldman y le filósofe Vir Cano distinguieron dos movimientos. La crueldad como forma de gobierno: dirigida activamente hacia el otro, con el deseo de dañar o ver sufrir, asentada en un ethos anti-igualitarista donde el sufrimiento del inferior se vuelve justificable. Y el retraimiento o desafectación: en momentos de crisis o catástrofe, tendemos a escindirnos, a disociarnos, a fingir demencia. Gestos que parecen de autopreservación pero pueden producir más daño, individualismo, soledad.
Hoy, en Argentina, es más probable morir por un suicidio que de otras formas que asumen las muertes violentas como pueden ser las provocadas en accidentes viales, homicidios o —para molestar al presidente— femicidios y otros crímenes de odio que sí existen y siguen doliendo. Pero para que no nos acusen de ideologizados, citaremos un reciente artículo publicado en Infobae: durante 2025 “los registros oficiales contabilizaron más de 5200 suicidios, frente a 3500 muertes por accidentes de tránsito y 1600 homicidios dolosos”.
En Entre Ríos la crisis pega más fuerte que en el resto del país: la provincia encabeza el ranking nacional con una tasa de 20,8 suicidios cada 100 mil habitantes, casi el doble de la media nacional (11,8). Si bien las cifras crecieron de manera sostenida en la última década, la actual crisis ha agudizado esta y otras urgencias en salud mental.
Silenciar el dolor, acallar los sufrimientos, volverse adictos al clonazepam, tomar un somnífero para conciliar el sueño, sentir adormecida la sensibilidad, disciplinar rebeldías y desobediencias, son algunos efectos, intencionales o no deseados, en el cruce entre psicofármacos, crisis de salud mental y consumos problemáticos. “Pareciera que hasta que algo no se estalla, no hay nada que se pueda escuchar antes”, manifiesta Clara.
Sin embargo, construimos más cárceles, vaciamos hospitales y cerramos las casas de medio camino. Engrosamos los bolsillos de las clínicas especializadas privadas y modificamos las leyes para que eso sea posible.
Y en Entre Ríos, hacemos capacitaciones y charlas —de dudoso contenido, por cierto— para les trabajadores, pero no abrimos ni un solo dispositivo habitacional para contribuir a que las internaciones no se prolonguen por motivos sociales o que las personas acaben por vivir en la calle. Lo señala con claridad el informe de gestión del Órgano de Revisión de la Ley de Salud Mental en Entre Ríos, recientemente publicado.
Allí indican que “la existencia de escasos recursos para la creación de otros tantos dispositivos intermedios necesarios en tanto respuesta habitacional, presencia y función de apoyos para personas usuarias vulnerables y con efectos de cierto arrasamiento subjetivo producto de años de institucionalización responde a la insuficiencia de recursos materiales y personal técnico, profesional y de cuidados; más que a la existencia de trabajadores (cuidadores, profesionales, técnicos, etc.) capacitados y habilitados a intervenir y acompañar en estos procesos, sobre todo, egresados en su formación y práctica de la Residencia Interdisciplinaria de Salud Mental”.
Poner el cuerpo, abrazar lo bueno cotidiano
Sostener la idea de un cuerpo, por un lado, y de una mente por otro, sin contexto o sin historia, vamos viendo que no tiene ya sentido. O que las locuras y los desbordes que diagnosticamos pueden resultar en mecanismos para privatizar dolores y penurias cada vez más compartidos. Ana Panozzo lo confirma: “no puede ser más una psiquiatría ahistórica, que niegue el contexto. Por eso entendemos a la salud mental en clave comunitaria; es una apuesta clínica y es una apuesta política frente a la tendencia creciente de individualizar los malestares”.
En este estado de cosas, Clara, la médica psiquiatra, expresa que “poner el cuerpo no es metafórico. Es a veces incluso a pesar de una misma. Hoy poner el cuerpo, prestarle el cuerpo a otro, se está volviendo condición para enfermar a quienes cuidan”, aporta la especialista.
En palabras de Marcelo Percia, psicoanalista y ensayista argentino:
Habrá que decirlo una y mil veces: protagonistas de las horas de penurias necesitan para seguir trabajando de un equipo clínico: el refugio de un común hablar que posibilite demoras y relevos para tanta desolación.
Habrá que advertirlo hasta que ya no haga falta: sin cercanías que conversan, que se tocan, que comparten consuelos y desconsuelos, clínicas se rigidizan como rutinas heladas, como prácticas desapasionadas.
No se debe olvidar que el maltrato institucional vuelve mala a la gente.
Habrá que decir hasta el cansancio: no se trata de diagnosticar enfermedades y administrar medicamentos, sino de atender vidas que buscan que alguien las escuche más allá de los diagnósticos y medicamentos (…) una mirada que aloja sin demandar, sin exigir, sin expectativas de resultados. Una dedicación que arropa, pero que no controla, no vigila, no corrige. Una disponibilidad que da la espera.
Esto vale para lxs trabajadorxs de la salud, de la educación, de los comedores, de la cultura y de tantos otros espacios comunitarios que acompañan hasta lo que no pueden. Vaya un enorme reconocimiento en estos tiempos absurdos.
Y un conjuro para proteger lo bueno cotidiano que acontece en cada rincón de las redes que aún tejemos. La despedida al Indio Solari, “Dios de los rotos” y referente indiscutido de nuestras resistencias y existencias así como la enorme movilización a propósito del décimo primer aniversario de Ni Una Menos, nos muestran una comunidad que aún se conmueve y decide reunirse para expresar el dolor.
Así como las Madres y las Abuelas nos enseñaron que la identidad es una exigencia irrenunciable, parafraseando al antropólogo Francesco Remotti “de una sola identidad se muere”. De ahí que hoy la tarea es unir las luchas de los diferentes colectivos amenazados y arrojados al purgatorio de sobrevivir para imaginar otras formas de transitar la vida.
Por eso la orientación y el desafío parecen estar en colectivizar el dolor contra la precarización de la vida y haciéndole frente a la crueldad. Sin descartar las estrategias singulares que cada quien pueda desplegar, aquí la propuesta es desindividualizar y desprivatizar los padecimientos para identificar las condiciones estructurales y colectivas que los producen.
Tiempos de clínicas extenuadas que no pueden contener tanto dolor. Ni tanta desigualdad. Ni tanta hostilidad. Ni tanto sin adónde ir. Ni tanto sin qué comer. Ni tanto sin con quién hablar. ¿Qué se hace con tanto? Al cabo, sin un común, tanto desamparo se lleva con indiferencia o se carga como mudez o estalla en los cuerpos / (…) aun así, lo hospitalario -por momentos- se hace posible / Habrá que insistir a gritos para que esas últimas soledades de la acogida no desaparezcan.
“Manifiesto: clínicas profanas”, de Marcelo Percia.
Ser capaces de registrar las múltiples redes que tejemos aún en la fragilidad, constituye un gesto que también debemos amplificar y multiplicar.





