Semanas atrás, Infobae le realizó una entrevista al psiquiatra especialista en adicciones Federico Pavlovsky en la que aseguró que en Argentina hay cada vez más dependencia al uso de marihuana. Para él, la razón se encuentra en el aumento de los porcentajes de THC que producen las plantas: ¿cada vez pegan más?
“Es un cannabis que no tiene nada que ver con el que se fumaba hace veinte años. Es muy potente, mucho más adictivo, produce mucha más desorganización y, por primera vez, recibimos chicos que no pueden parar de fumar. Cuando generás que la potencia de una droga sea mucho mayor, generás otro cuadro mental. Llegan con cuadros psiquiátricos, con depresiones y llegan por cannabis. Eso no existía”, sostuvo en el reportaje.
Aunque el psiquiatra no aportó datos ni informes concretos acerca del crecimiento del uso problemático de la marihuana, su relato refuerza la declaración de Patricia Bullrich, ex ministra de Seguridad, recientemente electa como senadora de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y una de los paladines de la Guerra contra las Drogas en el país: “Algunos creen que no hace daño, pero se ha convertido en una droga muy peligrosa. El THC que hay en Argentina es del 18%, mientras que la que está legalizada en Uruguay se acepta hasta un 2% (Esto no es así). Es como una soja transgénica”, dijo a comienzos de este año cuando anunció la baja de todos los permisos del Registro del Programa de Cannabis (REPROCANN), dependiente de la cartera de salud.
Tanto el psiquiatra como Bullrich tienen un punto: el cannabis disponible hoy no es el mismo que hace veinte años. En algunos circuitos, la potencia aumentó como resultado de mejoras agronómicas, selección genética y demandas de mercado. Lo que resulta mucho más discutible es que ese aumento, cuando existe, explique por sí solo el crecimiento de los problemas de salud mental o justifique políticas punitivas.
Para separar la paja del trigo y que el prohibicionismo no tape el bosque, Mate se comunicó con diversos especialistas para entender si efectivamente el cannabis que circula en la actualidad es el responsable del aumento de trastornos en la salud mental.

Los riesgos del THC
Según datos de la Organización Mundial de la Salud reportados en 2021, la ansiedad afecta a unas 359 millones de personas en todo el mundo. Se trata del 4.4% de la población global. Mientras que la depresión afecta a casi 400 millones de personas. Es una tendencia en aumento y presente en todo el planeta, pero en el país no existen datos al respecto y, menos aún, su relación con el uso de sustancias. Así lo asegura Romina Capellino, presidenta de Drogadependencias de la Asociación de Psiquiatras de Argentina, quien dice que “la estadística es muy deficiente. Las que saca Sedronar tiene mucho déficit y no son confiables. Pero sí notamos, a partir de las consultas y el diálogo entre colegas, que hay un aumento notable de trastornos de la ansiedad y la depresión con sustancia asociada. Después de la pandemia, se exacerbó”. “En mi experiencia, lo que veo con más frecuencia son trastornos del sueño y la desregulación emocional”, agregó luego sobre la desmotivación.
El dato mata el relato. Pero si no existe una información concreta, el mito y el monstruo prohibicionista solo se vuelve más grande. Como mostró una investigación publicada recientemente por Mate sobre la potencia del cannabis en Colombia, existen espacios específicos, como copas cannábicas y mercados orientados a flores premium, donde los niveles de THC sí registraron un aumento sostenido entre 2020 y 2024. Sin embargo, extrapolar esos datos y usarlos como explicación única de los malestares psíquicos resulta, como mínimo, impreciso.
Una de las personas más idóneas para conversar sobre este tema es Gabriel Rossi, un médico psiquiatra que ha pasado años estudiando el efecto del THC en el cuerpo y especialmente en adolescentes. Además, es el presidente de la Junta Nacional de Drogas (JND) y Director del Instituto de Regulación y Control del Cannabis de Uruguay (IRCCA), que dentro de pocos meses cumplirá su primera década de tener un mercado regulado de los derivados de la planta.
Con la parsimonia de un docente, lo primero que hace el especialista es explicar cómo funciona el cannabinoide más famoso en el cuerpo humano. “Hay un sistema endocannabinoide que tenemos dentro y genera un equilibrio en temas del sueño, la ansiedad, la memoria y los reflejos, entre otros, que se activa a medida que se necesita en alguna parte del cerebro. No funciona prendiéndose y apagándose. En general, cuando uno habla de la transmisión en las neuronas una manda y otra recibe. En el sistema endocannabinoide es al revés: la neurona inhibe a la que emite impulsos. Es como una regulación para atrás que sucede en un sector del cerebro”, explica. Luego, agrega: “Cuando se consume cannabis, se inunda todo el cerebro y no solo esa parte. Ese sistema que está en equilibrio, se desequilibra. Por eso, lo importante es que cualquier THC, aunque sea del 1% tiene más fuerza que lo que está dentro del cerebro. Esto hace que prime que lo que viene de afuera, es decir el fitocannabinoide, tiene más potencia que el endocannabinoide”.
En relación a los problemas de salud mental, Rossi dice que “tiene ataques de pánico quien puede, no quien quiere”. Entonces, asegura que esta es una condición relacionada con antecedentes genéticos o contextos en los que ha pasado la persona, al igual que sucede con cuadros de psicosis. “Es una posibilidad que una persona pueda tener esquizofrenia o ataques de pánico (tras consumir cannabis). Pero también es real que a la mayoría no le pasa”, asegura el psiquiatra uruguayo. “No todos lo pueden hacer, pero en el aumento del THC hay una proporcionalidad que dispara las posibilidades. Una concentración menor puede condicionar en menor medida”, dice Rossi por esa “inundación” a la que se refiere en el cerebro y que también va a estar influida por “la cantidad y la frecuencia”.
“Es una posibilidad que una persona pueda tener esquizofrenia o ataques de pánico (tras consumir cannabis). Pero también es real que a la mayoría no le pasa”, asegura el psiquiatra uruguayo.
Lejos de una mirada prohibicionista, Rossi destaca la importancia de que los adolescentes eviten el uso del cannabis. Entonces, explica que, si los jóvenes fuman marihuana de manera crónica “antes de los 16 años, hay grandes chances de tener problemas estructurales de como ‘se arma la casa del cerebro’ y que puedan presentarse dificultades con la memoria y efectos en el funcionamiento”. “Yo, que tengo 60 años, si fumo cannabis no se me va a modificar la estructura como si a un adolescente”, sostiene.
Otra complicación que puede presentarse por el uso sostenido de cannabis es el síndrome amotivacional, lo cual Rossi dice que es discutido dentro de la academia y que tiene que ver con encontrarse poco motivado. “La marihuana impacta en la amíglada, otro de los centros cerebrales, y desde el punto de vista cognitivo se genera el hiperasombro. Es ese famoso: ‘fuaaa, loco. Mirá ese color’. Los consumidores crónicos pueden presentar un hipoasombro, es decir que pasan a poco asombro generalizado. Al principio llega mucha ‘inundación’, lo activa demasiado y después se cierran sus compuertas”, explica.
De todos modos, para el director del IRCCA, el asunto para estar más atento con los adolescentes y el uso de cannabis tiene que ver con su rendimiento académico “debajo de lo esperado por uno mismo”. “Esto no quiere decir que a la persona le vaya a ir mal, pero su desempeño va a estar mermado principalmente por la afectación a la memoria reciente. Es una pavada si el joven está jugando al FIFA en la playstation. Pero si está estudiando medio embolado, el profesor de historia es un plomazo, no se va a acordar mucho. Si fuma un porro, se va a acordar menos”, explica.
Por otra parte, el presidente de la JND asume que aún no existen informes sobre la relación de uso de cannabis y los trastornos depresivos y de la ansiedad. “Es uno de los grandes debes en la política de cannabis y en Uruguay todavía no tenemos buenos datos en relación a la salud mental”, dice. El psiquiatra es un defensor de la regulación uruguaya, que considera una herramienta de reducción de daños ya que, tanto el prohibicionismo, como el libre mercado no van a resolver las problemáticas de salud. “Tenemos que mantener el mercado de cannabis tal cual lo tenemos, regulado por el Estado, y además tenemos que mejorarlo. No tenemos que entrar en la locura del mercado del cannabis. Nos queda claro que abrirlo no nos va a beneficiar como, por ejemplo, lo está en Estados Unidos donde es más descarnado y esto lo regula el mercado”, asegura Rossi.
La evolución del THC
Jorge Soto es el fundador y director de Ananda Analytics, uno de los primeros laboratorios de análisis de cannabis de España. Su sede la tiene en San Sebastián de los Reyes, en Madrid, y ha sido premiado internacionalmente por la calidad en los estudios de las muestras. En un diálogo exclusivo con Mate, Soto asegura que “el aumento constante del THC en las plantas, año tras año, es una falacia y un argumento prohibicionista”. Para el laboratorista, no hay una tendencia constante y uniforme de aumento del THC.
Proponiendo un recorrido histórico de la evolución del THC en el cannabis, Soto dice: “Podemos marcar un comienzo claro con la popularización del ‘sinsemilla’, hasta que Rafael Caro Quintero y el cartel de Guadalajara, en México, la convierten en la estrella de los niveles de THC. Hasta ese momento, muy poca gente había tenido la posibilidad de probar cannabis sin polinizar y en el cannabis sucede que, si no es polinizada, la planta invierte más recursos en hacer más flores y resina, que es donde están los cannabinoides”. Además, explica que la mejora en las condiciones agronómicas, como el cultivo de interior, “permite lograr mejores cosechas que den de sí todo lo posible”.
Por otro lado, el español se refiere al desarrollo de la cruza genética. “Las plantas que se sembraban en los 70 eran variedades como las Thai, Red Congo, Colombian Gold, Hindu Kush. Todas Landrace”, dice sobre aquellas genéticas autóctonas. “Estas variedades tenían un nivel de cannabinoides inferior a los híbridos que se hicieron en los ’80 y principios de los ’90, que buena parte tienen origen estadounidense pero se desarrollaron en Holanda. Empezaron a disfrutarse genéticas con perfiles aromáticos más agradables y con perfiles orientados al THC gracias a los ‘sinsemilla’ de estos breeders”, sostiene Soto.
En la actualidad, “cuando analizamos las variedades rondan en valores al 15%. Hay genéticas míticas, como la Amnesia Haze, que tiene décadas y en condiciones de cultivo buenas pueden llegar perfectamente al 23%. Desde la década de 2010, algunos cruces pueden llegar al 30%, pero se populariza en la industria como reclamo del marketing. Entonces, entran en escena laboratorios poco fiables y sin escrúpulos que inflan los resultados para hacer felices a empresarios caraduras y a consumidores que se dejan llevar por el Hype” afirma el español.
Soto nos asegura que en sus análisis hay alrededor de un 18% de THC como media, siendo el rango 22-24% igual de común que el 14-16%. Hay variedades que llegan al 30%, sí, pero requieren condiciones de cultivo muy determinadas.
Las declaraciones de Soto tienen correlación con un estudio científico realizado por la Fundación Canna, que también se dedica en España a analizar muestras de cannabis, ya que en 2023 la mayor cantidad de THC encontrado estuvo entorno al 23% y la media alcanzó el 17%.
En cuanto a los resultados, las muestras de 2024 superaron claramente a las de 2020 en concentración de THC. Además, detallaron que la causa se debió a las mejoras en cultivos, selección genética o demanda de mercados que privilegian el efecto psicoactivo.
Javier del Río es el breeder encargado del banco 1439, uno de los primeros del país en obtener el registro del Instituto Nacional de Semillas (INASE). Él, junto al mítico Nicolás Geniso, fue uno de los primeros en el país que cruzó variedades.
“Lamentablemente el cannabis no escapa del clima de época. Como muchos (usuarios) buscan experiencias potentes y vertiginosas en su día a día, algunos enfocan sus planes de crianza concentrados casi exclusivamente en aumentar el nivel de THC”.

“Es fundamental la selección del material genético a partir del cual comenzar ese trabajo, su conservación y mantenimiento de la pureza varietal en formato esqueje o semilla. Cada planta tiene diferentes rasgos genéticos y morfológicos, que se expresan en determinadas características como producción, resina, olor, color, etc., por los que son evaluadas a lo largo de diversos ciclos, para luego ser seleccionadas entre un número de ejemplares como material que dará inicio al desarrollo de un nuevo hibrido”, explica sobre el inicio del trabajo para desarrollar una nueva variedad.
“Un desarrollo fitogenético dedicado y bien realizado puede contribuir a realzar la presencia de cualquier tipo de cannabinoides: tanto de THC o CBD, así como otros menos conocidos como el CBG o CBN. Esta tarea se ha simplificado en las últimas décadas a partir del crecimiento de desarrollo tecnológico aplicado a la planta, por ejemplo a través de los análisis cromatográficos gaseosos que nos indican los niveles de compuestos presentes y nos permite así trabajar sobre datos ciertos. Así como el desarrollo de marcadores moleculares, que nos permiten, de acuerdo al mapa genético obtenido, proyectar un desarrollo enfocado en aumentar, por ejemplo, ciertos cannabinoides”, dice.
En cuanto a la búsqueda del aumento de THC en las genética, del Río responde que “el ser humano y la planta tienen una conexión ancestral, terapéutica, espiritual y que todavía estamos descubriendo sus usos y potencialidades. Eso no quita que lamentablemente muchas veces el cannabis no consiga escapar de la lógica actual de consumo masivo, ni del clima de época. Y así como muchos buscan estímulos y experiencias potentes y vertiginosas en su día a día, algunos enfocan sus planes de crianza concentrados casi exclusivamente en aumentar el nivel de THC”.
“Desde que comenzamos a seleccionar y conservar ejemplares hace casi dos décadas, siempre nos detuvimos en retener genéticas que destaquen por su aroma y sabor, con perfiles muy particulares. Los terpenos y flavonoides para nosotros son determinantes, básicamente a la hora de buscar el placer que nos genera consumirla”, cierra del Río.
El debate no es si el THC aumenta o no, sino qué hacemos o dejamos de hacer con esa afirmación: castigar consumos o reducir riesgos desde la salud pública.



