Salir de la encerrona calle-cárcel-hospital con tierra, techo y trabajo

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La muerte de un hombre en situación de calle en Paraná avivó la idea de aumentar las internaciones. Una trama compleja que nos invita a ensayar ideas y mostrar alternativas al agotado modelo de calle-cárcel-hospital. A correr el eje del paradigma tutelar y reforzar la innovación en experiencias comunitarias.

1. Cuando la complejidad funciona como excusa y no como estrategia

Hace unas semanas Paraná despertó, el día más frío en lo que va del año, con la noticia de la muerte de un hombre de 67 años que dormía en la plaza central de la capital provincial. Se encontraba en situación de calle desde hacía varios años.

Murió de frío. ¿O murió porque no tenía una casa donde pasar el frío?

¿Qué (nos) decimos cuando pasan estos eventos? Un informe reciente señala que en 2025 ya sesenta personas murieron por vivir en la calle. Y en Paraná, los registros locales señalan que entre 2023 y 2024 se triplicó el número de personas y familias sin techo, aunque este problema no es reciente. 

Es como cuando, cada invierno, en nuestras escuelas suspenden las clases por el frío. ¿Por el frío? ¿O por el desfinanciamiento sistemático a la educación y el deterioro evidente de su infraestructura? 

Decir que alguien murió de frío, es parecido a cuando por un femicidio llenamos el casillero de causa de muerte con «paro cardiorespiratorio». Identificamos el final de la trama, el instante previo al desenlace, lo evidente. Pero poco hablamos —y menos aún planificamos y ejecutamos— sobre los motivos, las condiciones y los contextos que precipitan esos efectos.

Entonces, sobreviene la justificación: «lo que pasa es que es muy complejo», y entonces repetimos viejas fórmulas para decir que «algo hicimos».

Vamos a intentar, entonces, proponer algo muy simple: ensayar algunas ideas, y contar varias experiencias, para mostrar que toda esa complejidad tiene salidas diferentes a la ya agotada respuesta que nos ofrece la tríada calle-cárcel-hospital.

Esta es la primera idea: demos vuelta la pregunta. En vez de indagar ¿por qué algunas personas «no quieren ir a los refugios» o «no se dejan ayudar»? Proponemos preguntar —y conocer— ¿Qué experiencias han sido efectivas en el acompañamiento a vidas frágiles y, a veces, arrasadas por tanta complejidad?

2. Primero lo primero

Benedetto Saraceno (1948-actualidad) es un reconocido psiquiatra que formó parte de la reforma psiquiátrica impulsada en Italia, quien —junto con referentes como Franco Basaglia, Franco Rotelli, Franca Ongano, entre otres— condujo a la transformación de las prácticas en salud mental en clave antimanicomial. Una de las varias ideas que desarrolló es el modelo conocido como “Housing first” (que podríamos traducir como “Primero, la vivienda”). Suena bastante simple: el acceso a la vivienda permanente e individualizada, en este modelo, se plantea como punto de partida —no ya como resultado de un proceso de recuperación— para personas que quedaron en los márgenes de la ciudad.

Lo interesante de esta propuesta es, sobre todo, su premisa fundante: la vivienda se otorga incluso si la persona se niega a recibir tratamiento; ya no se trata ni de un resultado ni tampoco de una recompensa. Así, el derecho a la vivienda no entra en la cadena de intercambios o negociaciones durante el abordaje, sino como condición necesaria.

Se trata de otorgar viviendas individuales y seguras, integradas en la comunidad. Al incorporarse al proyecto, las personas reciben el apoyo de un equipo flexible de profesionales de diferentes áreas para responder a sus necesidades y acompañarlas en su permanencia en la vivienda. Y es desde allí que se las anima a acercarse a otros espacios de salud, atendiendo también a la dimensión singular de los padecimientos y atravesamientos vitales.

Así Housing first avanza, también, en un debate ético-político fundamental: no hay posibilidad de terapia (en un sentido amplio de la palabra) si no hay libertad. Y más todavía, si pensamos en la historia del tratamiento que hemos ofrecido en estos asuntos, tantas veces ligados a enfoques coercitivos, de ruptura con los centros de vida de los sujetos, de pasos a cumplir para acceder a formas de participación y decisión, dudosos en sus fines y alcances.

Este modelo se extendió a otras latitudes. En Brasil podemos encontrar una variedad de experiencias de “Moradia Primeiro”, que evidencian sus beneficios en múltiples sentidos: la reducción de tiempos y costos de internaciones, la disminución de consumos problemáticos en les usuaries, la continuidad de los cuidados en salud y la integración comunitaria como medidas del «éxito terapéutico». Estas experiencias se enmarcan en diferentes políticas públicas, tanto nacionales como de los gobiernos locales.

3. Otro eje para la discusión

La crisis habitacional (y las urgencias sociales, económicas y de seguridad social) que estamos atravesandoresolverse no puede resolverse —ni a corto ni a largo plazo— insistiendo únicamente en «aumentar camas de internación».

Y esto por varias razones: por su (in)eficacia, por los (altos) costos en salud, por los (infames) costos subjetivos que implica vivir o morir en el hospital. Y porque la experiencia del manicomio no pesa solo sobre los sujetos diagnosticados y allí hospitalizados. Como bien se ocupa de explicar Alicia Stolkiner, la institución asilar manicomial —y las distintas formas que asume el encierro— no es algo que se le aplique exclusivamente a la persona que está dentro, sino que es una experiencia que se realiza con la sociedad en su conjunto. Y continúa: “es una experiencia dirigida a producir un efecto de construcción en la sociedad (…) y ese efecto es de segregación”.

Las alternativas al encierro no son sencillas de diseñar, sobre todo si pretendemos construir nuevas reglas de juego que posibiliten vidas libres, soberanas en sus cuerpos y deseos, respetuosas de las diversas identidades y modos de ser-hacer con lo dado. ¿Quién quiere vivir en la calle? ¿Quién quiere vivir en un hospital? ¿Quién quiere ser un refugiado? ¿O por qué creer que la construcción de una cárcel,, que el propio gobernador santafesino denomina El Infierno es, acaso, una buena noticia?

Es tiempo de desafiarnos, para que la perplejidad y el agotamiento del sistema tal y como lo conocemos no nos impida avanzar en la exploración de otros modos de construir dispositivos para alojar vidas arrasadas, desbordadas, fragilizadas, atravesadas por múltiples exclusiones.

4. Para qué hacemos lo que hacemos. Distinciones necesarias

La siguiente idea para escapar a la medicalización de la vida, en otras palabras, para no reducir problemas complejos a una clasificación de signos y síntomas que poco dicen de las historias, necesidades y deseos de los sujetos, sería algo como lo siguiente.

Las experiencias variopintas que han demostrado hacer algo distinto al encierro y el control, pueden hacer algunas distinciones que no necesariamente conducen a nuevas clasificaciones. Para empezar, hay que distinguir las nociones de recuperación y cura

En el campo de la salud mental, muchos abordajes requieren equipos de acompañamiento a la vida cotidiana de las personas. Más cuando los motivos para acceder a la salud están entramados con condiciones de desventaja social, precariedad laboral, redes de afectos fragilizadas. Hablamos de recuperar ámbitos de encuentro con otres y proyectos deseantes, vidas que no solo piensan en sobrevivir. La cura puede o no llegar, porque en todo caso cabe la pregunta: ¿qué es la cura? ¿Qué significa curar? ¿La salud se pierde o se tiene? ¿Quién define qué hace bien y qué enferma? La noción de cura refuerza los pares sano-enfermo / normal-anormal. Y así, cada vez tenemos más recetas para sobrellevar la angustia y soluciones cuasi-mágicas que nos rescaten del sinsentido, mientras «los incurables» sufrieron todas las modalidades de violencia y descuido, incluso, en nombre de la ciencia.

En cambio, proponemos recuperar la posibilidad de volver a la comunidad. Si debemos “curarnos” para llegar a una vivienda, algo anda mal. No tenemos que esperar al final del proceso para acceder a una vivienda, a la posibilidad de un trato amable, o lo que imaginemos como parte de un abordaje integral. Tampoco abonar a las ideas de «reincidencia», «factores de riesgo» que no conocen de culturas, identidades y territorios. «Pronósticos», «recaídas» o «cronicidad», todas formas de caer en la trampa que nos propone el modelo biomédico.

Como bien reclama el colectivo de usuaries de salud mental y sobrevivientes de la psiquiatría: la vida no cabe en un diagnóstico. Las trayectorias en salud son tanto más sinuosas y, ¡por suerte!, tanto más abiertas y azarosas que lo que nos enseñan los viejos manuales de psiquiatría al enunciar con arrogante certeza los cursos posibles y los pronósticos en salud mental, operando más como excusas de métodos rancios que como orientaciones terapéuticas.

Recuperar funciona aquí como idea-puente: recuperar la posibilidad de vivir en comunidad y esa indispensable lista de derechos venideros para la vida en común que nos regaló Marcelo Percia (2019), advertido de que:

“Manicomios no terminan de desaparecer y otras formas de estar en común apenas comienzan a vislumbrarse. / No alcanza con incendiar instituciones totales. / Nunca más manicomios, supone nunca más vidas sin sensibilidades liberadas, sin rarezas, sin anomalías, sin discrepancias, sin disidencias. Sin demasías. / La expresión vidas después no designa una circunstancia de pasaje en el tiempo. La palabra después, en este enunciado, trabaja más como adjetivo que como adverbio. / El después, en este caso, califica vidas resabiadas. Vidas deshabituadas, desenredadas de las costumbres, con mañas y astucias para rebuscárselas. Vidas, con candores y recelos, que han sobrevivido a intemperies, vacíos, desamparos. A desamores y a todas las drogas. / La civilización que conoció Auschwitz, ¿qué aprendió en más de cien años de encierros?, ¿qué supo de las exclusiones, expulsiones, privaciones, violencias, abusos, violaciones?, ¿qué entendió de los alcoholes, pastillas, angustias, tristezas?”

En 1990, Eduardo Menéndez publicaba “Morir de alcohol: saber y hegemonía médica”, que fue actualizado y ampliado en una versión publicada por la UNLa en 2020. Uno de los aspectos en los que el autor encuentra continuidades más allá del paso del tiempo —¡entre 1990 y 2020 pasaron 30 años!—, es que el problema del alcohol permite observar procesos antropológicos, sociales, colectivos y biográficos que la biomedicina no toma en cuenta. O bien, cuando los especialistas de los aparatos médico-sanitarios los reconocen, muy excepcionalmente los utilizan a nivel clínico o preventivo. Y cuando los utilizan, frecuentemente terminan medicalizando las propuestas antropológicas.

El método tradicional de abordaje de la encerrona calle-cárcel-hospital nos habla de cómo construimos socialmente la otredad, con actitudes predominantes que buscan la eliminación, el encierro y la corrección de las personas alcanzadas por los discursos y las prácticas biomédicas/tutelares en salud mental.

Pero entonces, ¿dónde rastreamos una manera de zafarnos de esta historia de medicalización, corrección, rehabilitación, encierro y disciplinamiento?

5. Experiencias cercanas pueden darnos algunas pistas

Red Puentes es un dispositivo de abordaje comunitario e integral de los consumos problemáticos y situación de calle. Surge desde el Movimiento Popular Nuestramérica, en articulación con un Sedronar que lamentablemente está cada vez más orientado a ver consumidores-delincuentes que a promover políticas de cuidados para usuaries de drogas.

Red Puentes nace del impulso de vecinas y vecinos ante la urgente necesidad de ensayar respuestas a las problemáticas que atravesaban personas allegadas, quienes muchas veces ni siquiera asoman al sistema de salud por la frecuente estigmatización y criminalización que todavía enfrentan al llegar a las instituciones de salud, educación, justicia y desarrollo social.

La Red está compuesta por casas de abordaje comunitario e integral, corriendo el eje del modelo hospitalocéntrico hacia otro con base en la comunidad. Por eso, se presenta como una herramienta colectiva y comunitaria, con sedes en todo el país.

En sus redes sociales expresan:

Entendemos a la salud como proceso complejo, multidimensional y sistémico, lo que nos permite trabajar los consumos problemáticos teniendo en cuenta los diferentes procesos que existen y se reproducen en las diferentes dimensiones de la vida: singular-particular-general. El trabajo de Red Puentes, a la vez, excede a las problemáticas de consumos. Trabajamos en el fortalecimiento subjetivo, a través del desarrollo de redes y lazos sociales, para la construcción conjunta de herramientas y recursos que permitan cuestionar y generar una lectura crítica de las continuas situaciones estigmatizantes a las que las personas se encuentran expuestas históricamente.

Otra experiencia cercana es la que tiene lugar en la ciudad de Santa Fe, conocida como Centro Educativo Autogestionario Caracoles, una organización que fue tomando diferentes formas y habilitando proyectos para alojar y acompañar vidas cotidianas, desamarres, apuestas grupales y deseos de quienes allí se encuentran en la Ranchada, en los grupos cooperativos y en otros espacios promotores de salud, derechos y comunidad.

También quisiéramos compartir las experiencias que nuclea la Red de Cooperativas Sociales a nivel federal, y que en la región litoral cuenta con grupos de emprendedores/as, cooperativas en salud mental y empresas sociales de valiosas trayectorias para conocer. Se trata de proyectos que ponen en primer plano la restitución del derecho al trabajo para quienes han sufrido la expulsión del mercado laboral. El trabajo como condición de salud, clave para el desarrollo de la autonomía de quienes trabajan en los circuitos de la economía popular. En palabras de un compañero de Movida de Locos, “el trabajo como la posibilidad de hacerse cargo de la vida de cada uno”.

Proponer modalidades de abordaje en comunidad supone llevar adelante intervenciones creativas, a veces urgentes, hasta inmediatas. Otras estrategias se despliegan en el tiempo. Cuánto tiempo, de qué forma, dónde y con quiénes, es algo que se va tejiendo para cada vida y en cada entorno. Con criterios, sí; que no es lo mismo que pensar en clave de protocolos rígidos, ni pautas fijas, ni admisiones expulsivas, tampoco intercambios desafectivizados o narrativas despolitizadas.

Acompañar vidas cotidianas supone mucho más que un «plan de tratamiento».

6. El encierro no cuida ni cura

“Ella me decía, ‘lo bueno es que vos tenés una cara

normal, a vos no se te nota’, y es verdad, 

a mí me tratan bien porque no tengo cara de loca”

Las marcas del manicomio y las garantías para habitar el barrio.

Acabamos de despegar cura de recuperación. Ahora necesitamos interrumpir otras operaciones que suelen activarse casi por inercia: las ecuaciones riesgo-peligro/cuidado-control/seguridad-encierro. Quizá un poema de Marisa Wagner —médica, poeta y quien fuera largos años internada en la Colonia Montes de Oca— nos ayude a entender estas necesarias “Disquisiciones”:

“Cada sociedad tiene el hospicio que se merece…”

Y uno, que vive en esta sociedad,

Quiero decir, en este hospicio,

sabe a ciencia cierta,

que eso es cierto.

Y si está de gusto, como casi siempre,

se pone a hacer disquisiciones.

Piensa, por ejemplo,

en el puesto de vigilancia que está en la puerta.

No se sabe muy bien para qué sirve.

Si para evitar la salida de los locos

o para evitar la entrada de los cuerdos.

Por lo primero,

no debieran preocuparse, creo.

Los que estamos adentro,

escuchamos radio,

miramos televisión,

quiero decir, estamos informados

de lo que pasa afuera.

Y muchas ganas de salir no tenemos (…)

Hay que sacar las rejas, eso lo decimos y sabemos hace rato. Pero necesitamos sustituirlas por humanidad. Por recursos humanos. Y más en aquellos servicios y espacios que reciben situaciones de crisis agudas. También, para el trabajo en territorio. Y para diversificar las propuestas, que ya no pueden ser esa encerrona trágica: calle-cárcel-hospital.

Como bien aclara la Ley Nacional de Salud Mental Nº 26.657 en uno de sus artículos finales “Queda prohibida por la presente ley la creación de nuevos manicomios, neuropsiquiátricos o instituciones de internación monovalentes, públicos o privados. En el caso de los ya existentes se deben adaptar a los objetivos y principios expuestos, hasta su sustitución definitiva por los dispositivos alternativos. Esta adaptación y sustitución en ningún caso puede significar reducción de personal ni merma en los derechos adquiridos de los mismos”.

Desmanicomializar, desinstitucionalizar, desestigmatizar y despenalizar, son todas operaciones que forman parte de la misma trama. Nuestres amigues de Uruguay lo explican con claridad. “Es necesario cerrar para abrir, es necesario abrir para cerrar. En esa contradicción instalamos el barullo y agitamos los cuerpos que buscan una salida (…) Porque de eso se trata. Es transformar nuestros pensamientos, por lo tanto nuestras prácticas, en relación a la locura, a lo normal, a lo cuerdo, a las formas de vincularnos, de mirar, de vivir”.

Politizar los malestares y los diagnósticos implica, a su vez, politizar los riesgos. La historia de medicalización de los padecimientos condujo a decisiones tutelares, negando existencias más soberanas de los cuerpos y deseos. Entonces, cabe la reflexión acerca de cómo ponemos al servicio de la innovación aquellos «avances científicos», incluso en el terreno más propio de la industria farmacológica y del saber médico tantas veces puesto en discusión. El paradigma de reducción de riesgos y daños en el uso de drogas, que incluye saberes múltiples y experiencias plurales, es otra pista para seguir conociendo. 

7. Priorizar lo evidente

La última idea-pregunta que ensayamos aquí podría formularse así: ¿En base a qué evidencias construimos nuestras teorías explicativas, nuestras planificaciones institucionales y nuestras discusiones políticas?

Trajimos solo algunas experiencias para conversar y proponer. Hay muchísimas más. Experiencias que podríamos tomar como evidencias. Necesarias aunque no suficientes, sobre todo cuando las desigualdades se agudizan.

En tiempos urgentes, conviene ordenar las prioridades. Primero la vivienda. Lo argumentamos y lo explican las personas en situación de calle. En el último ítem del relevamiento realizado en Paraná (ReNaCALLE, 2023) se puede leer el subtítulo «Perspectiva de superación». En ese apartado, al preguntar las percepciones acerca de los medios para superar la situación de calle, la mayoría respondió “tener una vivienda permanente”.

Dice Emiliano Exposto —doctor y profesor de filosofía, en su reciente publicación de Furia ediciones titulada “La política de los sintomáticos” (2025)—: “La politización de nuestra salud mental implica una disputa objetiva y material contra la precariedad, la desigualdad y la explotación. Y una disputa anímica y subjetiva contra todas aquellas marcas inconscientes que nos llevan a reproducir los imperativos que nos dañan”. Entonces, “si nuestra salud ha sido expropiada, necesitamos alianzas entre diversos frentes de acción y cuidado. Una política antimanicomial en todos los frentes” para orientarnos en “¿cómo hacer de nuestros malestares una potencia de resistencia?”

Al final, se trata de la pregunta acerca de qué vidas importan. Y esto orienta nuestra tarea: qué hacemos y qué haremos con todes quienes desbordan y resisten la deshumanización para profundizar, desde allí, las discusiones sobre qué proyectos fortalecer y cuáles sustituir de una buena vez.

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