¿Tomamos alcohol para calentar el cuerpo, o el espíritu? Eso se preguntaba Hernán en su primera noche en la estación. Había venido a Capital por una changa de fin de semana. Después del laburo sus compañeros lo invitaron a tomar unas birras y perdió el último tren. Volver en bondi a San Miguel, a esa hora, ya no tenía sentido. Estaba bien abrigado y tenía unas mantas que había rescatado del hotel que estaban vaciando. Decidió pasar la noche en la estación Chacarita del Tren Urquiza.
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Ya son 63 las personas que murieron en situación de calle en lo que va del año, nueve de ellas en las últimas semanas de ola polar. Y aunque es imposible adjudicar estos fallecimientos sólo al frío, cuando ni techo hay, sin dudas, la baja temperatura es uno de los principales desencadenantes. Hablemos del frío y el alcohol.
¿El alcohol quita el frío?
Para entender la relación entre el alcohol y el frío es útil pensar que producen efectos opuestos en nuestro cuerpo. Los mecanismos que se activan para protegernos del frío son inhibidos por el alcohol. Es verdad que sentimos menos frío pero ese es, justamente, el mayor peligro.
El frío:
- Vasoconstricción periférica: Los vasos sanguíneos más cercanos al exterior de nuestro cuerpo, es decir los de la piel y tejido subcutáneo se contraen, de esta forma llega menos sangre a la zona expuesta al frío y esto ayuda a conservar el calor. Por eso nos ponemos pálidos y las manos y pies se nos ponen helados.
- Tiritamos: este temblor muscular involuntario es un reflejo que se activa ante el frío y que genera calor corporal.
- Sentimos frío: aunque parezca obvio es quizás lo más importante, la sensación de malestar o inclusive de dolor que nos genera el frío fuerte, hace que nos abrigueos o busquemos refugio.
El alcohol:
- Es vasodilatador: llega más sangre a la piel, por lo tanto nos da la sensación de que estamos más calentitos. Sin embargo, ese bienestar es solo una sensación. La sangre cerca que llega hasta la piel hace que perdamos calor más fácilmente.
- Hace que sintamos menos frío: Inhibe los centros termorreguladores centrales en el hipotálamo y los termorreceptores periféricos de la piel, así nuestro cuerpo percibe menos el frío y disminuye el reflejo de tiritar. No temblamos tanto y por consiguiente no generamos ese calor extra que nos da movernos.
- Pérdida de sensibilidad al frío y somnolencia: En altas dosis de alcohol perdemos el registro sobre el frío que sentimos y eso hace que no busquemos refugio incluso cuando el frío pone en riesgo la vida.
Retomemos la pregunta: ¿El alcohol quita el frío? La respuesta es sí, quita el frío que sentimos. Pero a la vez, por paradójico que parezca, también quita el calor que tenemos en nuestro cuerpo y eso es lo peligroso, perder calor corporal sin sentirlo.
La gente se muere de frío en las ciudades
En el año 2020 Gregory M Dickinson publicó el paper: “Muertes relacionadas con la hipotermia: un estudio retrospectivo de 10 años en dos grandes ciudades metropolitanas de Estados Unidos”. Ahí hacen un seguimiento de una década sobre las muertes por frío en las dos ciudades más grandes de Estados Unidos.
En este período murieron de frío 139 personas en Nueva York , de las cuales el 36.5% dieron positivo para alcohol en la autopsia, siendo esta la principal sustancia involucrada. La principal población afectada son varones mayores de 60 años en situación de calle. El trabajo muestra que las muertes de frío en la calle no pasan sólo en países pobres, sino también en una de las ciudades más ricas del mundo. Lo que mata es el abandono.
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—¿Qué hacés así en el piso? Vení, agarrá esto —le dijo una voz áspera. Hernán miró con cuidado, sin saber si le hablaban a él.
—Sí, vos. ¿No ves que te vas a morir de frío?
Era un señor muy alto, con el pelo largo y canoso, estaba al lado de una columna a unos diez metros. Con algo de desconfianza, Hernán se arrimó. El hombre estaba bien instalado: tenía una bolsa de dormir que parecía entera, varias frazadas dobladas y una mirada ya curtida por el invierno.
—No podés tirarte así en el piso, tomá —le ofreció un cartón grueso, de esos buenos.
—Ahora te conseguís una bolsa de plástico y la tirás abajo. Nunca directo al piso. ¿No ves que estamos en julio?
—Gracias… ¿Cómo se llama? —preguntó Hernán, todo respetuoso.
—No importa. Yo no tengo nombre. Pero vos sí, así que mejor cuidate.
—Bueno, gracias. ¿Quiere un trago para calentar el cuerpo? —le ofreció su petaquita con whisky.
—No, nene. Se ve que no sabés. El trago, a la mañana. Si chupás ahora, te vas a morir de frío. Además, a esta altura, si tomo me meo en la cama —dijo el señor sin nombre, y se empezó a reír.
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¿Nos acostumbramos al frío? ¿Es más peligroso de noche?
Resulta interesante el trabajo de H. Ozaki: “Respuestas fisiológicas y rendimiento manual en humanos tras la exposición repetida al frío intenso durante la noche”, donde exponen a personas a tres sesiones de 20 minutos a -25°C intercaladas con 20 minutos de descanso a 10°C. En estas condiciones se observa un leve descenso de la temperatura central –la de los órganos internos– y una gran disminución de la temperatura periférica –piel, piés y manos–, a la vez que un aumento de la presión arterial.
Estos datos son los que habitualmente se esperan al exponernos al frío, sin embargo, lo sorprendente es que se repitió el experimento por la noche –con las mismas temperaturas– y se encontró que la temperatura central bajaba más, la periférica menos y la tensión arterial subía más.
Los resultados del experimento muestran que el cuerpo humano se adapta peor al frío durante la noche. Aunque las condiciones eran las mismas, por la noche la temperatura de los órganos internos bajó más que durante el día, mientras que la temperatura de la piel y las extremidades bajó menos. Esto indica que el cuerpo pierde menos calor por la superficie, pero no logra conservarlo donde más lo necesita: en el centro. Y así aumenta e riesgo de hipotermia.
Además, durante la noche se registró un aumento mayor de la presión arterial, lo que sugiere que el organismo hace un esfuerzo extra para compensar ese desequilibrio. En conjunto, estos datos indican que, a igual temperatura, el frío nos afecta más de noche.
Un estudio en el ejército estadounidense demostró que si nos exponemos periódicamente al frío atravesamos una adaptación, nuestro cuerpo se va “acostumbrando”. Reaccionamos mejor fisiológicamente y literalmente sentimos menos el frío. Es el fenómeno que vemos en lugares muy fríos como la Patagonia: los que viven ahí se pasean “desabrigados” para nuestros parámetros y los visitantes temblamos de frío aún con varias capas de ropa.
También se adaptan los practicantes del método Wim Hof, esa famosa terapia de la bañera llena de hielo, que combina respiraciones controladas, meditación y exposición al frío. Esta práctica demostró propiedades inmunomoduladoras y antiinflamatorias en condiciones de laboratorio, aunque aún no demostró disminuir la incidencia de enfermedades en la vida real.
La parte pudiente de nuestra sociedad está obsesionada con el confort, pero hay quienes se exponen voluntariamente a la hostilidad del frío extremo, en búsqueda de una mejoría en la salud. Mientras, en el otro extremo de la sociedad, algunas personas mueren literalmente de frío por no tener un techo.
En grandes ciudades, como Buenos Aires o Nueva York, ocurren las dos cosas en la misma cuadra. Un señor rico puede hacer su inmersión en hielo para luego irse a dormir calentito y a la vez, en la vereda de su casa duerme otro señor, de la misma edad, pero pobre. Y quizá no sobreviva la noche.
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“Murió de frío un hombre de unos 60 años en situación de calle. Por ahora se desconoce su identidad”, escuchó Hernán en el noticiero. Enseguida se acordó de aquella noche en la estación. ¿Habría sido aquel tipo sin nombre, rústico pero amable, que en un momento sensible le regaló una caricia al alma? Las imágenes de la televisión mostraban, entre sus cosas, dos botellas de whisky. Hernán –con los ojos llenos de lágrimas– sonrió. Su amigo de la estación nunca tomaba de noche.



