Antes de ser la bebida nacional, la yerba mate fue una droga prohibida. En el siglo XVI, los mismos hombres que temían a la koka en los Andes miraban con recelo el caá guaraní en el sur del continente. El mate —tan ligado hoy a la identidad rioplatense— y la koka —planta sagrada de los Andes y la Amazonía— atravesaron historias similares de prohibición, fueron perseguidas por poner en peligro el orden colonial y la moral cristiana.
Antonio Ruiz de Montoya, uno de los misioneros jesuitas más destacados entre las reducciones de pueblos de habla tupi-guaraní, por ejemplo afirmó que la yerba es de “(…) uso superticioso de hechizerias; y aun el olor y sabor que es zumaque, es muy semejante a la yerva del Piru, que llaman coca”.
Hacia el año 1560, Francisco de Toledo, virrey del Perú, dictó ordenanzas que amenazaban con la excomunión a todos los que emplearan las hojas de koka, ya que “embriagados con ellas, hablaban como el diablo o, al menos, se volvían locos”.
Como leemos en estos testimonios, ambas plantas, Ilex paraguariensis y Erythroxylum coca, destacadas por su importancia cultural, alimenticia, espiritual, medicinal y económica, sufrieron la misma censura. Fueron prohibidas y luego transformadas en mercancía con la que pagaban y/o endeudaban a quienes obligaban a trabajar bajo los regímenes coloniales de explotación. Me atrevo a decir que, en la actualidad, por ignorancia claro, un resabio de injusticia las sigue acompañando. Sin duda es más conocida la historia de prohibición de la koka que la de la yerba mate. De esta historia menos conocida me propongo escribir aquí.
El miedo al mate
Cuando los europeos llegaron a estas antiguas tierras, nuevas para ellos, no pudieron o no quisieron ver en el caá, una planta que convivió y acompañó desde tiempos ancestrales a las comunidades originarias káingang, gurani y aché. Prefirieron ver otro enemigo más, uno poderoso por su capacidad de transformar, de virar mundos españoles y católicos a otros nuevos y desconocidos. Ese arbusto podía contaminar la vieja sangre europea y tornarla viciosa, sedentaria, diabólica… decían los escritos y ordenanzas coloniales.
En aquellos tiempos, los invasores temían que los restos mascados o infusionados de esta verde hoja indígena ensuciaran su sangre o la santa moral de los extirpadores de idolatrías que llegaron para imponer un nuevo orden, un nuevo mundo.
Temían que contagiara de vagancia a todos aquellos que llegaran a estas nuevas tierras. ¿Y cómo no temerle a estas hojas que despertaban a los dormidos, socorrían a los cuerpos cansados y esclavos de tanto trabajo, que saciaban el hambre y la sed, que invitaban a la reunión, al diálogo, a la rebeldía? Se preguntaron ¿cómo no temerle a uno de los espíritus aliados de los hechiceros, de los brujos, de los sin fe?

Desde que conocieron las hojas y tallos tiernos de esta planta que hoy llamamos yerba mate, los españoles las catalogaron como un “vicio”, las relacionaron con la posesión demoníaca y por ello intentaron desterrarla. Repudiaron y excomulgaron a quienes hacían uso de esta planta. Y lo más interesante de todo es que este control no era solo hacia los pueblos originarios, sino que incluso los españoles “contagiados por el vicio”, como se les solía decir, eran también castigados severamente.
En este sentido, en su “Diario de fragata” el militar y explorador Francisco de Aguirre cita una carta fechada el 10 de febrero de 1595 donde el procurador Alonso de la Madrid le escribe al primer hijo de español nacido en el continente, Hernando Arias de Saavedra (Hernandarias): “(…) que las juntas que se hacen para tomar la hierba no son otra cosa que conversaciones de furia infernal contra las vidas, honras y famas de los prójimos con grandes desvergüenzas que se siguen a tales juntas”.
Al año siguiente, en 1596, el procurador apuntó nuevamente contra la yerba mate: “se ha extendido tanto el vicio y la mala costumbre de tomar hierba entre los españoles, sus mugeres e hijos, que exceden en ello a los indios…[y] es vicio que conviene extirparlo, aunque mas no sea por el pudor que deben tener los españoles…”
Como se observa, caa –la yerba mate– resistió conquistando paladares foráneos, tiñendo de verde las bocas y entrañas de los europeos. No distinguió género, ni edad. Arremetió incluso a los religiosos. Comenta al respecto el historiador brasileño Temístocles Linhares en su História econômica do mate, que continuaba en las cartas de militares, exploradores y religiosos la preocupación y la denuncia: “(…) por tomarla, no oyen misa ni sermones, quebrantan los ayunos y dan mal ejemplo a los hijos (…) y lo que es peor les quita la frecuencia del sacramento porque antes de amanecer comienza estos vicios(…)”
Cuando la inquisición se metió con el mate
La yerba mate ya no sólo preocupaba a los funcionarios y las autoridades inquisitoriales. El jesuita Diego de Torres argumentó en 1610 ante el tribunal de la Santa Inquisición de Lima que “Casi todos los que usan de este vicio dicen en confesión y fuera de ella que es vicio, pero que verdaderamente no pueden enmendar y entiendo que así lo creen, y de cierto se enmienda uno, y lo usan cada día, y algunas veces con harto daño de la salud del cuerpo y mayor del alma” y luego dice: “Juntarse muchos a tomar este vicio, que les quita la frecuencia de la misa y sermón por la imposibilidad de no estarse tanto tiempo privados de ella, haciendo frecuentes salidas del templo”. Por último sentencia: “No digo los demás inconvenientes que tocan al gusto y salud y a los muchos indios que mueren cogiendo y tostando esta maldita yerba, que es gran lástima y compasión; y el escándalo que los españoles y sacerdotes dan con este vicio, solo digo que ellos y los indios se hacen holgazanes y perezosos, y van los venidos de España y los criollos y criollas perdiendo, no solo el uso de la razón, pero si la estima y aprecio de las cosas de la fe, y temen tan poco el morir muchos como si no la tuvieran, y de que tiene poca tengo yo muy grandes argumentos”.
El jesuita Diego de Torres argumentó en 1610 ante el tribunal de la Santa Inquisición de Lima que “Casi todos los que usan de este vicio dicen en confesión y fuera de ella que es vicio, (…) con harto daño de la salud del cuerpo y mayor del alma”
Reforzando este punto de vista, hacia el año 1630, el historiador español Antonio de León Pinelo se ocupó entre otras cuestiones en estudiar aquellas plantas que podían interferir o corromper el ayuno religioso, sobre todo haciendo foco en el cacao en un libro que llamó “Question moral, si el chocolate quebranta el ayuno eclesiastico: tratase de otras bebidas i confecciones que usan en varias provincias”.
Respecto a la yerba mate, Pinelo escribe en el capítulo X: “Doy fin a todos estos licores y bebidas con una, que ni se aplica a quitar el hambre, ni a templar la sed, sino que siendo medicinal se ha convertido en vicio, y originada de la Provincia del Paraguay, se ha extendido por todo el Perú, y a veces llegado a esta Corte. Cógese en aquella Provincia una yerba que por antonomasia le ha quedado el nombre de Yerba del Paraguay, porque solo allí nace y de allí se lleva a las demás partes. Molida parece zumaque. Esta se echa en agua caliente, y en un mate, que es un vaso grande de calabaza, se bebe hasta en cantidad de una azumbre [aprox. 2 litros], y a veces de dos en tres y cuatro veces. Y habiéndola tenido un rato en el estómago entretenido con tomar en el ínterin Tabaco, o Coro en humo, incitando el vómito se vuelve con facilidad a trocar. Su invención fue como medicina por las flemas que arranca; pero ya ha dado en ser vicio, porque hay personas que la beben dos y tres veces al día, y se juntan a esto tan de propósito, y con tantas comodidades como para un convite, o recreación muy grande”.
Concluye el historiador español: “no quebranta el ayuno eclesiástico, por ser bebida de agua, y respecto de ella muy poca la yerba, que cuando fuera más, toda se vuelve a trocar a fin de dejar sustento alguno, antes entre sus efectos es el uno aumentar la gana de comer. El ayuno moral bien juzgo que le quebranta: porque si bien en algunos es medicamento, y bueno, si se usa con causa, en los mas es vicio, y cosa sin necesidad ni provecho”. En este sentido, un fraile dominico contemporáneo a este autor refuerza la idea del “quebranto del ayuno moral” ya que registró y condenó las cualidades afrodisíacas de la yerba mate, en tanto atentaba a los requerimientos sacerdotales del celibato.
El historiador español, no solo se ocupó del ayuno, y más allá de su juicio proscriptivo destacó el efecto emético o vomitorio que se le atribuía a la yerba mate, sin dejar de lado su condición de planta medicinal, temática que años después será abordada ampliamente en diversos escritos y tratados sobre plantas americanas elaborados cuidadosamente por los religiosos jesuitas. Aparecen en este relato, otras dos plantas indígenas de gran importancia cultural y económica para América del sur, el tabaco y el coro. Pero eso es otra historia, y si quieren saber más sobre estos vegetales, les remito al artículo “Pueblos originarios y sus plantas psicoactivas en Argentina”.
Hernandarias, el primer enemigo del mate
Hablemos de la prohibición de esta droga terrible. La primera que se conoce es la dictada por Hernandarias en el año 1596. Prohíbe y castiga a quien fuese sorprendido bebiendo yerba con 10 pesos de multa y 15 días de cárcel. En este sentido Federico Oberti en “Historia y folklore del mate” transcribe parte del documento que dice: “Y cualquiera persona, en cualquier estado y condición que beba esta hierba en público o en secreto, incurra la primera vez en diez pesos de multa y en 15 días de cárcel pública y en adelante sean castigados con graves penas”.
La primera prohibición de la yerba que se conoce es la dictada por Hernandarias en el año 1596. Prohíbe y castiga a quien fuese sorprendido bebiendo yerba con 10 pesos de multa y 15 días de cárcel.
Hernandarias fue un persistente perseguidor de la yerba mate. Reiteradas veces advirtió al rey sus preocupaciones. En el año 1618 escribió al rey Felipe II pidiéndole cédulas que endurezcan las prohibiciones. Al punto que llegó a quemar las cargas de yerba de algunos mercaderes, en varias ocasiones, por lo que le valió la queja y desaprobación de la Audiencia de Charcas.

En este mismo sentido prohibitivo, posteriores gobernadores del Río de la Plata y Paraguay, como Diego Martín Negrón, continuaron denunciando al Rey: “Hay en esta gobernación, generalmente en hombres y mujeres un vicio abominable y sucio, que es tomar algunas veces al día la yerba con gran cantidad de agua caliente, con grandísimo daño de lo espiritual y temporal, porque quita totalmente la frecuencia del Santísimo Sacramento y hace a los hombres holgazanes, que es la total ruina de la tierra y como es tan general, temo que no la podrán quitar, si Dios no lo hace”.
Años más tarde, se prohibió totalmente todo tipo de tráfico en lugares estratégicos de recolección y producción de yerba mate como en la zona de Mbaracayú, en el Paraguay colonial. Estas prohibiciones mermaron el tráfico de yerba mate pero no su consumo, que comenzó a aumentar en la clandestinidad debido a su condición de planta prohibida.
Extirpar el mate
Las autoridades coloniales recrudecieron su ofensiva contra la yerba mate. En el año 1677 se reunió una congregación provincial en Córdoba y allí los religiosos exigieron expresamente la prohibición del uso de la yerba, del tabaco y del chocolate, como sostiene el historiador argentino Juan Carlos Garavaglia: “(…) todos los congregados se levantaron con gran celo contra ese verdadero abuso, pues a menos que se lo compara con severísimas penas, el decoro y la celebridad de esta religiosa y apostólica provincia será sin duda deshonrado(…)”.
Las prohibiciones se continuaron aproximadamente hasta el año 1740. Una carta del sacerdote Antonio Machioni así lo confirma al actualizar la continuidad de la censura pero con la observación de que es posible el uso “moderado”. Indica que “A esa provincia pasan muchos europeos acostumbrados al tabaco… [y] muchos acostumbrados a algún desayuno ligero de chocolate, té o café(…)”, serán los recién llegados de esa Europa del siglo XVIII quienes ayudarán a reconsiderar la rigidez inicial frente a la yerba mate, sostiene Garavaglia.
Las autoridades coloniales y eclesiásticas emplearon las prohibiciones y los castigos en su proyecto de “extirpación de idolatrías” con la intención de erradicar cualquier práctica social y cultural de los pueblos originarios para fortalecer e imponer el sistema colonial. Sobre todo, si un producto local competía con los intereses feudales comprometiendo los privilegios de la producción que más interesaba al imperio español: el tabaco, el aguardiente, la plata, el oro, entre otros productos.
Tal como hemos visto hasta aquí, las prohibiciones se flexibilizaron con el paso del tiempo y, prácticamente, hacia el siglo XVIII las censuras son parte del pasado. El ejemplo más claro de ello es que los religiosos de la Orden de la Compañía de Jesús (jesuitas) hicieron durante todo ese siglo elogio de las propiedades terapéuticas del caa o caa mi. La yerba mate es conocida en muchos lugares del mundo ya no como “té del Paraguay” sino como “té de los jesuitas”, quienes desarrollaron programas de cultivo, ensayaron sus propiedades medicinales y alimenticias, dejando registro en manuscritos y cartas antiguas.
La apropiación católica del mate
Es curioso en este sentido, sostiene Garavaglia, como hacia 1710, año en que se encuentra fichado el texto del jesuita Pedro de Montenegro conocido como “Materia Médica Misionera” el autor del manuscrito afirma “(…) el padre de las misericordias… concedió a estas regiones la yerba, así como a la nueva España el cacao(…)”.
En plena prohibición del uso de la yerba, lo que era obra del mismísimo diablo para las autoridades gubernamentales, era obra divina para los religiosos de la Compañía de Jesús. Observando bien, esto no es casualidad. Lo que perseguía este elogioso y divino origen católico de la yerba mate era tratar de erradicar, confundir y tergiversar el origen guaranítico (mbya, kaiowa, ñandeva), káingang y aché de esta planta ancestral, borrar su mitología, su ontohistoria.
Lo que perseguía este elogioso y divino origen católico de la yerba mate era tratar de erradicar, confundir y tergiversar el origen guaranítico (mbya, kaiowa, ñandeva), káingang y aché de esta planta ancestral.
Será el mismísimo dios católico o el apóstol santo tomé quien intente reemplazar al héroe civilizador guaraní “pa’i sume” para futuras generaciones normalizadas. Estas intenciones y muchos de los esfuerzos que pusieron los religiosos de esta orden en hacer católico al caa, a la yerba mate, demuestra la importancia que tenía y tiene este ser-planta, en los distintos mundos indígenas.
Otro ejemplo de esta ambivalencia se observa en el libro del religioso Jesuita Florian Paucke “hacia allá y para acá”, que data de mediados del siglo XVIII. Cuenta allí cómo se relacionó por primera vez con la yerba mate: “Yo recuerdo que cuando estuvimos en Lisboa nuestro Padre Procurador Ladislao Oroz que nos conducía hacia las indias nos invitó a beber esta hierva. Por lo primero él la dio sin azúcar. Yo tuve bastante con trago y miraba la bebida. Oh –dijo el Padre Procurador– por más desabrida que ahora le parezca esta bebida, tan de buen gusto le parecerá en paracuaria y se va a acostumbrar mucho a ella. Recuerde entonces mis palabras”.
La yerba mate sigue siendo una bebida sagrada para muchos de los habitantes de Sudamérica. Ese primer sorbo de alimento, de energía, de calor para arrancar el día y salir a la vida. Es como esa primera bocanada de oxígeno que respiramos y que posibilita la vida fuera del útero materno. Pensar en un presente sin yerba mate no es imposible. Su pasada censura nos ayuda a entender parte de nuestra historia y la de otras plantas y prácticas. Esta prohibición nos ayuda a comprender cómo es vivir con la identidad proscrita, con la cultura amenazada; como hoy les ocurre a tantos otros pueblos.
*Leonardo M. Anconatani es Farmacéutico y Doctor en Farmacia y Bioquímica por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Se desempeña como Docente de la Cátedra de Farmacobotánica de la Facultad de Farmacia y Bioquímica (FFyB) de la misma Universidad y como Director del Museo de Farmacobotánica “Juan A. Domínguez”. Es Profesor titular de la Cátedra Farmacobotánica y Farmacognosia de la Carrera de Farmacia de la Universidad Maimonides. Se dedica a la investigación científica en las áreas Etnobotánica Médica, Etnomedicina, Enteobotánica y Farmacobotánica. Paricipa como colaborador y docente de la Fundación Lobeliana (Chile) y como editor de las revistas Dominguezia y Eleusis (LINCEPD-UNQ y CECCa).




