La Luz encendida y las marcas de la violencia

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Cuando el rechazo a su identidad de género la obligó al exilio de la casa familiar, Luz comenzó a prostituirse, dando inicio a un periplo que la llevó desde Santa Fe a Bolivia y que la terminaría dejando en la calle. Hoy, después de haber dejado atrás los consumos problemáticos y de haber vuelto a vivir en la casa de Alto Verde donde se crió, nos relata su historia.

—Antes de terminar la secundaria consumí por primera vez, pero pasó un tiempo hasta que se hizo habitual, que fue cuando mi mamá me echó de casa y comencé a prostituirme. Yo hacía poco me estaba travistiendo, y me encontré a un muchacho en El Castillo —un boliche gay de la Costanera de la ciudad de Santa Fe— que me invitó a vivir con él. Él consumía, y un día me dijo andá a trabajar, porque yo no tengo más plata. Me prostituí dos noches y la tercera me encuentro con un hombre que tenía un hotel clandestino y me metí a vivir ahí con él. Era en 1º de mayo y Padilla, todas las prostitutas de Facundo Zuviría iban a ocupar esa casita. Él cobraba en ese momento 20 pesos la media hora. La primera vez fue horrible porque tuvimos…hicimos el hecho bruscamente, porque yo no quería, y él no me quiso pagar. Bajé y le dije al viejo, que sacó un revólver y le dijo “pagale a la piba o te saco en un cajón de acá”.

La primera vez que vi a Luz fue en este mismo lugar donde hablamos ahora, en la Casa de Mujeres y Disidencias de Red Puentes en Santa Fe, hace casi dos años. En aquel momento se presentó como Lucifer, “mitad Luz, mitad Fernando”, y me contó que había dejado los consumos problemáticos —a los que ella refiere invariablemente como “consumo” a secas—, principalmente de cocaína, hacía poco. De su boca salía un flujo frenético e ininterrumpido de palabras, igual que ahora, que reúne situaciones, sensaciones, ideas y sentimientos de un modo tan caótico como maravilloso. 

—Después empecé a manejar el hotel yo. Publiqué un aviso de masajista en el diario El Litoral, ya tenía los contactos de las prostitutas y facturaba. A los dos años nos fuimos a Misiones. Teníamos tres departamentos, iban de todos los países. Jamás me paraba a pensar, porque el consumo te anestesia la mente. Pasaron tres años, el viejo muere, yo me quedo con mucha plata, autos, unos terrenos, un montón de cosas. Vos preguntame ahora dónde quedó todo eso. En la merca, en los narcos. Fácil vino y fácil se fue, porque yo no tenía alrededor vínculos que me contuvieran, familia que me orientara, amor por mí. No tenía nada ni me sentía nada.

Es un día lluvioso y Luz fuma un cigarrillo mientras mira por la ventana. Abajo la cumbia retumba en los parlantes. Es la hora del almuerzo. Muchas de las pibas que vienen a Puentes a comer y a darse una ducha pasarán la noche en la calle, bajo la lluvia, paradas en una esquina.

Luz vivió ocho años en la calle, después de haber yirado también durante años por Sudamérica. Pero no se acuerda casi nada. Solo vienen a su mente imágenes, como esa noche en el departamento de un traficante en Salta en la que vio morir a tres personas en el mismo lugar: “se estaban picando merca, o sea inyectando, y se pasaron, y los sacaron y los subieron a un auto y fueron y los tiraron por ahí”. Las características del consumo de Luz —crónico, feroz, intenso, en un contexto atravesado por la violencia y la ausencia de los derechos más elementales— afectaban de manera profunda su sentido de la ubicación en el espacio y el tiempo, su capacidad de discernimiento y su memoria inmediata.

—Yo me drogué en Bolivia, me drogué en Perú, me drogué en todos lados, y vos me decís Lu, ¿te acordás de algo?, y no me acuerdo de nada, porque cuando estás en consumo pasa todo tan rápido que no sabés ni en qué día estás, y capaz que yo te digo hace una hora nomás que arranqué y no, van cinco días. Lo mismo me pasaba cuando me prostituía, yo te decía pasé con tres o cuatro, mentira, me subí como quince veces en los autos, y yo me acordaba del primero y del último nomás.

La violencia es un elemento recurrente en su relato, pero era tan naturalizada que no hay ninguna ceremonia en ella: sucede a la luz del día, sin ocultamientos. Ella lo reconoce: está curada de espanto.

—En Misiones vi cómo querían vender personas, cómo negociaban con chicos. Vos imaginate todos los daños psicológicos y mentales. Ya nada me puede asustar después de todo lo que vi y viví. 

—¿Y cuándo empezaste a sentir esa voluntad interna de querer salir de ahí?

—Cuando me di cuenta que mi sobrinito tenía ocho años y que lo había visto cuando tenía tres. Cinco años de mi vida se me habían pasado y el pibito ya leía, escribía, andaba en bicicleta, ¿me entendés? Y yo me perdí eso. Me perdí todos los cumpleaños de él. Y digo: “¿Qué estoy haciendo?”.

* * *

Hacia su extremo este, cruzando el Puente Colgante, Santa Fe se extiende en una serie de barrios de carácter insular. Para llegar a Alto Verde hay que doblar a la derecha apenas se cruza el puente y hacer un par de kilómetros bordeando el río. Densamente poblado, con sus casitas bajas y sus calles sinuosas, el barrio fue inmortalizado hace ya más de 30 años por Carneviva, una de las bandas fundamentales del rock santafesino, en su canción “Alto Verde”. También fue el reino del Zurdo Villarroel, célebre narco que llegó a ser presidente del club de fútbol del barrio y el principal prestador de televisión por cable del mismo, hasta su detención en 2016.

Ubicación de La Boca, el barrio de Luz.

Alto Verde es algo así como un anexo de Santa Fe, y en su parte trasera está La Boca, que es como un anexo de Alto Verde. Su única calle de tierra llega hasta el confín de la isla, y a su orilla se despliegan las casas, más amplias que las de Alto Verde, muchas de ellas de fin de semana. De un lado el monte, del otro el río, y en el medio la gente: pescadores, albañiles, trabajadoras domésticas que transcurren sus días de forma silenciosa, conectados al resto del mundo únicamente por la línea 18 de colectivos, que deja de pasar a las nueve de la noche. Del otro lado del río, muy cerquita, está el puerto, hoy devenido en country, con su shopping, su casino y sus altas torres vidriadas de departamentos.

En esta isla nació Luz, hija de un papá “picaflor, que tuvo hijos por todos lados” y de una mamá que nunca aceptó la identidad de género de ella. “Ya a los 8 años les decía a mis tías que me quería vestir con ropa de mujer. Yo siempre me sentí así, mi mamá lo sabía. Tenía depresión, llegué a pesar 127 kilos, porque yo no era yo, no me amaba”.

Caminamos por el barrio y Luz me muestra una pequeña bajadita al río que está al lado de su casa. En la orilla, una humilde cruz de metal reza “Juan”. Me cuenta que es en homenaje a un pibito que se suicidó ahí mismo, mirando el río.

—A los 16 años yo andaba arriba de caballos, arriando vacas, atrapando chanchos, y hoy me cuesta creer ser esta mina que baila en la comparsa con tacos. Es parte de mi evolución. A los 18 años fue la primera vez que me vestí de mujer. Dos amigas me dijeron Luz, vamos a una fiesta de disfraces, y me vistieron de mujer. Pero no era fiesta de disfraces: ellas querían que yo me vea como quería. Me vestí, salí al boliche y me besé como con cuarenta pibes. Era hermosa para ellos, ¿me entendés? Y yo que había estado tantos años en la isla, con sobrepeso, me sentí una reina.

Desde ese momento, la vida de Luz se dividió en dos. Los días de semana vestirse de varón, atender su peluquería, aguantar que su mamá no la salude o que su hermano se metiera adentro de la casa para que no lo vieran con ella. Y los fines de semana, transformarse y convertirse en “una queen” en la Oveja Negra Pub, en la ELO o en Black and White.

Los consumos comenzaron en ese contexto, atravesados por la estigmatización de su deseo y su elección de vida. “Lo primero fue el cigarrillo, que lo agarré sola. Había discutido con mi mamá por mi sexualidad, me ratié de la escuela, compré un atado de diez y me lo fumé en tres horas. Y después el consumo de cocaína, que se potenció cuando mi mamá me echó de casa a los 21 años. Esperó a que fuera mayor para echarme. Yo había puesto un almacén en mi casa, una peluquería, y tuve que vender todo para irme, porque a ella le molestaba mi presencia en el barrio. Yo a veces pienso que consumía porque mi mamá no me aceptó. Yo creo que si me hubiese aceptado, capaz hoy sería una abogada o una trabajadora social”.

* * *

Solo una de cada siete personas que consumen drogas padece algún trastorno por ese consumo, según datos de las Naciones Unidas. Victoria Stéfano enumera una serie de motivos por los cuales la población LGBTIQNB+ es más propensa que la media tanto a utilizar drogas como a desarrollar consumos problemáticos, escribe en una nota que publicamos el año pasado. 

La tasa de desocupación entre las feminidades y mujeres travesti/trans es casi el doble que en la población general, y algo más de la mitad recurrió alguna vez en su vida al trabajo sexual o la prostitución, según el Primer Relevamiento Nacional de Condiciones de Vida de la Diversidad Sexual y Genérica en la Argentina (2023). El rechazo de las familias a su identidad de género, que se traduce en situaciones de violencia, expulsión del hogar y exilio forzado, las problemáticas de salud mental y la pobreza; hacen que la expectativa de vida de la población trans en Argentina no supere los 40 años.

“Los contextos donde las personas LGBT se desarrollan, son sumamente hostiles, y generan mayor propensión al desarrollo de padecimientos psicosociales”, pero “no por la propia vivencia interna de la identidad de género y orientación sexual, sino por las violencias, la discriminación y la vulneración de derechos en sí”, señalaba en la misma nota el Secretario de Salud Mental y Consumos de la Federación Argentina LGBT, Fer Albornoz. 

* * *

—Yo estuve trece días en coma —recuerda Luz—. Me estaba prostituyendo, era de noche, y una Kangoo con las luces apagadas me levantó (por los aires). Un taxista me vio y llamó a la policía, si no habría quedado tirada ahí, muerta tal vez. No recuerdo nada de nada. Ni siquiera del accidente, solo porque lo vi después con las cámaras.

—¿Fue la vez que más cerca estuviste de la muerte?

—La segunda. Yo morí una vez, en Salta. Había sido mi cumpleaños, tenía un kilo de cocaína, la estaba fumando, y en un momento fumé y el corazón se detuvo, pero el cerebro estaba despierto. Yo me quería mover y no me movía. Largué un poquito de humo, un poco más, y ahí volvió a activarse. Tuve un infarto. También me dieron un disparo, tengo un tiro acá en la pierna.

—¿Quién?

—Me lo dio un narco porque no quise practicarle sexo oral. Después trabajé para una narca, le limpiaba todas las casas, exponiéndome a terminar presa, todo para poder seguir consumiendo. Yo me salvé. Yo veía todas las sogas que me tiraban las pibas de Puentes, y si yo no agarraba una y empezaba a confiar en que tenía la fuerza para salir… Ellas siempre apostaron. Sin esa ayuda es muy difícil, por eso dicen que no te salvás solo.

Ya de vuelta en su localidad natal, y víctima del hostigamiento de unos prestamistas que le habían prestado plata a una de sus ex parejas, Luz huyó a Reconquista y luego a La Criolla. Luego volvió a la calle, hasta que terminó recalando en Nazareth, una entidad católica en Cañada de Gómez, en el sur de la provincia, luego de atravesar un mes de desintoxicación en el Hospital Protomédico de Recreo. En el proceso fue vital la ayuda del equipo de Red Puentes —dispositivo del movimiento popular Nuestramérica que propone un abordaje comunitario e integral de los consumos problemáticos y la situación de calle en todo el país— y de la Dirección de Mujeres y Disidencias de la Municipalidad.

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A la derecha, Luz en los carnavales de este año.

—Pasaron dos meses en Nazareth, ya no tenía cigarrillos y firmé el alta voluntaria. Yo me podía aguantar la comida, las discusiones, lo que sea, me fumaba un puchito y ya está. Cuando no tuve más eso, me fui. En la segunda internación, en cambio, ya tenía el Potenciar Trabajo, entonces dije bueno, voy, me interno y tengo para mis cigarrillos.

—O sea que tuviste dos internaciones, pero la primera quedó trunca.

—Sí, y la segunda fue definitiva.

—¿Y en el medio cuánto tiempo pasó?

—Y… cuatro años.

—Y ahí habías caído de nuevo en la misma.

—Sí, peor todavía, porque cuando uno va decayendo, decae peor y peor, te vas quedando cada vez con menos. Termina tu cuerpo todo sucio, oloroso, caminando por todos lados, buscando que alguien te de plata para poder seguir en esa historia. Termina tu cuerpo que no sos vos. Es otro, es un ser que no sos vos. En esos mundos oscuros de la noche siempre quieren aprovecharse de vos.

Para Luz, el punto determinante del tratamiento que recibió en Nazareth tuvo que ver con su “capacidad de entendimiento de la enfermedad”, adquirida a través del trabajo en valores, la inclusión social y la participación en actividades culturales y comunitarias como misas, obras de teatro y hasta recitales de La Delio Valdez y Soledad Pastorutti, que fueron para ella “muy significativos”.

Destaca también que el personal de Nazareth se esforzó particularmente en las gestiones para recibirla en su segunda internación porque sabían de su potencial: esa confianza fue clave para que creyera en sí misma y en su capacidad de salir adelante. “Tomar conciencia de la enfermedad permite ponerle un alto y autosuperarse para crear una versión nueva, sana y mejorada de uno, con normas y reglas que fomenten la rutina y la evolución”, explica.

No es extraño que la religión y la espiritualidad jueguen un factor preponderante en la recuperación de las personas que sufren adicciones. Quizás sea porque sus lógicas binarias y algo unidimensionales de salud y enfermedad constituyen, en las instancias más extremas, un anclaje potente para las personas a la hora de construir las narrativas sobre sus propios procesos de recuperación; o quizás sea, simplemente, porque ofrecen un sentido de trascendencia a personas cuyas vidas habían perdido el sentido. La respuesta, en todo caso, es compleja y seguramente merezca un abordaje más profundo, aunque acá podamos tirar algunas preguntas.

* * *

Mientras caminamos por La Boca, un grupo de pibitos se acerca a Luz y la saluda. Después aparece un primo, que la abraza y le dice que se olvidó de devolverle la Biblia, que ahí se la trae. Al ratito aparece su madre, la tía de Luz, Nancy, con la Biblia en una bolsa, y nos acompaña hasta el final de la isla, donde nos sentamos en un banco a tomar mate mientras miramos el agua, los dos chicos que pescan a unos metros, las lanchas y los barcos que pasan cada tanto levantando el ladrido de los perros.

Nancy recuerda todas las recaídas de Luz: ir a buscarla a un hospital a cualquier hora, irse a dormir con el corazón en la boca cada noche que dormía en la calle. Sus ojos brillan de orgullo al comprobar que tenía razón en no dejar de confiar.

—Si yo salía de Nazareth y me iba a alquilar a Barranquitas o a Villa del Parque, volvía a consumir. Tenés el narco ahí. Entonces yo dije “no, hagamos las cosas bien”. Hablé con mi mamá, arreglamos la situación y me vine. Ahora hace un año y medio que estoy viviendo en la casa de mi infancia, con mi mamá y mi padrastro. La Boca es una isla, estoy aislada totalmente. A las 9 de la noche terminó el último colectivo y se murió el barrio. Hoy tengo proyectos, soy independiente, mi mamá me quiere, tengo trabajo, no consumo, tengo un novio ejemplar.

—¿De qué trabajás?

—Soy acompañante terapéutica de personas, adultos mayores más que nada, hace ya un año y medio. Me gusta mucho ser una persona útil para alguien. Lo peor de mi trabajo es que me tengo que ver como hombre. Me lo exigen porque el tipo no quiere ser cuidado por mujeres. Entonces tengo que sacarme todo el maquillaje y ponerme un pantalón de hombre y ropa masculina. Yo me acostumbré, pero no quiero seguir actuando como una persona que no soy. Aunque en realidad la sociedad funciona actuando. Es todo una gran actuación.

Recuperar el amor y la aceptación de su madre fue vital en el proceso de recuperación de Luz. Es la hora de la siesta, y Andrea, la mamá de Luz, ya cerró el almacén hasta la tarde. Mientras pone la pava me muestran algunas fotos de la infancia de Luz. También me muestran fotos de los festejos de su último cumpleaños, que fue hace unos días, con toda la familia.

Foto de Luz a sus 14 años.

—Yo he estado en los dos lugares, en el sano y en el enfermo. Cuando estaba enferma, tal vez hoy te decía “no me des plata porque yo me voy a drogar”, y mañana te pedía “dale, dale, dame”. Como si fueran dos personas totalmente diferentes. Ahora estoy totalmente sana, hasta el cigarrillo estoy tratando de dejar.

—Es la evolución de la que hablabas.

—Sí. En este proceso de evolución, yo hoy me amo. El cambio lo comienza uno. Nadie se salva solo, pero primero está en vos, en tu voluntad y en tu fe. Pero lleva muchísimo tiempo. Uno no deja de consumir de un día para el otro. ¿Por qué consumiste?, me pregunto a veces. Y, tal vez porque así me sentía parte, cuando antes no me sentía parte de nada, ni de mi familia, ni de ningún vínculo real de amor.

—¿Creés en Dios?

—Sí, desde siempre. La fe mueve montañas. Yo en ese tiempo no tenía fe ni en mí, ni en Dios, ni en nada. Y empezar a conocerme, a amarme, me llevó a tener más fe en mí. Yo soy una persona muy espiritual. Me gusta el tarot, me gusta la numerología, me gusta todo lo místico, porque digo, ¿cómo puede ser que yo sea una mujer dentro de un cuerpo de un hombre? Ahí hay algo espiritual. Hoy me encuentro súper feliz porque estoy proyectando mi vida a futuro. Y también me gusta escribir, escribo mucho. 

—¿Qué escribís?

—Y, filosofía barata y zapatos de goma —ríe—. Es un pequeño diario de situaciones o de emociones que me tocaron vivir. Y eso me enseñó a valorarme más, porque yo decía “mirá lo que escribiste hace dos años”. Trato de buscar siempre lo positivo, y trato de ayudar, porque he sufrido tanto que no quiero que nadie sufra.

* * *

Antes de irme, Luz me muestra su pieza. Al lado de la cama tiene unos estantes decorados con unas letras que dicen “arte”. Sobre ellos, un popurrí de cosas: sahumerios, joyas, zapatos, una peluca rosa, un ajo, una biblia. Su ropa está amontonada a los costados de la cama: me cuenta que su próximo objetivo es comprarse un perchero. Las huellas de su vida pasada, las huellas de la violencia y de la discriminación, siguen marcadas en ella, pero hoy las mira desde la orilla de enfrente, con la fortaleza y la creatividad necesarias para transformarlas en arte, en amor, en vida: como si la luz, para Luz, hubiera vuelto a encenderse.

—¿Sos de llorar mucho?

—Cuando lloro es como que abro mi corazón, ¿no? Y lo tengo en la mano y digo, ¿por qué? Tal vez me pongo a mirar una película y lloro y sé que no estoy llorando por la película, sino por todo lo que me pasó a mí en la vida. Pero es un día y después ya está. Quiero que cada lágrima que cae por mi mejilla hasta mis pies sea para fortalecerme como una planta. Porque las raíces están acá —dice señalándose los pies—.

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