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16 junio, 2024

La impunidad lastima más que el agua: 15 años de la inundación de Santa Fe

“Las aguas del Salado visitaron mi barrio / fue una lengua enorme, sedimentosa, oscura / no se parecía al río manso de mi infancia / más bien era el mismo demonio / que estiraba su lengua sobre nosotros”.

Visitas, de Roberto Malatesta. En su libro Por encima de los techos (2004)

Santa Fe es una ciudad rodeada de ríos. La pesca, la maratón Santa Fe-Coronda o el Puente Colgante son postales de la ciudad. Sin embargo, las postales son imágenes congeladas. Y si algo caracteriza al río es que corre. El fluir del río involucra una dimensión espacial y otra temporal. El río lleva barro, camalotes y canoas que cruzan a la gente de la isla a la ciudad. Y el río, también, implica el paso del tiempo. Los minutos que se nos van de las manos mirándolo, sus crecidas y sus bajadas.

El 29 de abril de 2003, el río Salado protagonizó la aparición de una nueva y triste postal santafesina: la inundación. El agua entró por el oeste y avanzó hacia el sur, cubriendo los terrenos más bajos, que estaban (y están) habitados por las personas más pobres. La inundación también abarcó una dimensión espacial y otra temporal. Los que se movieron en el espacio fueron los evacuados: más de 130 mil personas, casi un tercio de la población total de la ciudad. El tiempo también se movió. Duró un par de días la inundación en sí: entre el día del 28 y la noche del 29 el agua cubrió los barrios periféricos de la ciudad, desde Barranquitas y Villa Oculta hasta Centenario y Chalet. Pero algunas personas no volverían a su casa durante casi un año, cuando por fin se cerraron los últimos campamentos de evacuados (La Tablada y La Florida). También pasó el tiempo para la Justicia: a quince años de una tragedia que pudo haberse evitado todavía no hay ningún condenado.

Finalmente, hay una tercera dimensión de la inundación, que escapa al tiempo y al espacio: la de la muerte. 23 fueron los muertos contabilizados de manera oficial; 158, los que relevó la Casa de Derechos Humanos.


Se pudo prevenir

La provincia venía recibiendo fuertes lluvias desde hacía meses. El punto clave de la cuestión era la Circunvalación Oeste, que se había inaugurado el 8 de agosto de 1997 durante el gobierno de Obeid. La obra funcionó como la pared de una gran pileta, impidiendo que el agua escurriera hasta que no superara la altura de esa defensa.

El agua entró por calle Gorostiaga. El tramo 3 de la obra nunca se había hecho, y en el proyecto se recalcaba la necesidad de hacer un cierre provisorio en esa zona. Tampoco se hizo, aunque podría haberse construido en 20 días.

El 10 de marzo, 50 días antes de la inundación, el pescador Sixto Montenegro comentaba con el canal de televisión Cable y Diario que había alertado a la policía porque “caían pedazos de siete metros del paredón del terraplén del lado del río”. “Toda el agua de lluvia del norte viene para acá”, agregaba. El 14 de marzo, el senador Alfredo Esquivel elevaba esta alerta a la Legislatura. El 26 de abril, el gobernador Reutemann declaraba que Santa Fe capital estaba “muy complicada”, y que “el número de evacuados que va a haber en la zona oeste va a ser altísimo”.


Se pudo evacuar antes

En la tarde del 28 de abril, el agua ya había ingresado a la ciudad. El ministro de obras públicas Edgardo Berli declaraba en la radio LT10 que estaban intentando cerrar las defensas, pero que si no se lograba “había tiempo suficiente para organizar una evacuación tranquila”.

En la mañana del 29, el intendente Marcelo Álvarez declaró en la misma radio que los vecinos de esos mismos barrios ya no iban a poder ser salvados, y aseguró que la Municipalidad iba a disponer camiones y colectivos para la evacuación. Mariela, vecina de Santa Rosa de Lima que habló con el programa “La conjura”, dice que estuvo hasta las 9 de la noche en el agua y no vio ni una lancha de prefectura. Menos, los camiones y colectivos que había prometido el intendente. Álvarez también dijo que el suroeste de la ciudad no iba a tener problemas porque la casabomba 1, correspondiente a esa zona, estaba funcionando bien. Ya en la tardenoche de ese día la realidad se encargó de desmentirlo. De esos barrios (Chalet, San Lorenzo y Centenario) se desprende la mayoría de los muertos reconocidos oficialmente.

Recién el 30 de abril Reutemann dinamitó las partes de la defensa que estaban reteniendo el agua. Luego declararía que, al estar recorriendo la zona el día anterior, alguien le había gritado que si dinamitaba la autopista lo iban a matar. Con esto justificó esta demora de un día en un contexto de emergencia. Un día después dictaría la Ley de Seguridad Interior: Santa Fe pasaba a estar militarizada. Mariela se preguntaba, desde el centro de evacuados, por qué los militares tenían ametralladoras, botas y chalecos antibalas, pero no chalecos salvavidas.


Se podría haber hecho justicia

El 3 de mayo, Reutemann dio una conferencia de prensa en la que dijo la célebre frase “a mí nadie me avisó”. Minutos después se contradijo, porque respondió que sabía que las lluvias llegarían a Santa Fe. También dijo que no había estudios sobre el Salado, y que el único dato existente en la provincia de Santa Fe era del que “va y mide con un palito y dice ‘hasta acá llegó’”. El 15 de mayo presentó su renuncia la secretaria de Promoción Comunitaria Adriana Cavutto por el acopio indebido de donaciones de sus empleados.

El Estado sólo reconoce 23 muertos. La Casa de Derechos Humanos, en cambio, estuvo recibiendo información y testimonios durante dos años. La cifra final alcanza los 158 muertos. Algunos de ellos murieron hasta dos años después por consecuencias indirectas de la inundación: estrés postraumático, infartos o cuadros depresivos.

Desde el 2003, se instaló la legendaria Carpa Negra de los inundados en la Plaza 25 de mayo, frente a la Casa de Gobierno. Muchos de los damnificados iniciaron juicios al Estado: con algunos, el gobierno arregló por atrás, aprovechando el desamparo en el que habían quedado los sectores más vulnerables. En algunas casas en las que vivían varias familias, el dinero (escaso) se entregaba a una sola persona, lo que generó no pocas disputas intrafamiliares. Pero el reclamo sigue, porque los inundados no quieren dádivas: quieren ser indemnizados. La figura de la indemnización implica daños y perjuicios, por lo que exige que el Estado asuma la responsabilidad de los hechos.

A 15 años de la tragedia, la causa penal sigue impune. Ha pasado por las manos de varios jueces, ha atravesado pedidos de prescripción por parte del ex intendente Álvarez, y nunca incluyó a Reutemann entre los imputados. Cada 29 de abril que pasa, la impunidad se perpetúa y suma una nueva página al dolor de todos los santafesinos que perdieron su casa, sus cosas, sus recuerdos y muchos de sus sueños. El río sigue siendo el mismo: un caudal de agua barroso que corre a la par del tiempo, pero que sigue devolviéndonos el mismo reflejo.

*Pieza publicada en la edición de mayo de 2018.

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#2003 #INUNDACIÓN #REUTEMAN #SANTAFE
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