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26 febrero, 2024

Ilustración de Guillermo Casañas

Crónica colectiva de un viaje de cactus San Pedro

Por Yacuruna, Queen of the Bongo y Mamihlapinatapai de Multifruta

Desde pibes nos hemos visto rodeades de prejuicios emergentes de una cultura occidental tradicional que desacredita y reprime las extrañas habilidades y el potencial psíquico de sanación y transmutación que tiene la figura del Chamán. Ni hablar de la exagerada preocupación social que se ha gestado durante tantos años, de manera colectiva, al mencionar la existencia de la auto-experimentación con enteógenos. Las plantas son estigmatizadas bajo el rótulo de droga y tantos años de desinformación causados por el prohibicionismo hacen que su potencial medicinal sea ignorado. Sin embargo, nada de todo esto se interpuso en nuestro camino. La decisión ya estaba tomada. Íbamos a tomar huachuma, planta de uso ancestral que, desde la Conquista, fue denominada San Pedro por los españoles. Y así se la conoce hasta hoy.

Las condiciones témporo-espaciales eran insuperables. La cita fue en San Esteban, un pueblito cordobés con más variedad de vegetación e historias ancestrales que habitantes. “¿Vamos a tomar San Pedro? Conozco un chamán de confianza.” fueron las palabras mágicas con las que uno de los pibes presentó la propuesta, a la que evidentemente fue imposible negarnos.

La confianza de la que hablaba había sido construida gracias a experiencias previas en las que Juan, el chamán que nos presentaría a huachuma, se había desempeñado con mucha seguridad, amor y buena predisposición. Ocurre que para él, el ritual inicia mucho antes del momento en que se bebe la sagrada medicina. De hecho nos instalamos en la comunidad un par de días antes, para tener tiempo de familiarizarnos con el lugar y la gente que lo habitaba. Además queríamos tener el tiempo suficiente para poder realizar una purga que limpiaría de residuos, tensiones y preocupaciones nuestres cuerpes y mentes. El ambiente no podía ser mejor. La comunidad quedaba bien alto, alejada del pueblo y metida en el medio del monte. La calidez de la gente y lo especial del entorno generaban una energía especial y mística, que hacía que el tiempo pase más lento.

El viaje interior

Una melodía de tambores que invadió progresivamente el espacio fue la señal. Estaba por conocer al Abuelito, como suele llamársele a esta planta. Entre la bola de fuego que nos iluminaba la cara y la mezcla de aromas propia del monte, percibía unas atmósfera que me transportaba a kilómetros de la cotidianeidad en la que estoy acostumbrade a moverme. Estaba distanciade de todo lo conocido y naturalizado. No podía dominar la situación, la curiosidad y las ganas de comprender me hacían parecer une infante.

Cuando quise acordar, ya lo estaba bebiendo. La fluidez del momento permitió que nos relajáramos y un porro comenzó a girar. Si bien la conversación era escasa, la conexión mental era absoluta. Me mantuve un rato abstraíde hasta que comencé a sentir calor. Una sensación similar al subidón del MD, con euforia y vehemencia incluidos. Ante el cambio de ánimo repentino Juan me ofreció rapé, para despejar la mente. Decidí recostarme al costado del fuego y cerrar los ojos.

Mi cuerpo se relajó por completo, y mi cerebro comenzó a crear hipnóticas imágenes. Eran similares a una aurora boreal en colores rosado, naranja y lavanda que cambiaban de forma al compás de la música. Simultáneamente a las visuales, una seguidilla de pensamientos existenciales irrumpió en mi mente. Llegué a olvidardonde me encontraba e incluso que tenía un cuerpo. Hasta que de repente pude recordar el sentido del tacto, y me hice consciente de que mis manos habían estado masajeandose entre ellas fuertemente, desde hacía largo rato.

Estaba sentade observando el fuego. Hace rato sentía que la planta estaba dentro mio, actuando en mi cuerpo. Sentía un subidón de energía que venía desde la base de mi cuerpo y subía hasta el pecho y la garganta, donde se estancaba. Esa traba me incomodaba, sentía la necesidad de hacer algo para facilitar que esa energía terminase de subir por mi columna. Enseguida tuve una arcada. Al toque me paré, fui atrás de la ronda que habíamos formado y, apoyade en la rama del árbol que nos abrazaba, vomité esa angustia que estaba impidiendo sentirme pleno. A través del vómito destrabé mi pecho y mi garganta para permitirles sanar gracias a mi firme intención de curarme y gracias al impulso de la medicina. Enseguida vino Juan y empezó la limpia.

Cuando logré reaccionar y sentarme divisé algo a mi derecha que me dejó helade. Eran Juan y uno de los pibes. Estaban haciendo una limpieza. No entendía mucho de que se trataba, hasta que alguien me comentó lo que era y me dejó más tranquile. Se trata de una transmutación que realiza el chamán al conectarse con todo ser vivo y su energía. Logra conectarse y adoptar los patrones energéticos negativos de le otre para luego expulsarlos de su cuerpo físico y sutil, dejándole su esencia libre de influencias externas.

Lo cierto es que cuando llegó mi turno, comencé a sentir una angustia interior que llenó mis ojos de lágrimas. Intentaba recordar lo último que había estado pensando y por qué tenía imperiosas ganas de llorar. Mis manos se agitaron exageradamente. “Juan, ¿qué pasa? Me tiemblan una banda las manos”, exclamé asustade. “Es energía, sos una persona muy cargada de energía vos… relajate y soltá todo”, me aconsejó. Y automáticamente emití un llanto desconsolado que parecía provenir de une niñe de seis años. Seguidamente me sentí envuelte en el más hermoso y prolongado abrazo.

Me senté y sentía que ya estaba todo bien. Miraba el fuego hipnotizade, admirando cómo mutaba constantemente en nuevas y diversas formas impredecibles. Podía observar en su esencia su capacidad para abrigar a través del calor, de renacer con mucha fuerza desde la madera muerta hecha leña. Pensaba que el mismo fuego que nos cobijaba podía incendiar un bosque, una persona, terminar con muchas vidas sólo con su ignición. Dentro de sí, como dentro de todes nosotres, el fuego tenía la habilidad de salvarnos del frío e iluminarnos en la oscuridad, así como de invadirnos con su presencia y terminar con todo a su alrededor. Comencé a reflexionar que esa gran capacidad que podía usar tanto a favor como en contra de la vida también me correspondía a mi y a todos los seres, teniendo todos que convivir con nuestra luz y nuestra oscuridad, equilibrando nuestras partes y usándolas de manera tal que beneficien al bienestar tanto nuestro como de les demás.

En un momento, sentí la necesidad de alejarme del fuego. Me paré y caminé en dirección al monte. La noche era cinematográfica: parecía estar hecha para nosotres. Estábamos en una especie de valle gigante, rodeado de montañas. Y parecía estar lloviendo en todos lados menos en el punto exacto en el que nos encontrábamos. Era un festival de rayos y truenos constantes. Los espacios entre las nubes en los que se llegaba a ver el cielo estaban llenos de estrellas vibrantes y llenas de vida. El cielo negro, cargado de nubes, se iluminaba con cada rayo y yo sentía que no pasaban más de cinco segundos entre cada uno. Era fantástico ver todo oscuro y que, de golpe, se iluminara con tanta claridad que podía observar las plantas adentrándose en el monte, volviéndose monte, formando el monte. El monte se imponía sobre nosotros, preparándose para soltar el conflicto que llevaba dentro de sí mismo en forma de tensión electromagnética y mucha agua para limpiarse (y limpiarnos).

Cuando me di cuenta, estaba al lado de uno de mis amigos más cercanos. Ambos mirábamos el cielo extasiados. Nos miramos y supimos exactamente lo que sentía el otro: que todo era hermoso. Que la naturaleza entera era un regalo, un regalo que se nos brindaba gratuitamente todos los días. Nos pusimos a llorar de felicidad. Nos abrazamos y nos recordamos el amor mutuo. No era necesario, porque sabíamos perfectamente que nuestras almas estaban sintiendo eso; pero igual lo dijimos. En un momento, el chamán se nos acercó también. La noche era tan increíble que hasta él se había alejado por un momento de su rol y se limitaba a mirar hacia arriba.

Les tres nos fundimos en la contemplación y la admiración hacia el fenómeno increíble que sucedía alrededor nuestro. Las plantas, el viento, las nubes con sus poderosos rayos luminosos, el aire ingresando por nuestras fosas nasales; todo esto era un espectáculo maravilloso que podíamos disfrutar. Entre nosotres y toda la naturaleza que nos rodeaba había una comunión, un entendimiento profundo del amor que fluia entre todes los seres de una manera imperceptible en un estado de conciencia ordinario. Todo respiraba en un compás vital orquestado imperfectamente. Huachumita estaba ahí para permitirnos ver ese fluir, para hacerlo consciente e incorporarlo a nuestras vidas. Estaba para mostrarnos esa esencia y recordarnos que nunca debemos olvidarla.

Charlamos un rato hasta que, finalmente, la lluvia cayó. Y recibir el agua en mi cuerpo era recibir todo el cariño que la Tierra tenía para brindarme. “La lluvia borra la maldad y lava todas las heridas de tu alma”, había dicho Spinetta. Y yo me acordé de eso, y realmente sentí que no tenía heridas, porque era un niñe. Era un niñe que acababa de caer en el mundo, que lo comprendía todo y a la vez no comprendía nada, y sin embargo estaba más consciente que nunca.

Después de un rato de mojarnos, decidimos entrar. Nos acomodamos en la piecita y Alejandra nos preparó unos chapatis calientes: una tortilla de harina riquísima. Comiendo, riendo y charlando fui sintiendo cómo, de a poco, huachuma se retiraba de mi cuerpo. Se retiraba en su faceta más explícita, pero sin dejar de recordarme que, en realidad, seguiría estando ahí conmigo. Al terminar cada experiencia con drogas soy consciente de que algo de mí cambió: pero que, en realidad, ese cambio me está acercando a mi esencia. Esta sensación nunca fue tan fuerte como con huachuma.

*Publicado en la edición de mayo de 2018.

#chamanismo #huachuma #MESCALINA #SANPEDRO
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