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18 mayo, 2024

¿Uso responsable? Entre la estrategia política y el mandato moral

uso responsable usuarios responsables
Ilustración de Carla Riani
La historia de la persecución a usuaries es la historia de una guerra moral por las buenas costumbres. El término “usuarix responsable” tiene una fuerte carga moral ¿Conviene presentarlo como modelo para todes les usuarios de sustancias psicoactivas? Proponemos “usuarie informade” como término neutro, despojado de cargas, deudas y obligaciones morales.

“Todos los medios de que se ha hecho uso para moralizar a la humanidad han sido en el fondo medios inmorales”.

Friedrich Nietzsche.

“¿Acaso una asociación mundial de gobiernos que prohíben «la droga» no está capacitada para (con idéntico fundamento) declarar cuando le apetezca una «panacea»?”

Antonio Escohotado

¿Por qué deseamos drogas? Básicamente por las mismas razones por las que deseamos otros bienes (…) ¿Por qué no hablamos [entonces] del «abuso del esquí» o de un «problema con las motosierras»?

Thomas Szasz

“Desde el punto de vista del racismo, no hay exterior, no hay personas de afuera, sino únicamente personas que deberían ser como nosotros, y cuyo crimen es no serlo”

Deleuze/Guattari

Recorriendo el concepto como terreno de disputa de sentido

Partimos de la base de que, tal como señala la antropóloga Florencia Corbelle en su tesis doctoral (2016), el concepto “usuario responsable” conlleva una fuerte carga moral. Para abordar esto, nos orientaremos con textos de filósofos y antropólogos. Definiremos entonces el término “usuario responsable” en base al trabajo de la mencionada autora, y haremos contrapuntos con disputas conceptuales.

Vale decir que el tono crítico va dirigido al concepto, y no al trabajo de Corbelle, ni mucho menos a los activistas, sino a ciertas ideas e ideales que se detentan y perfilan en ciertos discursos, aún al interior del movimiento cannábico. El objetivo de esta disquisición sobre la figura del “Usuarie Responsable” es en modo alguno invalidar los activismos y luchas políticas de quienes se autodefinen como tales, sino revisar las cargas morales que acarrea el término “responsabilidad”, y preguntarnos (bastante) si perpetuar la lucha en este terreno (moral) no puede ir en detrimento de las causas por las que, paradójicamente, se ha luchado. Corbelle misma lo señala: el concepto de usuario responsable es “canónico”, pero no está exento de disputas de sentido.

Habiendo contrapunteado el sentido del concepto, concluiremos propositivamente, acercando un término más neutral y no-moralista: el de usuarie informade.

La guerra (moral) contra las drogas

Sabemos que la “guerra contra las drogas” (y persecución a usuaries de las mismas) ha sido siempre esgrimida con carácter moral (racista, xenofóbico, inquisidor), y que ha sido perpetrada por aquellos sectores más conservadores (iglesia, derechas, elites gubernamentales) cuyas principales banderas son y han sido, las supuestas y autoadjudicadas “buenas costumbres”. Pero no se desata una guerra sin antes haber desenvainado fundamentos y certezas sobre lo “bueno” y lo “malo”, lo que “está bien” y lo que “está mal”, y sin haber localizado un Enemigo. Es de hacer notar también que de distintos trabajos antropológicos (Renée Girard) y filosóficos (Antonio Escohotado), se desprende que la localización de chivos expiatorios ha constituido siempre y en todas las culturas un elemento fundamental para conjurar ciertas violencias intrínsecas de las sociedades.

“Si buscamos un factor común a las muy diversas instituciones de los pueblos antiguos, puede considerarse permanente ‘el temor universal a la impureza (miasma) y su correlato, el deseo universal de purificación ritual (katharsis)”.

Tomando a Escohotado, y su Historia General de las Drogas, ya encontramos algo: “Si buscamos un factor común a las muy diversas instituciones de los pueblos antiguos, puede considerarse permanente «el temor universal a la impureza (miasma) y su correlato, el deseo universal de purificación ritual (katharsis)». Ahora bien, del griego nos llegan dos términos muy emparentados filológicamente: Pharmakon (veneno/remedio) y Pharmakos (víctima sacrificial/chivo expiatorio). Escohotado se pregunta cómo es que estas dos palabras para fenómenos tan disímiles puedan acercarse tanto en etimología, y encuentra un hilo conductor: la impureza, y la voluntad (individual y social) de “purificación” o “expiación”.

Toda sociedad tiene su pharmakos (chivo expiatorio-víctima de sacrificio), incluso a sabiendas inocente, quien deba pagar con su vida (ya sea como ofrenda a los dioses, o mediante el cumplimiento de una condena penal) por las “impurezas” sociales. ¿Y quién dictamina hoy, en nuestra sociedad, quién paga y quién no? ¿Quién es pasible de ser calificade como delincuente o enfermo, y quién no califica para estos términos y por qué? Para el caso de nuestra sociedad, yo diría que muchas de estas sentencias vienen moldeadas moralmente, con lentes cristiano-católicos, donde por ejemplo, el hedonismo (uso recreativo) es algo pecaminoso; donde los dealers son “mercaderes de la muerte” (Papa Francisco dixit) o como expresa Martyniuk (2012): “asistimos a la “criminalización del pecado que todavía se advierte en normas positivas de los estados modernos. Culpabilización, conexión entre pena jurídica y culpa moral que echa raíces en ideas de pecado, que señala la persistencia del control religioso sobre las normas sociales”. Así, la lucha contra las drogas suele ser una lucha contra el placer, los excesos, la “depravación”. En fin, una guerra moral.

Tomemos a Nietzsche. En su “Genealogía de la moral” escribe: “la palabra bueno no está en modo alguno ligada necesariamente a acciones no-egoístas (…) “noble”, “aristocrático” en el sentido estamental, es el concepto básico a partir del cual se desarrolló luego, por necesidad, “bueno” en el sentido de anímicamente noble.” Esto quiere decir que es la nobleza (la casta nobiliaria) quien ha dictaminado “lo noble”, tanto como quien decide —hegemónicamente— qué será lo “malo”, impuro y castigable. Pues “el derecho del Señor a dar nombres llega tan lejos que deberíamos permitirnos concebir también el origen del lenguaje como una exteriorización de poder de los que dominan: dicen “esto es esto y aquello”, imprimen a cada cosa y a cada acontecimiento el sello de un sonido y con esto se lo apropian”.

Luego vendrá Michel Foucault décadas más tarde, a ampliar el concepto de “Poder”: este está en todas partes, es inmanente a las relaciones, productivo (y no sólo represivo), pues hace hablar, hace decir, hace hacer; está articulado al Saber, instituye objetos de conocimiento, sus focos globales y locales se condicionan recíprocamente. El poder se construye y es relativo, es decir, que no es inherente a los individuos, sino que está supeditado a sus relaciones. Donde hay poder, hay resistencia… y hay discurso.

Volvamos a Nietzsche, y a esta idea de que “lo noble” es una condición política antes que anímica. De esto se derivan las nociones “puro” e “impuro”: “Aquí es donde se contraponen por primera vez puro-impuro como distintivos estamentales; y también aquí se desarrollan más tarde un bueno y un malo en un sentido ya no estamental.” (…) “De esta regla, de que el concepto de preeminencia política se diluye siempre en un concepto de preeminencia anímica no constituye una excepción (…) que la casta suprema sea a la vez la casta sacerdotal”. De ahí que tienda a asociarse el blanco-lo blanco-la blanquitud con “lo bueno” y lo negro (plebeyo o popular) con “lo malo, lo oscuro”. Nietzsche no descarta que “la oscuridad” del mal haya sido, en principio, una valoración perceptual, racista, hecha por la nobleza, respecto del color de piel de los esclavos. Ponderación estamental que se diluye luego en ponderación anímico-moral, “…acaso se caracterizaba así al hombre vulgar en cuanto hombre de piel oscura, y sobre todo en cuanto hombre de cabellos negros (…) habitante pre-ario del suelo italiano”.

Aquí vemos esgrimirse ciertos valores como estandarte contra “el flagelo de la droga”: prudencia, fortaleza y templanza. ¿No nos estamos acercando ya a “responsabilidad”?

¿Pero qué hay con el término de “responsabilidad? Hagamos notar que, por ejemplo, en el Manual del pastoral sobre toxicomanías (1997), Peña y Mariotta encuentran que “se reconoce la búsqueda del placer como motivo declarado de los consumos de drogas, para posteriormente satanizarlo y condenarlo, promoviendo una ascética de los placeres y la búsqueda de la felicidad en dios. Exaltando valores y virtudes como la prudencia, fortaleza y templanza”. Aquí vemos esgrimirse ciertos valores como estandarte contra “el flagelo de la droga”: prudencia, fortaleza y templanza. ¿No nos estamos acercando ya a “responsabilidad”?

usuario+responsable+consumo+cuidado+consumo+responsable

Imagen de Carla Riani (@carlainspirada).

El “usuarix responsable” y la disputa de sentido

Rastreemos el concepto de Usuarix Responsable. En su tesis doctoral, Florencia Corbelle sitúa la emergencia de este sujeto político, en un contexto histórico y social particular de nuestro país, cuyo resultado fue un incremento de la aceptación social del uso de cannabis (medicinal), basado en el activismo colosal de las madres que se plantan, y obteniendo en principio, como resultado, la ley de cannabis medicinal (2017), que se restringía a epilepsia refractaria, con aceites importados de los Estados Unidos.

Cuatro años más tarde, con el cambio de gobierno, los derechos en materia de cannabis (medicinal) se amplían, principalmente con Reprocann, permitiendo uso médico extendido, autocultivo, cultivo solidario, entre otros beneficios indudables. Pero de forma paradójica, el porcentaje de detenciones y allanamientos a cultivadorxs de marihuana aumenta un 172%. ¿Qué es lo que ha sucedido? Arriesgo lo siguiente: recordemos la necesidad de chivos-expiatorios, y de purgar las impurezas ya mencionadas desde los griegos. Necesidad de construir, sostener e imaginar un enemigo (siempre impuro) como motivo de purga. 

Corbelle (2017) define usuario responsable como “una herramienta conceptual eficaz para posicionarlos en lo que entienden son términos moral y políticamente positivos; y de esta forma, aumentar sus posibilidades de generar empatía, legitimarse en tanto activistas y concitar adhesiones entre los miembros no consumidores de la sociedad” a los fines de ser reconocidos como interlocutores válidos, y sujetos de derecho.

La figura del “usuario responsable” (de drogas en general, pero de cannabis en particular) se ha construido como estrategia histórico-política en un contexto de persecución y hostigamiento a les usuaries de las mismas (tildadas de delincuentes o enfermos adictos). Corbelle (2017) define usuario responsable como “una herramienta conceptual eficaz para posicionarlos en lo que entienden son términos moral y políticamente positivos; y de esta forma, aumentar sus posibilidades de generar empatía, legitimarse en tanto activistas y concitar adhesiones entre los miembros no consumidores de la sociedad” a los fines de ser reconocidos como interlocutores válidos, y sujetos de derecho. 

Ahora bien, ¿cuáles son dichos términos morales y políticamente positivos? Me anticipo: aquellos que nuestra sociedad ya ha definido como tales de antemano, pues se considera que los consumos del usuarie responsable “no alteran su normal desarrollo en la vida diaria, o sea, una persona que estudia, trabaja, tiene una familia [que] puede llevar adelante una vida, un proyecto de vida, de manera responsable”. Pero ¿y si no trabaja, ni estudia, ni tiene familia? ¿Esto equivale a irresponsable? ¿a consumidor problemático? ¿a no poder llevar una vida?

Es un hecho que la cruzada farmacológica “contra las drogas” ilegales viene condenando a usuaries a los estigmas de “la delincuencia” y/ó de “la enfermedad” (adicción). En esta coyuntura resulta comprensible que el margen de maniobra no escatime recursos (incluso morales) para apelar a valores sociales que contribuyan a la des-estigmatización.

Es un hecho que la cruzada farmacológica “contra las drogas” ilegales viene condenando a usuaries a los estigmas de “la delincuencia” y/ó de “la enfermedad” (adicción).  En esta coyuntura resulta comprensible que el margen de maniobra no escatime recursos (incluso morales) para apelar a valores sociales que contribuyan a la des-estigmatización. Buscar “empatía” escribe Corbelle, por parte de los no-consumidores de drogas. Así, el usuario de sustancias sólo puede ser considerado responsable si trabaja, estudia, tiene familia y un proyecto de vida. O al menos así se supone, porque estos son los valores hegemónicos que rigen nuestra sociedad. ¿Pero si les usuaries no se adosan a estos valores?

La expresión “uso responsable” denota una fuerte carga moral nos dice una y otra vez Corbelle. En efecto, se trataría de “una persona libre, dueña de sus actos, que tiene la capacidad de responder tanto en el sentido jurídico retrospectivo del término como en el sentido prospectivo de ser capaz de asumir ciertas cargas, cumplir ciertos deberes y respetar ciertos compromisos”. Aquí cabe preguntarse a qué se refiere con “persona libre”, “dueña de sus actos”. Se entiende que está queriendo desmarcar al usuario de sustancias de la figura del “adicto”. Ahora bien, ¿quién es una persona totalmente libre? ¿Quién es completamente dueño de sus actos? ¿Por qué, para qué, meternos en ese terreno, del que difícilmente alguien pueda salir indemne? 

Lo que se ha intentado pergeñar, con la retórica del “usuarie responsable” es, claramente, el acercamiento de les usuaries a cierto ideal de nobleza (de pureza) para que sean aceptadxs. De nuevo, se trata de retirarles imaginariamente el miasma, que seguirá quedando vacante para usuaries de otras drogas, cual escoria o residuo, que será necesario exterminar y hacer purgar en sus penas, según algunos discursos partidarios que hemos escuchado recientemente. Lógica binaria imaginaria, de pares contrarios antitéticos, que decanta en la necesidad de mano dura y de exterminio de lo otro, lo anormal.

Basta luego hacer notar ciertas reivindicaciones para comprender que la estrategia del “uso responsable” no es otra que la de adherir y adaptarse a la moral común (católica) a la “normalidad” (esta palabra se utiliza varias veces en los discursos de usuarios entrevistados por Corbelle); los usuarios responsables “están apelando a valores compartidos, a una supuesta moralidad común para, en definitiva, poder afirmar nosotros usuarios responsables, no somos adictos ni delincuentes, somos gente normal, gente común, por ende tenemos los mismos derechos y obligaciones”. Pero ¿cómo puede haber moral común con el abstencionismo, el prohibicionismo y el punitivismo?

El concepto de uso responsable pretende traccionar al usuario desde la “baja clandestinidad”, hacia la más alta “noble moral”. Y desde mi perspectiva, esto se acerca mucho a aquella frase que reza que “No es lo mismo fumarse un porro en Palermo que en la villa”. Claro, el miasma debe ser en algún lado localizado, perseguido y extirpado. 

La praxis política: Apoyarse en la nobleza moral para esquivar el estigma social

Podríamos preguntarnos por la praxis concreta del activista-usuario-responsable. La materialización del concepto, según Corbelle (2017): “se manifiesta en el mantenimiento del orden, conservando limpio el espacio público, respetando los semáforos, evitando el consumo de alcohol y logrando convocar, contar con la participación y resaltar la presencia de personas conocidas y respetadas, familias enteras, estudiantes, personas mayores y no-consumidores”. Orden, conservación, abstenciones. En pocas palabras: portarse bien, hacer buena letra. Sin negar lo estratégico de la táctica, agrego ciertos testimonios recopilados por la antropóloga, que dicen: “siempre fue un problema la venta de alcohol en las marchas” con lo cual en las mismas se designarán noteros de antemano, para así “evitar [cito literal] que los periodistas hablen con los borrachos y limados”.

Dicho esto, vemos que el concepto de usuario responsable, lejos de crear valores nuevos, busca meramente despertar empatía, mediante resonancia con valores conservadores: trabajo, estudio, familia, orden, limpieza, pureza (¡no mezclar con alcohol!); desmarcándose, sin dudarlo un segundo, del miasma de “los limados”, los “borrachos”, aquello que “no es normal”, delincuentes y adictos, todo de lo cual habría que alejarse, perseverando en su segregación.

Dicho esto, vemos que el concepto de usuario responsable, lejos de crear valores nuevos, busca meramente despertar empatía, mediante resonancia con valores conservadores: trabajo, estudio, familia, orden, limpieza, pureza (¡no mezclar con alcohol!); desmarcándose, sin dudarlo un segundo, del miasma de “los limados”, los “borrachos”, aquello que “no es normal”, delincuentes y adictos, todo de lo cual habría que alejarse, perseverando en su segregación. Diáspora histórica para todo aquel “contagio” que no comulgue con los valores nobles. En el extremo, “usuario responsable” parece un concepto designado para producir “gente bien”. 

De los valores apelados, evidenciemos su conservadora e inesperada etimología. Familia, del latín “famulus”: esclavitud y servidumbre propia de los pequeños grupos, liderados por un “paterfamilias” (padre de familia) en la antigua Roma. La conexión entre esta acepción y la prevalencia del patriarcado la dejo abierta para seguir atando cabos. Trabajo, del latín “tripalium”: dispositivo de tortura para castigar esclavos.  ¡Vaya ideales nobles!

Pero sigamos. Otro testimonio cannábico reunido por Corbelle enuncia: “Yo laburo y estudio, no soy un delincuente”. Como si estudiar y trabajar fuesen garantías para no infringir la ley de ninguna manera, ¡como si estudio y trabajo fuesen condición sine qua non para la pureza de la conducta civil! ¿Se percibe a dónde nos ha llevado la corrección moral y política en materia de drogas? Al absurdo. Corbelle en el nº26 de la revista Cultura y Droga (2018) escribe “Al mantener limpia y no cortar la calle, respetar los semáforos, evitar el consumo de alcohol durante las marchas y concentraciones, usar traje, mencionar su formación académica o hacer referencia a su saber y experticia, no sólo están buscando dar encarnadura al concepto de “usuario responsable”; sino que están dando la cara como usuarios responsables”. Se entiende la estrategia: evidenciar y confundir identidades. Puesto que al imaginario social del adicto-delincuente jamás se lo vestiría de traje ni se le adjudicaría un título universitario. Bien, pero sería un craso error pretender, como usuarixs de sustancias hoy en día, que este sea el modelo, y que lo que no coincida caiga por fuera de él, al miasma.

Entonces, ¿existe el usuarie responsable?

Sí, desde el momento que se lo enuncia y alguien se percibe como tal, existe. Pero del mismo modo existe una multiplicidad de usuarixs y de usos incalculables. Cabe decir que el término suele acuñarse, con bastante consenso, para aquellos consumos que tienen un fin determinado, o es realizado bajo ciertas prácticas cuidadas. Allí donde el uso de sustancias es estratégico, oportuno, inteligente (pensemos en las smart-drugs, aunque no excluyentemente); allí donde hay otras búsquedas, que no son necesariamente las que tienen que ver con la salud en sentido estricto.

El uso responsable, si se lo entiende como un uso “a conciencia” en algún sentido, y despojando el término “responsabilidad” de toda su carga moral, sería el de todos aquellos usuarios que no padecen el consumo; aquellos para quienes no se genera una relación tóxica, adictiva o problemática con la sustancia. Es decir, la gran mayoría de los usuarios de drogas. Como indica la ONU en el Informe Mundial sobre las Drogas 2022, la cifra de personas usuarias de drogas que desarrollan problemáticas de consumo —dependencias o adicciones— ha fluctuado históricamente entre el 10 y el 15%. El restante 90 / 85% de las personas que usan sustancias psicoactivas lo hace sin que esto interfiera negativamente en sus vidas. ¿Y la mayoría? quizá solo sean lo que se denomina “usuarios responsables”, o simplemente no-problemáticos. Ya hemos visto las implicancias morales del término responsabilidad.

Demos un giro propositivo. Un adjetivo que me parece más útil para el pluriverso de usuaries de sustancias es “Informado”. Un sujeto informado, o no, sobre las prácticas que realiza con drogas; si sabe de la composición de aquello que va a consumir; si conoce qué tipo de efectos produce esa sustancia en su organismo.

Un sujeto puede o no estar informado, más o menos, sobre un tipo o varios de sustancias. Tendrá así cierta libertad para elegir. Información (a diferencia de Responsabilidad) es un término despojado de cargas morales. 

Además, no podemos demandar a todxs lxs usuarixs de drogas que sean responsables. 

¿Y si no lo son? ¿Serán castigados? ¿Les toca ser enfermos o delincuentes? ¿Aceptaremos que sean condenados como irresponsables irremediables, sin más? ¿Y quiénes serán sus jueces? ¿Nosotros acaso? ¿Quién se erigirá policía de la moral de quién? Pues quien esté libre de consumos…

En fin, creo haber demostrado hasta qué punto nuestra terminología para hablar de políticas drogas “correctamente” redunda en una corrección política y moral. El término responsabilidad está asociado a obligación y deuda. ¿Y qué es lo que se hace con una obligación y una deuda? ¡Pues se cumple y se paga! de lo contrario sobreviene un castigo. Y asumo que este no es el terreno en el que queremos dar la batalla. En fin, espero que todo lo recorrido colabore para seguir pensando, creando conceptos y nuevas valoraciones.

Por último, del trabajo de Corbelle destaco la fuerza de la potencia colectiva, de la amistad y los afectos, de la red que se teje entre cultivadorxs, pero también entre usuarixs de sustancias. Más allá de las palabras, pienso que es en la ética de este entramado afectivo donde hay que apoyarse y reparar, y lo que hay que promulgar fuertemente. El lugar que le asigna la autora a la confianza y la amistad es vital, superlativo e imprescindible, para componernos y recomponernos, en sentido diría hasta spinoziano. Son esos valores por antonomasia los que -más allá de toda moral- no debemos dejar de nutrir y regar comunitariamente. 

Bibliografía:

  • Corbelle, F. (2016) “El activismo político de los usuarios de drogas”. 
  • Colección Antropología Jurídica y DDHH. Buenos Aires. 2018
  • Corbelle, F. (2017) “El concepto de “usuario responsable” en la praxis política de los usuarios de sustancias ilegales de Buenos Aires, Argentina. Revista Andes nº2. 
  • Corbelle, F. (2018) “Amistad, solidaridad y activismo en el movimiento cannábico argentino” en Revista Cultura y Droga nº 26.
  • Deleuze, G; Guattari, F. “Mil mesetas: capitalismo y esquizofrenia”. 
  • Pre-textos. Valencia. 2004.
  • Escohotado, A. “Historia general de las drogas”. Espasa. Madrid. 2002. 
  • Foucault, M. “Vigilar y Castigar”. Siglo XXI. Buenos Aires. 2008.
  • Martyniuk, C.  Artículo en: “El abolicionismo penal en America Latina” AA.VV, Editores del puerto, Buenos Aires. 2012.
  • Nietzsche, F. “Genealogía de la moral”. Ediciones libertador. Buenos Aires. 2011.
  • Peña, E; Mariotta, R. “Las drogas bajo la cruz: reflexiones sobre el imaginario católico contemporáneo sobre drogas”.  México. Año 2017.
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