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26 febrero, 2024

Imagen de Adriel Radovitzky

Animales que se drogan

Conocemos de felinos y hierbas gateras o de elefantes comiendo frutas fermentadas, pero estamos frente a una práctica mucho más extendida en el reino animal. ¿Por qué se drogan los animales no humanos? Aunque se teoriza como una búsqueda ‘adaptativa’; esto no explica la mayoría de estos fenómenos inter-especie. ¿Se trata de una búsqueda consciente?

Cada vez sabemos más acerca del vínculo entre humanos y drogas. Pero paradójicamente, cuanto más avanzamos en nuestro conocimiento, más nos damos cuenta lo mucho que ignoramos. 

Y si nuestro conocimiento sobre el fenómeno Droga, en la esfera de lo humano, está lejos de agotarse, debemos admitir que exponencialmente mayor es nuestra ignorancia en torno a las relaciones de otros animales con las drogas (ya sean venenos o medicinas). 

Probablemente, por razones culturales, nos resulten más familiares las asociaciones entre felinos y sus hierbas gateras, así como el agenciamiento entre elefantes, el fruto de amarula y la producción de alcohol. Este artículo está destinado a expandir un poco lo poco que se sabe, aunque no por poco es menos maravilloso.

Me basaré principalmente en el ensayo “Animales que se drogan”, del eminente investigador  Giorgio Samorini, quien a su vez desarrolla su trabajo a partir de los trabajos realizados por Ronald Siegel, desarrollados en su libro “Intoxication”.

animales que se drogan

Felino con su Nepeta Cataria.

¿Se drogan o se intoxican?

Uno de los primeros elementos que se desprende del trabajo de estos investigadores indica que el fenómeno de la adicción (tal como la entendemos en el sentido patológico) no es privativo de la humanidad. Hay animales (pocos, pero los hay) que padecen consumos problemáticos; que hacen del drogarse un hábito tan frecuente, que si se los priva de este, se tornan agresivos y llegan a mostrar incluso síntomas de abstinencia. Es el caso de algunos simios que viven en cautiverio en África, en contacto estrecho con personas fumadoras, por lo que “se habitúan a fumar cigarrillos y se enfurecen si les son privados”, nos indica Samorini. Y más recientemente, mientras escribo esta nota, se ha reportado bandadas de cisnes ávidas de flores de amapola, en Eslovaquia, intoxicándose y requiriendo asistencia humana para no morir.

Samorini, por los años 90, juntaba setas alucinógenas en los prados alpinos, donde las cabras tienen una particular inclinación por la especie Psilocybe semilanceata. De repente, setas en mano, un inmenso rebaño pasó cerca de él. Continúa diciendo Giorgio: “Fiándome de su mansedumbre, aunque conocía su curiosidad, seguí recogiendo hongos. Viendo que varias cabras se habían parado y me observaban sonreí ingenuamente y les mostré un puñado de hongos recién cogidos. Inmediatamente después de mi gesto, el macho cabrío saltó y me empujó con los cuernos, rodando yo pendiente abajo unos cuantos metros”.

Así es como este investigador fue violentamente atacado con una cornamenta, para sufrir un arrebato inter-especie de su preciado motín. “En uno de mis tumbos, el sobre de papel que contenía los hongos recogidos cayó de mi mano. Sorprendido y asustado mantuve la distancia con el macho cabrío, el cual se abalanzó junto con otras cabras sobre el recipiente de papel devorando su contenido. Luego se pusieron a buscar entre la hierba los hongos que todavía no había recogido”. En cuanto a las cabras, también es conocida la leyenda de su afición por las plantas de café, gracias a las cuales el humano habría descubierto sus propiedades.

“En uno de mis tumbos, el sobre de papel que contenía los hongos recogidos cayó de mi mano. Sorprendido y asustado mantuve la distancia con el macho cabrío, el cual se abalanzó junto con otras cabras sobre el recipiente de papel devorando su contenido. Luego se pusieron a buscar entre la hierba los hongos que todavía no había recogido”.

Otro caso tragicómico, o (comi-trágico según se prefiera) viene de mano del consabido uso de alcohol entre elefantes (consagrados productores de bebidas fermentadas, a base de amarula) que llevó a una catástrofe en 1974: ciento cincuenta elefantes ingresaron a una fábrica de cerveza en India, sedientos del suntuoso brebaje, y en el atropello se cargaron a cinco personas. Leyeron bien: ¡ciento cincuenta elefantes desesperados por consumir alcohol!

Por otra parte “entre los criadores de Kansas ha quedado como memorable la epidemia de hierba loca de 1883, durante la cual 25.000 vacas dejaron de comer pasto, dedicándose a la búsqueda de hierba loca, menos nutritiva pero por algún motivo más atrayente”, refiere Samorini. 

Resultados de un experimento llevado a cabo por la NASA en 1995, donde administraron distintas drogas a arañas para observar el resultado en la confección de su tela. ¿Qué utilidad tuvieron estos experimentos? Buena pregunta.

Hay que advertir que estos hábitos del drogarse animal pueden tener dos grandes fuentes causales: la intervención humana, precisamente, o bien, que el comportamiento en sí participe de la naturaleza animal misma. “Comportamiento intencional natural”: es a esto a lo que apuntan los mencionados investigadores en sus trabajos. El drogarse sería así una actividad trans-especie, una necesidad elemental más, motorizada por la voluntad, tal como alimentarse o tener sexo. 

Otro elemento interesante es que se ha constatado que algunos animales que se drogan lo hacen arriesgando todo lo que hay de “instinto de conservación” en ellos. Es decir, mientras hay discursos que arguyen que las plantas psicoactivas son utilizadas exclusivamente porque proveen una suerte de mejora adaptativa (el mito del mono dopado de Terence Mckenna) en los hechos resulta evidente que muchas veces, la praxis del drogarse animal va en detrimento de los intereses “adaptativos” de los individuos, puesto que lo hacen aún poniendo en peligro su existencia o la de su especie. 

Hay discursos que arguyen que las plantas psicoactivas son utilizadas exclusivamente porque proveen una suerte de mejora adaptativa pero en los hechos, el drogarse animal va en detrimento de los intereses “adaptativos” de los individuos.

Ya vemos entonces que el descuido consciente tampoco es un comportamiento exclusivamente humano (aunque definitivamente sea más frecuente en nosotros). Escribe Samorini: “Las mariposas nocturnas embriagadas por el néctar de las flores de datura, se quedan por un cierto periodo de tiempo atontadas en el suelo, arriesgándose a ser víctimas de los predadores; los caribúes canadienses que se embriagan con el hongo conocido como matamoscas (a. muscaria) se alejan de sus crías que quedan frecuentemente, y por este motivo, a merced de los lobos; los petirrojos americanos se atiborran y se embriagan con ciertas bayas, cayendo luego al suelo, donde algunos son embestidos por los coches y otros devorados por los gatos”. Así las cosas, es posible, refiere este investigador, que cuando vemos esos “suicidios masivos” de aves, no se trate si no de, en principio, una intoxicación masiva.

En muchos casos los animales consumen dosis “innecesariamente” elevadas de ciertas sustancias. Es decir, se sobre-dosifican intencionalmente. Y ¿cómo sabemos que no lo hacen por error? la respuesta es taxativa: “un criterio de distinción entre comportamientos accidentales e intencionales es el de la repetición de tales conductas.” 

En muchos casos los animales se sobre-dosifican intencionalmente. Y ¿cómo sabemos que no lo hacen por error? porque repiten estas conductas.

En cuanto al vínculo entre las moscas y la amanita, Samorini desliza una hipótesis: no es casualidad que las primeras tengan esa fuerte inclinación por posarse sobre el hongo “matamoscas”, sino que de hecho estas suelen quedar “atontadas” (drogadas) por el mismo, acción que tienden a repetir si no mueren en intento, por intoxicación o por predadores como los sapos que suelen rondar cerca de estas setas, lo cual a su vez explica la relación de cercanía entre este hongo y el batracio, ya que quizás estos sepan que allí los insectos son presas fáciles, debido a la embriaguez.

“Después de probar un cierto número de néctares de algunas orquídeas, las abejas caen al suelo en un estado de estupor temporal y luego vuelven a consumir más. Los pájaros se atiborran de deliciosas bayas y luego vuelan sin rumbo. Los gatos obviamente inhalan plantas aromáticas y comienzan a jugar con objetos imaginarios. Las vacas que rumian ciertas semillas tiemblan, dan vueltas y vuelven sin coordinación hacia la misma planta. Los elefantes están conscientemente borrachos con frutas fermentadas. La ingestión de “hongos mágicos” causa en los monos la posición del Pensador de Rodin, sentado con la cabeza entre las manos”, escribía Ronald Siegel. Y también tenemos el caso de los lémures que comen ciempiés, portadores de benzoquinonas. Podríamos seguir, pues los ejemplos abundan, como los animales de fiesta

Se difumina por consiguiente aquella delimitación “humano-animal” o “Naturaleza y Cultura”, la cual es un supuesto de nuestra cultura, principalmente. Un signo de humildad por parte de nuestra especie para con otras, sería anoticiarnos y reconocer que es gracias a varias de sus interacciones con ciertas plantas y hongos, que hemos aprendido algo de las potenciales propiedades terapéuticas-psicodélicas vegetales. Puede ser el caso del uso del amanita muscaria por parte de los renos, o de la liana del yagé por parte de los jaguares, o del consumo de peces globo por parte de delfines.

Uno de los peces globo con los que se drogan los DelfinesFoto cortesía de Electra Coppe.

De extraños comportamientos

Alejándonos un poco de la zoofarmacognosia, no queremos dejar de mencionar que se reportan también casos de extrañas interacciones entre humanos drogados y animales (que no necesariamente lo están). Jacques Mabit indica que en las ceremonias de ayahuasca, esto no es infrecuente: 

“Los animales manifiestan una percepción muy aguda a esas “energías” que les hacen huir o acercarse en forma totalmente inhabitual (perros, gatos, aves, murciélagos, arañas, serpientes, insectos, ranas, etc.). Al contacto de un paciente con energía “negativa” un perro puede ponerse a temblar con todo su cuerpo, volverse agresivo de manera repentina o vomitar. Son hechos que hemos podido comprobar” Y al grito de ¡los hechos son tercos!”, Mabit concluye que esta situación extraordinaria según los conceptos racionales vigentes es, sin embargo, observable con gran frecuencia. (En “Consideraciones Acerca del Brebaje Ayahuasca y Perspectivas Terapéuticas”).

Yo mismo he podido comprobar —y seguramente también algunxs lectorxs de esta nota— que ciertos animales que nos circundan cuando experimentamos un estado de conciencia alterado, asimismo comienzan a actuar de modo fuera de lo común. Ejemplos: animales con los que compartimos años de compañía, súbitamente parecen no reconocernos en absoluto, de repente nos desconocen; o por el contrario, en otros casos podemos tener la certeza de que el animal sabe perfectamente que estamos bajo un estado de extrañeza psíquica, más raros que lo habitual, y procede en su comportamiento muy acorde con esta sensación.

Otro dato curioso, esta vez extraído de experimentos con animales y drogas, es que cuando se le administró una dosis de LSD a delfines (y hubieron varios experimentos muy poco éticos como estos, a partir de los ‘60) sucedió que “Si se introduce un segundo delfín junto al primero al que se le ha inyectado LSD, el índice de vocalización se eleva durante un periodo de tres horas, en otras palabras, tiene lugar un verdadero y propio intercambio comunicativo. El otro animal le responde y también su índice de vocalización aumenta. Si una persona entra en el tanque durante el efecto del LSD, el índice de vocalización sube y permanece alto. Sin el LSD sube durante poco tiempo”. (John Lilly, citado por Samorini).

En definitiva, hasta donde Giorgio Samorini, y Ronald Siegel sabían al publicar estas obras (año 2000 y 1989 respectivamente), el tipo de drogas que los animales usaban se restringían a fuentes vegetales: semillas, frutos fermentados, líquenes, hongos y plantas. Hoy en día sabemos que hay una buena cantidad de animales portadores de toxinas psicoactivas también. Samorini arroja una interesante reflexión sobre el hecho de que el límite entre medicina y droga no ha quedado nunca clara en el mundo humano, y que lo mismo ha de contar para el resto de las especies, que con seguridad usan alimentos y drogas como medicinas.

Animales que nos drogan

¿Será que la naturaleza está rebosante de potenciales sustancias psicoactivas? Miremos donde miremos ¿estaremos siempre cerca de algún agente farmacológico cuyas propiedades podamos denominar droga en un sentido transespecie? ¿Seremos nosotros mismos, seres humanos, el vehículo farmacológico de alguna otra especie, que pudiera drogarse comiéndonos? 

Sea como sea, quienes aún tenemos jardines botánicos naturales a nuestro alcance, ecosistemas ricos en flora y fauna, bosques, ríos o selva, detentamos la responsabilidad de preservarlos e incrementar la conciencia de la necesidad de cuidarlos. Por sus especies, flora, fauna y funga, y por nosotrxs mismxs también. 

En la próxima entrega nos introduciremos en otro terreno poco conocido: el de animales que, portadores de moléculas psicoactivas, potencialmente podrían drogarnos. Para ello, entrevistaremos a una especialista en el tema. 

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