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28 septiembre, 2023

“El mundo se detuvo y quedamos pedaleando en el aire”

En esta cuarentena, entrevistamos a Alexandra Kohan: psicoanalista, docente de la UBA y participante activa de Twitter. Sus reflexiones son incómodas y busca desentrañar los sentidos comunes, la mera opinión. Conversamos con ella sobre los imperativos morales, la angustia y de por qué nos cuesta tanto ponernos a leer a pesar de “tener más tiempo que antes“.

Cuando llegaron  los primeros indicios de una cuarentena, las redes sociales empezaron llenarse de “consejos, recomendaciones para aprovechar el tiempo muerto”. Y un día ¡plum! Llegó el aislamiento y con él las preguntas incómodas para hacernos a nosotrxs mismxs. Alexandra Kohan es psicoanalista, docente en la UBA y participa activamente en discusiones de Twitter. La entrevistamos porque el encierro nos angustió y lo que se nos sugiere que hagamos para matar el tiempo no está funcionando, para pensar por qué en esta cuarentena no estamos tan cómodxs, productivxs, qué pasa que no leemos los libros que queríamos o por qué no nos ponemos a terminar la tesis que ibamos a escribir antes del COVID-19. Y sobre todo, porque nos gusta ponernos incómodxs.

En sus reflexiones es probable que incomode a alguien, porque siempre lleva a fondo las discusiones de los sentidos comunes establecidos. Y pararse en contra de lo dogmático, siempre da qué hablar. El año pasado, ella escribió un libro que tituló Psicoanálisis: por una erótica contra natura. Allí dijo algo que, une lectore desprevenide, podría pensar que es una respuesta a la entrevista de hoy: “La lectura que pone a funcionar el psicoanálisis se ubica en las antípodas de la repetición mántrica de fórmulas y jergas vacías. Y, en la medida en que encontremos antídotos para eso, el psicoanálisis seguirá vivo”. Sin más, nos adentramos a pensar con Alexandra esta ficción que hoy nos constituye, en la que aparecen montones “cosas para hacer para no deprimirte”.

—Alexandra, te leía en una nota decir sobre los imperativos en las relaciones: “Se rechaza el inconsciente y se pretende que uno es transparente para sí mismo. Que uno coincide consigo mismo todo el tiempo; no se permiten las vacilaciones, las incertidumbres”. En redes, mientras se iba a concretando el estado de cuarentena, empezaron a surgir discursos del tipo “aprovechá la cuarentena para ordenar el placard, terminar la tesis, leer una novela”. ¿Qué esconde ese discurso de quienes enuncian “recomendaciones” de cómo vivir la cuarentena? ¿Por qué tienen tanta audiencia los discursos imperativos, moralizantes?

—Antes que todo, me llamó la atención la velocidad con la que se pusieron a circular campañas, no hablo de las campañas oficiales, sino de consignas, consejos, ideas, y todo tipo de cosas para hacer durante la cuarentena. Eso es lo que más me llamó la atención: la velocidad con la que se anticiparon supuestos escenarios. De hecho, esas consignas se transformaron rápidamente en hashtags. Esa velocidad con la que no nos dejaron ni siquiera advertir qué estaba pasando me pareció un tanto apabullante. Luego, lo que me llamó la atención fue la manera en que se fantaseaban todas las escenas: excluyendo la angustia. Quiero decir, por un lado, todas esas consignas estarían al servicio de que nadie se angustie o se aburra o se “caiga”; pero por otro lado, no estoy tan segura de que se estuviera pensando en que eso estaba en función de no angustiarse, sino que noté que directamente no se “calculó” la angustia. Porque todas esas propuestas se podrían hacer en la medida en que uno no esté con la angustia que implica esta situación que es absolutamente inédita y que cancela la cotidianeidad de golpe. ¿Cómo se podría leer, escribir, terminar la tesis, ordenar el placard, “aprovechar”, si el mundo, tal y como lo habitamos hasta hoy, ya no está más ahí? Me parece muy complicado intentar armar escenarios como si nada estuviera pasando, como si todo fuera igual pero dentro de casa.  Una cosa va con la otra: no hubo tiempo para advertir qué es esto y por eso todos los imperativos terminaron siendo negadores de un real que nos está afectando indefectiblemente y cuyos efectos aún son incalculables. Lo que creo es que los discursos imperativos y moralizantes sirven para no pensar, para negar lo que está ahí ineluctablemente. Sirven para anestesiarse, ni siquiera para tranquilizarse. Son una especie de narcótico que impide parar y permitirse no saber qué hacer. Quizás tengan audiencia porque para algunos es más fácil obedecer, creyendo que hay alguien garante de las decisiones que se toman; porque esos discursos suponen que existe alguien que sabe, que no se equivoca y que nos está garantizando que no nos vamos a equivocar nosotros. Sirven también para llenarnos de culpa porque, claramente, son imperativos incumplibles que dejan, al que quiere alcanzarlos, siempre en déficit.  De hecho, muchos de nosotros, lógicamente, no estamos pudiendo hacer nada de lo que hacíamos habitualmente. Como me decía ayer mi amigo y colega Darío Charaf: estamos entre la inhibición y la angustia, oscilamos ahí. Y es que la idea misma de hábito quedó cortada de cuajo. La vida cotidiana está llena de hábitos y de rutinas que son, en definitiva, lo que arman el entramado de la realidad de cada quien. Se desgarró ese entramado y no hay con qué, por ahora, coserlo.

—La cuarentena nos pone en una situación que en esta época quizás sea extraña para algunos: la no certeza. ¿Podemos vivir sin garantías? ¿Qué nos dice el psicoanálisis de las incertidumbres?

—Hay muchas formas de vivir. Existen los que no quieren enterarse de que vivir es habitar la incertidumbre y que vivir es sin garantías. Eso conduce más bien a la inhibición y a la parálisis -que incluso muchas veces se disfrazan de un exceso de actividad- y no ahorra padecimiento porque, justamente, esas garantías no existen. Salió hace poco un libro muy bello de Anne Dufourmantelle que se llama Elogio del riesgo (de Nocturna editora) que también podría ser un elogio de lo incierto. La autora subraya cómo hoy en día la precaución se volvió norma y cómo una vida en la que se pretende calcular todo y no perder nada es una vida detenida, es más bien estar un poco muertos. Su antídoto, a lo largo de la serie de ensayos, es poner el riesgo a favor de la posibilidad de habitar una vida vivible. ¿De qué se trata el riesgo? Lejos de hacer una apología de los deportes de riesgo, o de esos moralismos que empujan a vivir una vida no importa qué, esos moralismos cínicos, ella define el riesgo como aquello que “abre un espacio desconocido”. Un riesgo no es una locura pura, tampoco una conducta apartada de las normas, ni siquiera un acto heroico. “Tal vez arriesgar la vida sea, para empezar, no morir”. Se trata de un riesgo que se precipita como resistencia a la vida neurótica, esa que calcula, que no pone en juego nada, que no pone de sí; esa vida que pretende saberlo todo anticipadamente, esa vida que pretende que podría haber garantías y certezas.

—En sintonía con lo anterior, ayer leía a Sara Ahmed, una teórica británica que escribe sobre el imperativo de la felicidad. ¿Cómo podemos leer a ese imperativo del deber disfrutar en este contexto de encierro? ¿Por qué hay muchas personas negando la angustia? ¿Es posible la sublimación a pesar de la angustia por el encierro? ¿Hay alguien aprovechándose de ese imperativo de la felicidad?

—Hay algo muy lindo que plantea la autora y que está en sintonía con lo de Dufourmantelle. Sara Ahmed dice algo así como que aguar la fiesta de la felicidad es dar paso a la vida, a una vida otra, a que se abran posibilidades. Efectivamente se trata de dar paso, de dar lugar a una vida que no excluya ni refracte la angustia. Los imperativos de felicidad y de productividad nos dejan cada vez más alienados a los mandamientos del mercado y no nos dan lugar. No hay lugar para las distintas subjetividades, no hay lugar para nuestras singularidades. Los imperativos de felicidad nos suponen a todos iguales y pretenden disciplinarnos de manera uniformada. Nos pretenden sin angustia para seguir produciendo. La idea de felicidad, entonces, no está para nada desprendida de la ideología, es netamente ideológica. De hecho, Franco Berardi la llama “ideología felicista” que, además, está en total relación con el modelo productivo. Y para contestar tu pregunta, si alguien se “aprovecha” de esto, sería el mercado del consumo que es muy voraz. No sé si estoy más atenta o si es así: pero todos estos días estamos recibiendo una cantidad inusitada de propagandas por mail y por instagram para seguir consumiendo. Si alguien “sabe” de cómo el consumo pretende obturar la angustia, esa es la publicidad.  Por eso el psicoanálisis va a contrapelo de esos mandatos de felicidad y eso no quiere decir que vaya en contra de la felicidad, sino de la felicidad como mandato, como “objetivo”. Un psicoanálisis es un espacio en donde cada quien encuentra esa singularidad que el mercado -sobre todo el mercado de la autoayuda-  le veda y puede empezar a hacer algo para darse paso a otra cosa. El psicoanálisis, siguiendo a Sara Ahmed, sería también un aguafiestas. Alguna vez Lacan dijo, y se puede leer en ese mismo sentido, que no hay que empujar un análisis muy lejos, que “cuando un analizante piensa que él es feliz de vivir, es suficiente”. Y ese feliz de vivir no es vivir feliz, sino vivir sin melancolizarse en la idea de que la felicidad es una fiesta de los otros a la que nunca estamos invitados. Feliz de vivir es aceptar la fragilidad de vivir sin garantías. Respecto de la sublimación diría que es al revés: no hay sublimación sin angustia. La angustia tiene una función orientadora y por eso refractarla o pretender que no la haya es una posición negadora que termina teniendo consecuencias peores. Lo que noto hoy -en días de cuarentena- es que no es tan sencillo sublimar, justamente. Lo que se sublima es la pulsión y lo que vengo escuchando o incluso experimentando es que esa pulsión está un poco “enloquecida”, no está tan disponible para ser sublimada. 

—Tal vez para muchos, la cuarentena es un golpe a la identidad. Si hay un Yo que se construye afuera de la casa porque no te bancás tu hogar… ¿qué pasa con esas personas que tienen que estar 10 días adentro así?

—No tengo idea de qué pasa porque no podría anticipar los efectos que van a producirse después. Lo que sí creo es que la palabra clave en lo que señalás es “afuera”. Ese afuera, que no siempre es tan identificable, hoy queda totalmente delineado en su literalidad pero además coartado de manera absoluta: no hay afuera o no a la manera en que cada uno de nosotros lo concebía. La figura que se me ocurre es que se retorció la banda de Moebius con la que se puede pensar el adentro-afuera subjetivo. Y quizás el signo de esa retorsión es la angustia misma que intenta localizar un espacio, un afuera.

—Te leí en Twitter cuando dijiste que te costaba leer en la cuarentena porque para leer había que suspender al mundo, y esta vez el mundo nos suspendió a nosotros. ¿Puede ser que vivamos la cuarentena como un estado de duelo? ¿No sucede algo similar con la suspensión del mundo cuando duelamos? ¿Cómo salir del estado de suspensión?

—No tengo idea y me parece demasiado pronto para intentar clasificar o etiquetar esto que estamos atravesando. Además, un duelo es absolutamente singular y no me atrevería nunca a decir nada de manera general. Por otra parte, hay modos y modos de concebir el duelo. Tiendo a resistirme, en la medida de lo posible, a comprender tan rápidamente algo que recién empieza y que además es totalmente inédito. No tengo idea. Sí me interesa, en cambio, pensar en relación a esos imperativos que empezaron a circular qué nociones de lectura se activan. Me interesa mucho la pregunta ¿qué es leer? y suelo sostenerla. Me parece que en un primer momento se nos activó una fantasía lindísima de disponer de tiempo para leer, pero rápidamente entendimos que para leer no se requiere solamente tiempo, sino toda una disposición que, según creo, tiene que ver con silenciar el mundo, silenciar sus demandas y habitar la soledad como refugio, aislarnos del mundo mientras el mundo sigue funcionando. Hoy es al revés: el mundo nos silenció a nosotros, el mundo se detuvo y nosotros quedamos pedaleando en el aire. Somos muchos los que nopudiendo leer porque resulta insoportable sustraerse de lo poco que hay ahí “afuera” de nosotros. Estamos aislados literalmente, no sé cómo se podría leer en estas circunstancias. Si leer implica además extrañarnos a nosotros mismos, extrañar la realidad, ahora es la realidad la que se extrañó y nos extrañó. Por eso la angustia está ahí y no podría no estar. Lo familiar se volvió extraño, sí, es siniestro. ¿Se puede hacer como si nada pasara? Sí, hay mucha gente que no está pudiendo enterarse y pretende seguir con sus rutinas. Y sí, cada quien, más tarde o más temprano, verá cómo se vuelve a ubicar en este nuevo mundo.

—¿Cómo se configura el otro en este contexto de pandemia? ¿Los límites, las fronteras, cambian? Lo pregunto en el siguiente sentido: en las redes, mucha gente “progre”, habla de que es un virus cheto, cuando el virus, creo yo, nos habla de una realidad objetiva, que es su existencia y efecto en la ficción que es la sociedad, pero a través de los individuos. Cuando leo esos comentarios, me recuerdan a Trump nombrando al COVID-19 como el “virus chino”…

—Sí. Hay algo que está siempre ahí funcionando y que en este caso cobra la forma del COVID-19: la amenaza siempre es el otro y se activan mecanismos segregativos. Los límites y las fronteras se han reforzado no sólo concretamente desde los gobiernos. 

Decir que es una enfermedad de chetos es por un lado pueril y por otro, estigmatizante. Igual que atribuir una enfermedad a cualquier otro grupo o sector. No lo veo muy distinto de cuando se dice que el SIDA es una enfermedad de gente promiscua o que el dengue es de gente pobre. Es estigmatización, segregación y una insistencia necia en no percibirse “portador” de nada. Como si los portadores del “mal” siempre fueran los otros. Funciona como modo de creerse a salvo y “buenos”. Es ideología en carne viva. 

En este caso particular es además una sobreactuación de lo popular. Me sorprende leer que gente que claramente viene de familias de clase media alta sobreactúa lo popular. Se puede ser crítico con esa clase a la que se pertenece, incluso intentar sacarse de encima los lastres, pero hacerse el popular diciéndole “cheto” al otro es además de pueril, hipócrita. No veo muy distinta la posición de los que dicen “los negros” con los que dicen “los chetos”, acaso funcionen en espejo. La idea es siempre la misma: “no soy yo, es el otro” y ahí van seguros de estar siempre del “lado correcto”. 

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